Los tres males de la derecha andaluza

La imagen del cacique, la política clientelar de la Junta y los liderazgos inestables pueden explicar por qué es la única autonomía española donde siempre ha gobernado el mismo partido

Foto: Mariano Rajoy junto a Juanma Moreno en un acto del PP en Málaga. (EFE)
Mariano Rajoy junto a Juanma Moreno en un acto del PP en Málaga. (EFE)

En toda Europa, sólo hay una región con una hegemonía política que supera a Andalucía en longevidad. Se trata de Baviera, uno de los 'länder' más representativos de Alemania donde la derecha del CSU gobierna de forma ininterrumpida desde hace más de medio siglo. La última gran noticia en unas elecciones al Parlamento bávaro fue cuando, en 2008, la derecha perdió la mayoría absoluta y aquella noticia se propagó por media Europa como un suceso extraordinario. No pasó de ahí, en cualquier caso; en esa legislatura el CSU volvió a gobernar el coalición y en 2013 los electores le devolvieron la mayoría absoluta. Después de Baviera, Andalucía.

Es la única autonomía de España en la que siempre ha gobernado el mismo partido, ni siquiera las hegemonías nacionalistas de Cataluña o del País Vasco han resistido tanto. El PSOE ha ganado la inmensa mayoría de las elecciones que se han convocado en Andalucía y en el Parlamento andaluz las ha ganado todas menos una, las elecciones de 2012, aunque también en esa ocasión pudo seguir gobernando. Andalucía y Baviera se comportan igual y es muy llamativo, digno de estudio para politólogos, que se produzca esta coincidencia en una de las regiones más ricas de Europa y en una de las más pobres. ¿Qué ocurre para que esto sea así? ¿Qué provoca que una sociedad se identifique con un partido y lo haga suyo, como una parte de su identidad? ¿Influye tanto el desarrollo económico como el subdesarrollo? ¿Tiene mucho peso la memoria histórica? En lo referente a Andalucía, en estos tres males de la derecha andaluza pueden quedar contestadas esas preguntas.

La imagen de cacique

Andalucía es una región sociológicamente de izquierdas en la que, aún hoy, persisten los clichés trasnochados del señorito andaluz asociado a la derecha. Nada tiene que ver la realidad andaluza socioeconómica de 2017 con la Andalucía subdesarrollada de cortijos y latifundios del franquismo, que tanta postración, tanta represión, provocó en esta tierra, pero a pesar de los años transcurridos parece como si en la memoria sentimental de esta región muchos de los agravios de entonces se mantuviesen intactos. El Partido Socialista lo sabe bien y, lejos de enterrar esa imagen, lo que ha hecho en estos treinta años de hegemonía al frente del Gobierno andaluz ha sido cultivarla, airearla y refrescarla continuamente. Ya se dijo aquí alguna vez que en Andalucía, en todas las elecciones aparece un fusilamiento por alguna parte. Siempre pasa. Llegan las elecciones y alguien, en algún mitin, deja caer que detrás del Partido Popular se esconde la Guerra Civil.

La renovación del PP en la 'Andalucía profunda' ha sido siempre un objetivo, una promesa, que se ha quedado a medio camino

Un lobo con piel de cordero. “Si los del Partido Popular pudieran, fusilarían a todos los socialistas”, han dicho, escrito o propagado en infinidad de ocasiones. Una burda maniobra, en definitiva, una propaganda grosera y perniciosa, que, si se sigue repitiendo es porque aún encuentra eco entre los votantes andaluces. En nada de eso, lógicamente, se puede culpa al Partido Popular salvo porque tampoco la imagen rancia de muchos de sus dirigentes, sobre todo en los núcleos rurales, ha contribuido a mitigarla.

Arenas con un limpiabotas.
Arenas con un limpiabotas.

