Expo'92, esplendor y mangazo

El éxito de trazar una carretera, de construir un puente o conectar dos ciudades con la alta velocidad nunca supone una excusa para justificar la opacidad y el desvío de fondos

Foto: Panorámica del lago de España con los pabellones autonómicos al fondo. (Sitomon, Wikipedia)
Panorámica del lago de España con los pabellones autonómicos al fondo. (Sitomon, Wikipedia)

“Es que no lo entiendes”, me interrumpió aquel tipo en uno de los salones abarrotados del hotel Alfonso XIII de Sevilla tras una de las recepciones que acababa de dar alguna de las autoridades que habían llegado a Sevilla para los fastos de la Exposición Universal de 1992. Lo que no entendía el periodista era que se le pusieran algunas objeciones a las inversiones públicas realizadas para la celebración de la Expo'92 o que se reclamaran otras nuevas. Y el tipo, con ojos de pez, vomitó de golpe toda su incredulidad: “Es que no lo entiendes. Llegas y comienzas a repartir millones, pero los negritos nunca estarán conformes; siempre querrán más”.

Los negritos, por supuesto, eran los sevillanos, y los que repartían millones eran los altos ejecutivos de la Expo'92 que, como él, se pavoneaban por la ciudad como profetas de la modernidad en un mundo rancio y atrasado. El paso del tiempo siempre almibara los recuerdos y con 25 años de perspectiva, desde la inauguración en un soleado 20 de abril de 1992, la Exposición Universal de Sevilla se presentará como una enorme tarta de merengue. Es normal que suceda, pero no fue así. Entre el esplendor y el mangazo está el punto medio que define a la Expo de Sevilla.

La frase de antes de los negritos, ese enorme exabrupto, el único valor que tiene, con el paso del tiempo, es que sirve de síntesis grosera de una forma de hacer política, un despotismo democrático que tuvo su esplendor en España en momentos como la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Tanto es así que, por momentos, parecía que la Expo se realizaba en Sevilla a pesar de la propia Sevilla.

De todas formas, en realidad, los tropiezos de la Expo con Sevilla comienzan desde el mismo día que España asume la organización del evento y el Gobierno de Felipe González baraja la idea de nombrar comisario al arquitecto Ricardo Bofill. ¿Un catalán al mando de la Expo de Sevilla? La ciudad se revolvió contra el nombramiento, quizá como hubiera ocurrido en la misma Cataluña si al frente de las Olimpiadas se coloca a un ejecutivo andaluz, en vez de a un catalán: historias de la España provinciana. La cuestión fue que, desechado el arquitecto, Felipe González decidió nombrar a uno de sus profesores de Derecho en la Universidad de Sevilla, el reputado catedrático Manuel Olivencia.

Llegó Olivencia a la Expo con todos los honores, pero su tiempo de comisario estaba tasado porque el viejo profesor de Derecho Mercantil, sentado en el despacho principal de aquella organización, era un obstáculo permanente para que el engranaje de la Expo estuviera debidamente engrasado. Un control riguroso y un celo permanente en la cúpula de la organización frenaban la celeridad necesaria para acabar la obra a tiempo, o eso decían. “Olivencia es demasiado garantista”, solían repetir como un reproche, y luego señalaban los retrasos acumulados en las infraestructuras de la isla de la Cartuja.

Fue entonces cuando llegó Jacinto Pellón, el ingeniero abrupto, que iba a arrasar con todo, como un 'bulldozer' humano. Para Pellón, Sevilla y los sevillanos eran un mal menor que, simplemente, tenía que soportar al otro lado del río mientras finalizaba su obra. Jacinto Pellón tenía un objetivo y estaba decidido a cumplirlo: acabar la Expo y que nadie le hiciese perder el tiempo respondiendo preguntas sobre cómo lo hacía. Era la época en la que Felipe González se mantenía fiel al proverbio que le había enseñado Deng Xiaoping: “Gato negro o gato blanco, lo importante es que cace ratones”.

