Aznar, de Bram Stoker

De todas las diferencias ideológicas y morales -más de las segundas que de las primeras- que se puedan encontrar entre la actual derecha y la izquierda

De todas las diferencias ideológicas y morales -más de las segundas que de las primeras- que se puedan encontrar entre la actual derecha y la izquierda de las sociedades democráticas occidentales, ninguna será tan influyente en el caso español como el manejo de los tiempos y de la imagen cuando un partido u otro está en el Gobierno. Vamos, que, hasta ahora, la maestría, el oficio que ha demostrado el PSOE cuando ha ejercido el Gobierno de la nación no se le ha visto al Partido Popular más que en contadas ocasiones. Si comparamos las etapas históricas de la democracia quedan muy claras las diferencias en cualquier campo que se analice porque ante cualquier problema, sea de la índole que sea, la izquierda siempre reaccionará como una sola voz, disidencias que se diluyen al poco, mientras que en la derecha siempre se encontrará a alguien dispuesto al tiro en el pie, broncas que se espesan en el aire y agrian el ambiente.

La derecha insatisfecha, se diría, frente a la izquierda complaciente. Será por cultura de partido, inexistente en la derecha, o por cualquier otra razón que se quiera añadir, pero la realidad es esa: cuando ha gobernado el PSOE en España las disidencias internas han sido siempre irrelevantes, mientras que la derecha parece que plantea sus disputas a vida o muerte. A cara de perro. Ahí esta el ejemplo reciente de Zapatero, que disfrutó hasta el final de sus días como presidente del Gobierno de sucesivos comités federales en los que no se alzaba ni una voz critica, por muchos disparates que cometiera el Gobierno ni por evidente que fuera la deriva que tomaba España. Sólo al final, cuando la debacle electoral era inminente, cuando todo el edificio zapaterista comenzó a desmoronarse, algunos marcaron distancias con el presidente, pero aquello obedecía ya al instinto de supervivencia, tan desarrollado en la política.

La cuestión es otra, las intenciones son otras. Igual es que, como van diciendo, Aznar ya se ha desengañado del todo de su discípulo Rajoy y ha comenzado a promocionar a su nuevo tapado, también sentado en el Consejo de MinistrosJusto el polo opuesto a la permisividad demostrada por el PSOE durante la etapa de Zapatero es, por ejemplo, lo que se manifiesta ahora con la irrupción abrupta de José María Aznar contra el Gobierno de Mariano Rajoy. Ha aterrizado el expresidente Aznar en los platós de televisión, en las tertulias de la radio y en las portadas de todos los periódicos como un espectro cabreado; una aparición bíblica, como el custodio de las esencias de la derecha española que viene a regañar a sus discípulos por haberse salido del camino marcado. Este Aznar, que parece de Bram Stoker, se le ha plantado a Rajoy en el salón del Consejo de Ministros con hambre de sangre fresca. ¿Y por qué? Pues esa es la cuestión, que el expresidente puede mantener las diferencias que quiera con la política del Gobierno de su partido, pero la sobrexposición con la que ha actuado denota que son otros los motivos y que son otros los fines; un mar de fondo que sólo utiliza la subida de los impuestos o de los recortes en el modelo de Estado como excusa.

Lo de Aznar, tal como ha sucedido, no se corresponde con el malestar que pueda existir entre los votantes del PP por los engaños del Gobierno en materia fiscal, ni tiene que ver, tampoco, con una supuesta inquietud en el seno de ese partido por la falta de liderazgo de Mariano Rajoy, entre otras cosas porque el propio Aznar debería tener presente su propia experiencia como líder del Partido Popular. Hasta que empapó en el electorado español su estrategia de 'lluvia fina' pasaron muchos años, primero en la oposición y luego una legislatura entera. Sólo faltaba que Aznar se pusiera de ejemplo de liderazgo arrollador, como si alguna vez él hubiera sido ese tipo de líder. Aznar completó como presidente una primera legislatura magnífica, quizá una de las mejores de la democracia española, y luego tiró por la borda de la soberbia casi todo lo conseguido en ese primer mandato. Que un líder así, como Aznar, le plantee a Rajoy, con el gesto agrio, una enmienda a la totalidad, sin haber llegado siquiera al ecuador de su mandato, no puede, de ninguna forma, deberse a las diferencias que puedan existir en la política económica. Que no, que si Aznar ha decidido moverle la silla a Rajoy sólo puede obedecer a cuitas internas que no se manifiestan abiertamente, acaso porque tampoco pueden expresarse. Ya sea la Gürtel, la boda pomposa del Escorial o el propio endiosamiento de Aznar, tan evidente desde que ganó unas elecciones por mayoría absoluta.

La política económica de Mariano Rajoy merece muchos reproches, tantos como incumplimientos de promesas electorales y tantos como cálculos fallidos en la recuperación de la economía española, pero ese debate no tiene nada que ver con el que plantea Aznar, aunque lo parezca. Y en cuanto al liderazgo político, como queda dicho, también se le pueden poner a Rajoy todas las pegas que se quieran por este año y medio de presidente, pero Aznar, precisamente Aznar, no parece la persona más indicada para impartir doctrina al respecto. Todo eso, ya digo, se puede criticar y se debe debatir, pero no es el caso. La cuestión es otra, las intenciones son otras. Igual es que, como van diciendo, Aznar ya se ha desengañado del todo de su discípulo Rajoy y ha comenzado a promocionar a su nuevo tapado, también sentado en el Consejo de Ministros. Ya se verá. La cuestión, por el momento, es que estas cosas sólo pasan en la derecha cuando gobierna. Han hecho bien algunos en parodiar su aparición y compararla con las de Drácula. Porque eso parece. Aznar, de Bram Stoker.

Matacán
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