La silla eléctrica de Madrid

Madrid es una silla eléctrica para los partidos políticos y quedaba que Podemos, recién llegado, se enfangara en la misma plaza para confirmarlo

Foto: Pablo Iglesias junto a Sergio Pascual en una imagen de archivo. (EFE)
Pablo Iglesias junto a Sergio Pascual en una imagen de archivo. (EFE)

Fue Machado, Antonio. Escribió aquel poema breve como una sentencia o un lapidario. “Madrid, rompeolas de todas las Españas”. El contexto era otro muy distinto, pero existe en esos versos un aspecto fundamental de la personalidad de Madrid, que es la personalidad de España también. Su carácter terminal, no de muerte sino de síntesis, de confluencia final, de esencias que se suman.

Así es Madrid, como la retrató el poeta cuando sus amigos, en noviembre de 1936, trataban de convencerlo de que abandonara la ciudad, que se fuera de España, para no verse arrasado por la plaga fascista. No se fue, no quiso, prefirió Antonio soñar en Madrid como último refugio de su libertad. Y lo escribió: “Madrid, Madrid, ¡qué bien tu nombre suena / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”. Tantos años después, esa descripción de “rompeolas de todas las Españas” es la que sigue vigente en la idea de Madrid, con independencia de los tiempos que corran. Está en la esencia, ese es su carácter. Su chulería, su bien y su mal.

Madrid siempre aparece como una hipérbole de España, resumen fiel y caricatura de cuanto somos. Y de tanto amasar la centralidad, Madrid acaba convirtiéndose en un espejo deformado de la realidad española, en el que todos los actores representan su papel con un aire de notoriedad que sólo entienden y asumen ellos mismos. La conspiración, por ejemplo. Se repite siempre la máxima de Eugenio d’Ors de que “a las siete de la tarde en Madrid, o das una conferencia o te la dan”, pero en realidad lo que impera en esta ciudad es la conspiración. Quien no tiene una teoría conspirativa de la realidad, no es nadie, no sabe nada.

Lo único que tendría que constatar Pablo Iglesias es que nada sale gratis y si mira a su alrededor apreciará que a cada crisis le corresponde una debacle electoral

Hace unos días, a raíz del Whatsapp que se filtró de la reina Letizia dirigido al imputado López Madrid, una colega, Ana Romero, incluyó en su crónica un párrafo revelador de esa teoría constante de la conspiración que se genera en Madrid, como un manantial de rumores que brota en todas las aceras: “Existen dos teorías, ambas igualmente conspirativas y sin contrastar, para explicar la manera en la que salió a la luz” el mail famoso del ‘compi yogui’. Cada tarde, detrás de cada acontecimiento, existen un abanico de teorías que se expande por todas las mesas de la ciudad y que sólo tienen en común esos dos elementos, son conspirativas y están sin contrastar.

El único problema de esa inercia diaria es que acaba convirtiéndose en una dinámica abrasiva. En este momento de crisis de la política, por ejemplo, no es casual que Madrid, la plaza de Madrid, se haya convertido en una silla eléctrica para todos los partidos políticos. Siempre ha sido así, es verdad, pero es que en este tiempo no hay partido que no haya terminado abrasado en la conspiración madrileña.

Las crisis de poder normales que se producen en todas partes, en cualquier otra provincia de España, se convierten en Madrid en un bucle endiablado que acaba haciendo tambalear las estructuras de todo porque tienen el elemento añadido de la conspiración. Sucesivamente, el Partido Popular, el Partido Socialista e Izquierda Unida se han achicharrado en crisis paralelas en los dos últimos años en Madrid. Y para refrendar con un símbolo máximo que la nueva política mantiene los lastres de la vieja, en Podemos se ha desatado una crisis interna nacional a partir de la ‘conspiración de Madrid’, con nueve dimisiones que se llevaron por delante al secretario de organización, Sergio Pascual. Aquello que estaba latente en el seno de Podemos, las tensiones de poder, acabó estallando en toda España en cuanto se encendió la mecha de Madrid.

Lo mismo que le había ocurrido antes al Partido Popular en Madrid, con una crisis persistente que se va encadenando. Desde Alberto Ruiz Gallardón hasta Cristina Cifuentes, siempre la misma historia. Parecía que los escándalos de corrupción lo habían resuelto todo en el PP madrileño, que esa podredumbre había laminado las pugnas de poder, pero ahí siguen los movimientos telúricos moviéndole la silla a la presidenta Cifuentes, como en la última rebelión de tres diputados díscolos que se ausentaron de una votación para no votar a favor de una Ley que regule la gestación subrogada. Lo que ha quedado en evidencia, por encima de cualquier debate sectorial, es el poder real de Cristina Cifuentes en la organización del PP madrileño.

Madrid es una hipérbole de España, resumen fiel y caricatura de cuanto somos. Y de tanto amasar la centralidad, es un espejo deformado de la realidad

¿Y el PSOE? ¿Cuándo ha estado tranquila la Federación Socialista Madrileña, siempre convulsa? Cuando llegó al cargo Pedro Sánchez, necesitaba un acto de ejemplaridad, para asentar su autoridad, y lo que eligió fue exhibir la cabeza del secretario general del PSOE madrileño, Tomás Gómez. Otra vez Madrid como rompeolas de todas las tensiones internas y símbolo de poder. De crisis en crisis, sin que nunca llegue la batalla final, anda metida igualmente Izquierda Unida, sin posibilidad ya de identificar siquiera a los protagonistas porque no se les conoce más que por su participación puntual en alguna puñalada.

Madrid es una silla eléctrica para los partidos políticos y quedaba que Podemos, recién llegado, se enfangara en la misma plaza para confirmarlo. A partir de esa evidencia, lo único que tendría que constatar Pablo Iglesias es que nada sale gratis y si mira a su alrededor apreciará que a cada crisis le corresponde una debacle electoral. Porque no hay conspiración que no acabe en derrota.

Matacán

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