¡No sigamos haciéndoles el juego!

¿Cómo se explica que, elección tras elección, en España siempre salgan los mismos partidos e incluso las mismas personas? Reflexionarán conmigo que, seguramente, algo funciona mal.
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    ¿Cómo se explica que, elección tras elección, en España siempre salgan los mismos partidos e incluso las mismas personas? Reflexionarán conmigo que, seguramente, algo funciona mal. Pues parece que no, que en realidad funciona bien… pero solo en la dirección que interesa a los siempre beneficiarios. Personajes que, curiosamente, nunca respondieron por defecto electoral alguno, ni por incumplimiento de lo prometido antes de las elecciones, ni por las tropelías cometidas después.

    ¿Tan grande es su liderazgo que nadie se atreve a desafiarles o a pedirles explicaciones? ¿Qué hace posible, entonces, que un reducido grupo de personas sean capaces de someter así la voluntad del resto?

    Repasando hemeroteca se percibe claramente que ambos partidos tienen un importante suelo mínimo de votos leales, aun en las condiciones más adversas. La pregunta es, ¿dónde adquirieron ese derecho a gobernar infamemente y que no menos de cinco millones de personas les renovasen su confianza?

    No cabe explicación distinta de que, en el ámbito rural y entre la población mayor, se vota familiarmente en bloque, de acuerdo a la experiencia vivida entre izquierdas y derechas en la Guerra Civil y su prórroga durante el franquismo ‘inferior’ hasta el Plan de Estabilización. Y que esa actitud del entorno familiar se sigue prolongando, también, sobre otros miembros votantes más jóvenes. La primitiva Alianza Popular, se ganó la confianza y la custodia electoral de las familias satisfechas con el franquismo. Y el PSOE y el PC, con las represaliadas. Pasó el tiempo, y una casta política atenta a estos detalles descubrió la forma de convertirse en heredera permanente de esa división, que con tan calculada astucia mediática y presupuestaria han mantenido vigente.

    Más de la mitad de los votos que dan por seguros PP, PSOE e IU no proceden de ningún análisis de programas electorales, ni de la presunción de capacidades específicas de los candidatos. Proceden de un recuerdo de enfrentamientos políticos y sociales, que atizados convenientemente, nos ha venido robando el futuro. La famosa tolerancia del electorado es fruto de ese alineamiento que justificaba todo lo malo que sucede en cada partido. Alineamiento que constituye, prácticamente, un vínculo familiar difícil de disolver.

    Solo haciéndolo garrafalmente mal es como el electorado se ha movilizado hacia la abstención y partidos alternativos -nunca hacia la oposición-. Y nunca más allá de un 20-40% de su máximo electoral. Este rango de desafección y mayor racionalidad va a seguir creciendo por pura demografía, beneficiando a partidos nacientes que oferten futuro, alejados ya de esas reprobables técnicas de ordeño guerracivilista experimentadas con la población hasta ahora, que han permitido justificar una galopante corrupción, exculpada siempre que procediese de ‘los nuestros’.

    Partiendo de lo declarado al Tribunal de Cuentas, a valor de hoy, PSOE y PP, los ‘legítimos herederos’ tras el periodo franquista, habrían recibido en 30 años más de 2.000 millones de euros para su funcionamiento, además de los sueldos de algunos cientos de miles de cargos políticos, condonaciones de deudas bancarias, etc. Y en ese tiempo, sin necesidad objetiva, alojaron más de 1,5 millones de simpatizantes y familiares en las administraciones, cuya carga representa al Estado en torno a los 50.000 millones de euros anuales. No sería extraño que hasta el 50% del gasto público estuviese soportando políticas partidistas, sin ninguna eficacia para el conjunto del país. Esto es lo que -mal contado- nos cuesta la permanencia de esta casta en el poder y de lo que podríamos prescindir sin el menor perjuicio para el funcionamiento general del Estado.

    Un 50% del Presupuesto que se emplea recurrente y exclusivamente en decidir -o manipular- los resultados de las elecciones, sin que España pueda obtener el menor beneficio de ello. Y esto es lo que habrá que demostrar, partida por partida, a los interventores, antes de que corten por lo sano. Esta es la verdadera enfermedad de la sociedad y economía española, el cáncer a erradicar.

    Comercializar lealtades

    No sería fácil estimar lo que las más de 8.000 concejalías de Urbanismo han aportado a sus partidos por dinero ilegalmente recibido del sector inmobiliario, ni los porcentajes de lo incrementado para empresas amigas en el valor de las obras y contratas de las administraciones o lo desviado en subvenciones de justificación grotesca. Siendo, además, que cuanto necesitan para la creación de estados de opinión favorables lo toman directamente de los presupuestos generales, para alimentar partidistamente a medios de comunicación, sindicatos y toda clase de grupos de presión que se presten a comercializar sus lealtades. No hay, pues, empresa en el mundo que maneje plantillas de ese volumen, ni disponga tan arbitrariamente y sin limitación, de presupuestos operacionales de esa cuantía.