La renovación del PP en la ‘Andalucía profunda’ ha sido siempre un objetivo, una promesa, que se ha quedado a medio camino. “Tenemos que volver el PP andaluz en los núcleos rurales como un calcetín”, dijo en una ocasión Javier Arenas y a tenor de los resultados electorales todavía queda bastante por hacer de esa renovación. Al propio Arenas, en cualquier caso, nada le ha hecho más daño que la foto aquella que le hicieron hace más de 20 años con un limpiabotas.

La política clientelar de la Junta

Andalucía no es la única autonomía que ha fomentado políticas clientelares pero, a la luz de los acontecimientos, queda claro que es aquí donde el clientelismo ha alcanzado una mayor sofisticación. En las más de tres décadas de gobierno socialista en la Junta de Andalucía, ha habido etapas en las que parecía que todo el mundo aquí era del Partido Socialista, los empresarios y los sindicatos, las universidades y las asociaciones de vecinos, los ateneos y las fundaciones, los periódicos y los periodistas, los obreros y los intelectuales. Todo eso, obviamente, se construye gracias a una política clientelar que va mucho más lejos del tópico que siempre se repite del PER y que, en realidad, es lo que menos influencia puede tener en el voto socialista.

La cultura de la subvención se extendió por toda la comunidad, bien regada siempre con los presupuestos andaluces y bien orientada hacia un solo objetivo, la perpetuación de la hegemonía política. Solo cuando el Partido Popular fue ampliando su poder en algunos ayuntamientos, sobre todo de la costa andaluza, se ha ido mitigando esa imagen, que se ha deteriorado aún más con la irrupción de fenómenos políticos nuevos, como Podemos, y de plataformas civiles, como la de Spiriman en Granada que suponen una auténtica novedad en la actualidad andaluza. A todo eso, habría que añadirle la corrupción clientelar que se ha dado en la Junta de Andalucía, expresada en macroprocesos como el de los ERE y los cursos de formación.

Liderazgos inestables y peleas internas

Desde los tiempos de Antonio Hernández Mancha, es decir en la prehistoria de la democracia española, la derecha andaluza no ha tenido nunca líderes estables. Ya entonces, década de los 90, aparece el liderazgo de Javier Arenas, que acaba con el de Gabino Puche, y se prolonga como una sombra hasta nuestros días. Que si Teófila Martínez contra Arenas, que si Pimentel contra Arenas, que si Cospedal contra Arenas, que si Zoido contra Arenas… En fin, así hasta llegar a la actualidad de Juanma Moreno que parece más apacible, o el principio de otra cosa en el PP andaluz. Aún así, la cuestión es que aunque haya ganado el congreso con el 95,04% de los votos, nadie podría decir que Moreno Bonilla ejerce el papel de líder indiscutible de los populares andaluces. Hasta cierto punto es normal que así suceda cuando se accede a un cargo por la elección directa de un dedo, cuando se posa sobre la cabeza de alguien que, hasta ese momento, era un gran desconocido en una organización con decenas de miles de militantes.

El presidente del PP-A, Juan Manuel Moreno Bonilla.(EFE)
El presidente del PP-A, Juan Manuel Moreno Bonilla.(EFE)

Moreno Bonilla superó, nada más llegar al cargo, el primer zarandeo público por su raquítico curriculum, otro más de los dirigentes políticos que solo cursa en su vida la carrera de la política, la universidad de las sedes, y luego tuvo que resistir aún el peor resultado electoral del PP en veinte años. Aún así, sin liderazgo interno, sin proyección pública y sin buenos resultados electorales, Juanma Moreno ha logrado superar todas las polémicas y llegar a este congreso envuelto en un aire de triunfo, arropado por todos los que en su partido tienen algo que decir, como si fuera el mismo Rajoy quien lo lleva en brazos. Claro que la mayor parte de ese aire de triunfo inmediato en la Junta de Andalucía, más que con méritos propios, tiene que ver con los graves problemas internos del PSOE y la ratonera en la que puede estar metiéndose Susana Díaz, pero todo eso en política, al final, son solo detalles que no trascienden. La cosa es que Juanma Moreno parece más fuerte que nunca. No pregunten por qué.

Matacán

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