Mariano Rajoy ya tiene cara de Calvo Sotelo

Rajoy ha afrontado los peores años de la crisis, la voladura del sistema político preexistente, la mayor oleada de corrupción de su partido y el peor momento de la amenaza independentista
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Una parte de las memorias políticas que, en su día, publique Mariano Rajoy ya está escrita. La escribió en 1990 Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente de España más ignorado por todos. Estuvo en el Gobierno durante dos años, quizá dos de los años más delicados y complejos de la Transición, y los sorteó con una gran eficacia. Calmó y pacificó el ejército después de un golpe de Estado; afrontó y estabilizó la economía en medio de una severa crisis, la segunda crisis del petróleo; asumió el liderazgo de un partido en descomposición, la UCD, minado de traiciones, tras la dimisión de Adolfo Suárez; abrió las puertas de España hacia Europa con la integración en la OTAN frente a la oleada de protestas sociales del PSOE que reconduciría, y negaría, nada más llegar al poder, y mantuvo firme el Gobierno ante el chantaje asesino, entonces brutal, de la banda terrorista ETA. Los dos años de Calvo Sotelo, su eficacia en el Gobierno, fueron clave para el éxito de la Transición, pero nadie se lo ha reconocido nunca porque fue el mismo Leopoldo Calvo Sotelo, su figura política, desabrida, severa, antipática, la que acabó calcinada por el alto voltaje de aquella época.

Calvo Sotelo, como le dijo Adolfo Suárez después de dimitir y entregarle a él la Presidencia, tuvo que “navegar los mares que él juzgaba imposibles”. Pero los surcó y no le sirvió de nada políticamente. “Algunos se han compadecido de mí pensando en mi mala suerte", escribió Calvo Sotelo en sus memorias.

"¿Mala suerte? No lo creo así. Si la situación objetiva no hubiera sido tan mala, ni hubiera dimitido Suárez. Pero dimitió en enero de 1981 y tuve la suerte de sucederle. Tampoco me quejo de mi suerte política, salvo la etapa que presidí, a la fuerza, a una UCD terminal: tuve suerte porque esos gobiernos hicieron la transición política. Aunque se olvide con frecuencia, me tocó gobernar en el peor momento de la crisis y mi Gobierno recibió una España estremecida por el golpe militar del 23-F; tuve suerte y pude entregar dos años más tarde a Felipe González una España que había recobrado la fe en la libertad y en una democracia parlamentaria perfectamente consolidada”.

También, como Calvo Sotelo, podría añadir que tuvo la suerte de que le precedió el desastre de Zapatero

¿Cuántas de esas frases podría suscribir Mariano Rajoy en su biografía, cambiando simplemente los acontecimientos concretos? Ha afrontado los peores años de la crisis, la voladura del sistema político preexistente, la mayor oleada de corrupción de su partido y el peor momento de la amenaza independentista. Ha surcado esos mares y, como Calvo Sotelo, el mayor elogio que puede oír a su alrededor es el de quienes se compadecen de su mala suerte. Y también, como Calvo Sotelo, podría añadir que tuvo la suerte de que le precedió el desastre de Zapatero, que estuvo a punto de hundir el país, ya que sin esa deriva el Partido Popular liderado por Mariano Rajoy jamás hubiera sacado abultadas mayorías absolutas en todas las administraciones del Estado. Cogió el país en ese momento y ha tenido la suerte de dejar una España más estabilizada en lo económico y en plena transición de la clase política, con la integración en las instituciones de los que hasta ayer eran antisistema. Para la amenaza de independencia de Cataluña no existe una solución, una salida visible, pero sí se ha logrado una sólida mayoría de partidos constitucionalistas.

Lo que era proverbial se ha convertido en tozudez; el ingenio aparece como símbolo de torpeza; la flema gallega se ha transformado en una pasividad irritante

Aunque queda demostrado que en política cualquier acontecimiento, cualquier circunstancia que hoy aparezca objetiva e indudable, puede darse la vuelta en un plis, cada día que pasa la etapa presidencial de Mariano Rajoy se debilita más, se difumina; la impresión creciente es que la Presidencia de Rajoy ya pertenece más al pasado que al presente. Que se intuya así fuera del Partido Popular es lo de menos, porque siempre puede ser una interpretación interesada; lo grave para Rajoy es que esa sensación es la que está calando hondo entre los suyos. Desde hace tiempo, la forma que tiene Mariano Rajoy de gestionar las crisis, tanto las del partido como las del Gobierno, ha experimentado un brusco cambio de diagnóstico dentro del PP. Lo que antes era proverbial se ha convertido en tozudez; el ingenio y astucia aparecen ahora como símbolos extremos de torpeza y equivocación; la flema gallega se ha transformado en una pasividad exasperante, irritante. Como ha dicho ese exdirigente de Murcia, la única realidad es que en el Partido Popular existe un “clamor silencioso” por que Mariano Rajoy se decida a dar un paso atrás y la llegada de un nuevo líder pueda suponer un ‘aire nuevo’, un aliciente, un nuevo impulso, para poder sacudirse el derrotismo creciente en todos los escalafones de ese partido, desde los electores hasta los cuadros orgánicos, y afrontar una etapa nueva.

Contaba Leopoldo Clavo Sotelo en aquellas memorias que en una ocasión, en una reunión en la que se analizaban las violentas turbulencias que zarandeaban al Gobierno centrista y a su partido, la UCD, le pasó discretamente una nota a Pío Cabanillas:

"Dime, ¿cómo está el patio?", preguntó Leopoldo.

Y Pío Cabanillas, siempre tan mordaz, tan agudo y descarnado, le contestó lacónico con otra nota: "No hay patio".

Leopoldo Calvo Sotelo dobló la nota y se la guardó en el bolsillo. Quizás era el mejor diagnóstico político que le habían hecho nunca y el que se le podría hacer ahora también al presidente Rajoy. Un día, en una ejecutiva cualquiera, un tipo cercano y también quemado, pongamos Javier Arenas: "No hay patio, Mariano, no hay patio".

Matacán

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