    Este rango de desafección y mayor racionalidad va a seguir creciendo por pura demografía, beneficiando a partidos nacientes que oferten futuro, alejados ya de esas reprobables técnicas de ordeño guerracivilista experimentadas con la población hasta ahora, que han permitido justificar una galopante corrupción, exculpada siempre que procediese de ‘los nuestros’

    Estamos ante un conglomerado político-financiero de calibre mundial, en el que su principal patente a explotar proviene del cultivo de odios familiares pretéritos, con un modelo de negocio consistente en forzar la tesorería del país hasta producir nuevos endeudamientos, que han de acabar, inevitablemente, en los recortes salariales y sociales con los que seguir sosteniendo semejante imperio. Todo en una tóxica armonía con un sector financiero anclado en la socialización de pérdidas y en el amparo político y judicial de sus errores.

    Detener el avance de ese negocio político, e ir disminuyendo su relevancia en nuestro sistema, ha de ser el primer objetivo de cualquier partido de nueva creación.

    Personalmente no puedo depositar mi voto en partidos que, al amparo de tal montaje, se dediquen descaradamente a expoliar los fundamentos de la democracia y de la hacienda pública en provecho de sus clases dirigentes y círculos cercanos; haciéndonos creer que la legitimidad para lo que hacen proviene de la verdadera voluntad y discernimiento de un electorado, en la práctica manipulado y condicionado por un pasado que aún sigue determinando quien gobierna, pongamos lo que pongamos enfrente.

    Ningún partido nuevo puede, como ellos, recurrir a esa despensa electoral y competir racionalmente contra la lealtad a los recuerdos y a su clientelismo. Toda Europa puso punto final a esos recuerdos, los purgó democráticamente -ahí tal vez está la diferencia- y los lloró con la debida dignidad. Amaban a los suyos, pero eso no les condujo a nuestro nivel de tolerancia frente al incumplimiento de planes y la corrupción. Razón por la que, seguramente, disfrutan de sociedades más democráticas, prósperas y controladas.

    Así que, por estos poderosos motivos, ante las próximas elecciones, quiero orientar mi voto hacia partidos que no dispongan de tan injusta y perniciosa forma de lograr sus objetivos. En el País Vasco, votaría a UPyD; y, en Galicia, al CSD. Partidos de muy distinta génesis pero desvinculados de ese pasado y críticos con su ilícito aprovechamiento.

    Con algunos amigos, coincidentes en estos foros y redes sociales, me he comprometido a colaborar en el desarrollo de CSD, y así disponer de una experiencia directa sobre política que poder traer a debate. Significa saltar al ruedo y enfrentarnos a los problemas que, hasta hoy, veíamos desde la confortable barrera de la opinión. Para muchos ha llegado el momento de participar e invito a los que lo deseen a integrarse en partidos que luchen contra esa hegemonía histórica, que ha permitido a una casta política indeseable, frenar nuestras aspiraciones y obligado a aceptar sus abusos, como elemento permanente de nuestro decadente paisaje moral.

    No se sorprendan, pues, de verme manos a la obra en asuntos electorales con partidos de corta tradición. Por algún lado había que empezar a actuar, y estas dos formaciones son las únicas que disponen de un cierto músculo organizativo y financiero -fuera de la ruta pactada entre PP y PSOE para su supervivencia- de cara a lograr algún escaño en estas inminentes elecciones.

    El resto de los nuevos partidos, como siempre, seguirán haciendo un encomiable trabajo testimonial, en un campo minado por medios de comunicación al servicio del poder, dificultades financieras y trampas legales añadidas por quienes quieren dificultar la renovación que pretendemos.

    Nuestras urnas descasan sobre un fundamento erróneo. Hemos querido corregir en ellas aquel brutal desencuentro fratricida, olvidando que esas urnas debían servir, esencialmente, para construir nuestro porvenir. Que cada papeleta que decía ‘va por ti, querido abuelo’, debería haber dicho ‘va por ti, mi querido nieto’. Aquel depósito de nuestra voluntad no era lugar en el que litigar y mostrar el afecto a nuestros ancestros. Era un lugar en el que forjar nuestros sueños, los de nuestros hijos y generaciones venideras. Por ese inmenso error, entregamos un país a quienes atizaban esas heridas, en vez de a las personas que debían alejarnos a uña de caballo de aquel horror histórico en el que seguimos atrapados. En esto y en la mala utilización del dinero público es en lo que de verdad somos distintos. En lo demás, tan europeos como cualquiera.

    Votar PP, PSOE, IU o partidos nacionalistas es dirimir un pasado que de ninguna manera debe juzgarse en las urnas, y autorizar el uso partidista y corrupto de las administraciones e instituciones a favor de quienes las gobiernan, dilapidando así casi un 50% de los impuestos que pagamos. Votando de nuevo a estos partidos ‘herederos’, seguiremos sacrificando democracia y dinero, solo para que unos pocos y sus aliados, se mantengan en el poder. Motivos más que suficientes para dejar de votarles y emprender otros caminos.

    Mensajes de Narnia
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