Susto y muerte: esta semana comienza la legislatura

Sostenía Adorno que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. Y seguir hablando exclusivamente de abaratar el despido en un país con más

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    Sostenía Adorno que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. Y seguir hablando exclusivamente de abaratar el despido en un país con más de cinco millones de parados -que ha perdido, además, el 11,5% de su fuerza laboral en apenas tres años- no deja de tener aires de crueldad. O de saña, como se prefiera.

    Pero, desgraciadamente, el debate sobre el desastroso funcionamiento del mercado laboral español se ha empobrecido tanto que de una forma un tanto mecánica se suele abordar la falta de empleo sólo desde la óptica del coste del despido. Probablemente, por razones ideológicas o por un cierto equívoco sobre la realidad de un mercado de trabajo roto y enfermo. Y que entre sus ‘hazañas’ cuenta con un dato espeluznante: sólo el 2,2% de los contratos temporales (la tercera parte de los asalariados) tiene una duración superior a seis meses, lo que pone de relieve la jungla laboral en la que vive España.

    Se olvida a menudo, sin embargo, que los costes de indemnización por despido representan apenas el 1,5% de los costes laborales totales. O dicho en otros términos. La estadística oficial aclara que si el coste bruto de un trabajador para la empresa se sitúa en 30.819 euros al mes (incluyendo cotizaciones sociales, gastos de formación o prestaciones sociales), la indemnización por despido apenas llega a los 412 euros al año. Por poner un ejemplo, las empresas gastan 15 veces más en pagar cotizaciones sociales que en despedir.

    Se olvida a menudo que los costes de indemnización por despido representan apenas el 1,5% de los costes laborales totales. Las empresas gastan 15 veces más en pagar cotizaciones sociales que en despedir

    La realidad es tan cruda que sobran comentarios adicionales. Pero lo cierto es que el ‘mantra’ del despido está ahí. Y bien hará el nuevo Gobierno en demostrar con hechos que la clave de bóveda de la reforma está en realidad en las condiciones de contratación. Pero también en preguntarse por qué no contratan los empresarios, aunque sin apriorismos ideológicos. Y sólo alrededor de esta consideración, debe articularse la nueva legislación. Ya sea, revisando la protección judicial de los ceses laborales -respetando en todo caso los derechos fundamentales- o reduciendo los costes extrasalariales que lastran la contratación. O a través de la creación de un nuevo contrato sin duración determinada, algo que sin duda incentivaría el compromiso de los trabajadores con sus empresas. Y que serviría como estímulo para que los empleadores inviertan en formación de sus trabajadores, lo cual es incompatible con un mercado laboral basado en el principio de ‘usar y tirar’ a través de la contratación temporal.

    Dos informes, dos

    Tiene razón Mariano Rajoy, por lo tanto, cuando confiesa que “el Gobierno no lo puede todo”. Y sin duda que esta frase la recordará en los próximos días, cuando tenga sobre su mesa de trabajo dos informes demoledores sobre la herencia que le ha dejado Zapatero. Uno ya se conoce en líneas generales, y lo firma el Fondo Monetario Internacional. Y el otro lo publicará el Banco de España en próximos fechas, cuando certifique que 2012 volverá a ser un año perdido en ese viaje a ninguna parte que ha emprendido la economía española desde el estallido de la burbuja inmobiliaria.

    Y lo que dice el Banco de España -que ha adelantado la publicación del informe respecto de las fechas habituales- es que la recesión está aquí y ha venido para quedarse durante algunos trimestres, salvo que el Gobierno acierte con sus medidas. No basta con tocar el piano, hay que tocar las teclas correctas. Como tampoco basta con subir impuestos y recortar gastos. Reformar no es lo mismo que meter la tijera.

    Como han puesto de manifiesto multitud de estudios, la dependencia de las decisiones del Estado provoca a menudo lo que los especialistas denominan tax churning, un fenómeno que se produce cuando los poderes públicos cobran impuestos con una mano -introduciendo distorsiones en la asignación de los recursos- y con la otra reparten bienes entre las mismas personas a las que previamente ha gravado. En otras palabras, una especie de batidora fiscal altamente ineficiente a la hora de asignar los recursos públicos.

    Tiene razón Rajoy cuando confiesa que “el Gobierno no lo puede todo”. Y sin duda que esta frase la recordará en los próximos días, cuando tenga sobre su mesa de trabajo dos informes demoledores sobre la herencia que le ha dejado Zapatero

    El informe del Banco de España no hace más que certificar lo que sostiene el FMI. Y aunque es verdad que el cargo no hace la virtud, sino sólo la presupone, todo indica que Fernández Ordoñez acertará. Entre otras cosas por la enorme inercia que tiene la economía. En particular, en todo lo relacionado con el mal comportamiento del mercado de trabajo, que básicamente sigue siendo el mismo desde hace 30 años.

    Como han dejado escrito los economistas Alesina y Giavazzi, es verdad que la resistencia al cambio viene de antiguo, y está demostrado que todas las legislaciones laborales tienden a proteger a los que están dentro del mercado de trabajo y a los afiliados de los sindicatos. También, habría que decir, a las nomenclaturas de las organizaciones empresariales. Por el contrario, tienden a poner obstáculos a los trabajadores en paro y a los jóvenes que buscan incorporarse al mercado de trabajo.

    El pasado, de nuevo el pasado, enseña lo que no hay que hacer. Tras la última recesión, España sólo volvió a crear empleo en el segundo trimestre de 1994, cuando el PIB aumentaba ya a un ritmo elevado: nada menos que el 2,6% en términos anuales, una utopía en las actuales circunstancias. Se crearon 98.000 empleos, aunque después de haberse perdido casi un millón de ocupados, lo que dice muy poco en favor de la economía para crear puestos de trabajo y de una arquitectura institucional en las relaciones laborales simplemente absurda, lo que sin duda exigiría crear una Ponencia en el Congreso de los Diputados para poner al día el obsoleto Estatuto de los Trabajadores.

    España no aprendió la lección, y en eso estamos. De nuevo con el despido a modo de bálsamo de fierabrás. En todo caso, lo que está claro es que la reforma laboral será la prueba del nueve para saber si quien manda en el equipo económico de Rajoy: De Guindos o Montoro. No es un asunto baladí. Marcará toda la legislatura. Es la hora de Fátima Báñez.

    Mientras Tanto
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