Cuando el aceite comenzó a esparcirse generoso para que funcionasen los engranajes, Olivencia salió por la ventana. No más controles, no más auditorías internas, no más balances ajustados. La Exposición Universal de Sevilla llegó a tiempo para inaugurarse el 20 de abril de 1992, pero que nadie pregunte cómo se consiguió ni a qué precio. ¿Cuántos mojaron en la salsa millonaria de la Expo? ¿Cuántos se hicieron ricos con comisiones ilegales? ¿Cuánta corrupción llegó a las arcas del PSOE, que entonces gobernaba en la Junta de Andalucía y en el Gobierno de la nación? Nunca lo sabremos; lo único constatable con el paso del tiempo ha sido la confirmación de aquello que se sospechaba y denunciaba tras la marcha de Olivencia sobre las auditorías maquilladas y los balances manipulados.

La Exposición Universal de Sevilla llegó a tiempo para inaugurarse el 20 de abril de 1992, pero que nadie pregunte cómo se consiguió ni a qué precio

Lo dijo el propio Tribunal de Cuentas: miles de millones de pesetas se habían perdido en la Expo en abultadísimas comisiones por asesoramientos, en balances falseados o en obras que multiplicaban exponencialmente su coste inicial. Baste decir que los organizadores de la Expo cerraron con un balance en el que se afirmaba que, gracias a sus desvelos, la muestra había arrojado un balance positivo de 17.930 millones de pesetas y, sin embargo, cuando el Tribunal de Cuentas revisó esos balances, determinó que la verdad era otra, pérdidas acumuladas por valor de 37.046 millones de pesetas.

Junto a eso, claro que la Exposición Universal de Sevilla transformó profundamente la ciudad. Antes de la Expo, en Sevilla solo existía una ronda de circunvalación, la que se alzaba, extramuros, sobre el trazado almohade que describían las antiguas murallas de la ciudad. Gracias a las obras de la Expo se construyeron una ronda exterior de circunvalación (SE-30), dos rondas intermedias, ocho nuevos puentes, un aeropuerto, una estación de ferrocarril, varias autovías con la capital de España y con toda Andalucía y un tren de alta velocidad, el primero de España. Todo eso, además de una fantástica reordenación urbanística que abrió la ciudad al río Guadalquivir e hizo que conquistara un nuevo espacio, la Cartuja, el espacio idílico en el que Sevilla soñó con una Jauja internacional, de color y de arte, de contraste de civilizaciones, de culturas hermanadas, de emoción y diversión, foco mundial de la cultura y de la diplomacia durante seis meses de un año, 1992, Quinto Centenario del Descubrimiento de América.

Lo que nunca han entendido los defensores acérrimos de la Expo es que puedan alabarse los resultados y censurarse los métodos empleados

Entre el esplendor y el mangazo duerme la memoria de la Expo'92, ahora que se han cumplido 25 años de su inauguración. Y lo que nunca han entendido los defensores acérrimos de la Exposición Universal de Sevilla es que puedan alabarse los resultados y censurarse los métodos empleados. Ni lo entienden ahora ni, mucho menos, lo entendían antes. El éxito de trazar una carretera, de construir un puente o conectar dos ciudades con la alta velocidad nunca supone una excusa para justificar la opacidad y el desvío de fondos. Tampoco el orgullo de celebrar uno de los hitos históricos más importantes de la historia de España. Pero ¿es posible aspirar a un país que prospere sin casos de corrupción constantes?

En el ambiente de euforia y soberbia de aquellos años, aquel directivo de la Expo'92 que con tanto desprecio hablaba de “los negritos”, lo único que no podía asimilar es que los ciudadanos, de Sevilla o de cualquier otra ciudad de España, puedan reclamar su derecho a no ser tratados como maniquíes de un decorado. ¿Era tan difícil de entender? Pues en esas estamos todavía.

Matacán

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