La reforma (laboral) que surgió del ‘lobby’

Lo más duro que le puede pasar a un Gobierno o a un país es no entender el mundo que le ha tocado vivir. Grandes imperios

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    Lo más duro que le puede pasar a un Gobierno o a un país es no entender el mundo que le ha tocado vivir. Grandes imperios han caído por errores estratégicos, tanto por fallos de sus gobernantes como por decisiones equivocadas de sus ciudadanos, incapaces de comprender el momento histórico que pasaba por delante de sus narices. En otros casos, sin embargo, pequeños países fueron capaces de identificar con acierto el curso de la historia, y eso explica sus éxitos nacionales. Este es el caso de Holanda o los países nórdicos, con suficiente perspicacia para conformar un proyecto nacional basado en su idiosincrasia y en sus propias peculiaridades económicas y sociales. Articulando, en paralelo, un proyecto político capaz de imitar lo mejor que tenían a su alrededor.

    Esta tensión entre lo de ‘fuera’ y lo de ‘dentro’ es, sin duda, consustancial a la historia de las naciones, pero lo que parece fuera de toda duda es que un país que se limite a copiar lo que viene del extranjero con una visión simplista de la realidad está condenado al fracaso.

    Este es, en realidad, el error esencial de la reforma laboral aprobada por el Gobierno, pensada para un país distinto al que se va aplicar, lo que pone en tela de juicio su eficacia. Es curioso que se hable de una "reforma en línea con Europa", como si el continente fuera un territorio homogéneo. ¿O es que Francia, Alemania y Reino Unido tienen el mismo modelo económico e idéntico tejido productivo? Como paradójico es que se diga que es equilibrada, cuando en realidad se trata de instaurar una nueva correlación de fuerzas dentro de la empresa.

    El escaparate de la reforma

    La reforma, por el contrario, está construida con un solo objetivo: convencer a la Alemania de Merkel de que España es un país serio y cumplidor, y eso puede explicar la insistencia del Gobierno (Rajoy y De Guindos) en dejar claro en el extranjero que se trata de cambios radicales en el mercado de trabajo. De hecho, el presidente del Gobierno debe estar encantado con la respuesta sindical. Lo delata el hecho de haber querido situar de nuevo a las condiciones de despido como núcleo de la enésima reforma laboral.

    Los socios comunitarios habrán caído en la cuenta de que se trata de una gran reforma, toda vez que cuenta con la oposición frontal de los sindicatos, lo que en teoría le da el marchamo de calidad. Lo peor que le hubiera podido pasar al Gobierno es que UGT y CCOO hubieran hecho unas críticas tibias al contenido del real decreto, pero eso no ha sido así y Rajoy puede presumir ante Bruselas de que estamos ante la madre de todas las reformas laborales.

    Este es, en realidad, el error esencial de la reforma laboral aprobada por el Gobierno, pensada para un país distinto al que se va aplicar

    Si eso fuera así no habría problemas. Al fin y al cabo el descrédito de los sindicatos ante buena parte de la opinión pública es tan elevado que cualquier Gobierno que se enfrente a ellos, arrastra el beneficio de la duda. Pero, desgraciadamente, la utilidad de una reforma laboral no se mide por el grado de confrontación social. Por el contrario, se evalúa por el número de puestos de trabajo que es capaz de crear, y está por ver sus resultados.

    La reforma avanza en la buena dirección cuando vuelve a situar a la empresas en el centro del debate económico, y, en este sentido, el hecho de que se profundice en al flexibilidad interna es, sin duda, una buena noticia. Pero yerra cuando no es capaz de identificar los verdaderos problemas de la empresa española, que desde luego tienen poco que ver con la negociación colectiva. O, incluso, con el despido.

    A veces se olvida que el tejido empresarial español es ajeno al alemán o al francés. Y qué decir del británico. Ni siquiera puede compararse al italiano, un país volcado al comercio exterior. Y por eso no estará de más recordar algunos datos que pueden ilustrar la naturaleza del problema.

    La Seguridad Social registra la existencia de 1,4 millones de empresas inscritas dentro del régimen general, y de ellas nada menos que 554.435 tienen un solo trabajador. Pero es que otras 541.839 empresas cuentan con una plantilla inferior a cinco trabajadores, mientras que 284.404 tienen menos de 50 trabajadores. ¿Qué quiere decir esto? Pues que más del 95% del tejido empresarial español no está afectado por convenios de empresa, y por eso articular una reforma laboral en torno a esa figura es simplemente un disparate. Básicamente por una razón: apenas 2.021 empresas -han leído bien- tienen en España más de 500 trabajadores. Sin duda, los excesos de la política de subcontrataciones tiene mucho que ver con la reducida dimensión de la empresa española.

    La reforma, por el contrario, obvia los principales problemas de las pymes, y que tienen que ver, es evidente, con los costes salariales, aunque también con los extrasalariales (cotizaciones). Pero también con las cargas administrativas, la fiscalidad o los costes de los insumos. En su lugar, mantiene la jungla de contratos temporales (ahora hay uno más), que empobrece a la propia empresa y a los trabajadores. Hasta el punto de que cuando se tiene mano de obra de usar y tirar a través de la temporalidad lo que se sacrifica en realidad es la formación y la fidelidad laboral. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que son necesarios 364 días de trabajo en periodo de pruebas (sin indemnización ni preaviso) para saber si un empleado está capacitado para ser contratado en una empresa?

    El país de las bajas laborales

    El resultado, como se sabe, es que cada año se produce un número de despidos colosal, inimaginable en cualquier país europeo. Existe, en este sentido, un reciente estudio de dos economistas del Banco de España –Laura Hospido y Juan Francisco Jimeno- que merece la pena rescatar y que dice que entre 2002 y 2009 se produjeron anualmente como media nada menos que 9,28 millones de bajas laborales en las empresas españolas.

    Se trata de una cifra verdaderamente descomunal que viene a representar que cada año rota la mitad de la fuerza laboral. Y aquí está la sorpresa. Tan sólo el 5,15% de esas bajas tiene que ver con un despido del trabajador. Por el contrario, el 66% se deriva de la extinción del contrato, el 18% por voluntariedad del empleado y el 10% restante por otras causas.

    Los datos son todavía más espectaculares si se tiene en cuenta que los despidos por causas objetivas –precisamente los que trata a fondo la reforma laboral- representan apenas el 3,17% del conjunto de bajas iniciadas por las empresas. Pues bien, sobre ese 3% gira la reforma laboral, lo cual no parece muy razonable. Y lo es mucho menos si se tiene en cuenta, como han explicado los expertos Blanchard y Tirole -el primero economista jefe del FMI, lo que le impide ser considerado un 'rojo' peligroso-, que es beneficioso que existan indemnizaciones, pues obligan a los empresarios, como recuerda Samuel Bentolila, a tener en cuenta los efectos negativos del despido. El análisis científico ha demostrado que la indemnización también puede servir para cubrir el coste social de las prestaciones por desempleo.

    La causa del desatino probablemente tenga que ver con la capacidad de influencia de los grupos de presión, que legítimamente defiende los intereses de las grandes empresas, sin dudas las más beneficiadas por la reforma laboral. En particular las que tienen por delante todavía algunos procesos importantes de restructuración de plantillas (sector financiero, medios de comunicación…), muy afectadas por el coste de despido. Pero ya se sabe que en ocasiones lo que es bueno para General Motors no es bueno para el país.

    Mientras Tanto
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