Por qué España no debe pedir el rescate

 Harry Heine, que era un personaje fascinante, contó antes de salir hacia el exilio de París que en una ocasión un amigo le preguntó por qué

 

Harry Heine, que era un personaje fascinante, contó antes de salir hacia el exilio de París que en una ocasión un amigo le preguntó por qué ya no se construían catedrales. El poeta alemán, sin duda influido por el socialismo utópico que profesaba (por entonces en pleno apogeo), le contestó de forma razonada: "Los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, sólo tenemos opiniones, y para levantar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión".

Parece evidente que a los mercados financieros no se les puede pedir convicciones. Al final y al cabo, su objetivo es ganar dinero en el menor tiempo posible. Pero al menos alguien -los inversores que se juegan sus ahorros y que son quienes les pagan sus gruesos honorarios-, les deberían exigir no sólo opiniones, sino que estén realmente fundadas.

Y sucede que en estos tiempos convulsos España está en el centro del huracán por un sinfín de motivos. Muchos ciertos y verdaderos, pero otros tan falsos como la falsa monea, que decía la copla.

Los mercados son hoy más que nunca -en realidad siempre lo han sido- un patio de vecinos donde presuntos informes elaborados por pseudoanalistas y expertos en economía española escudriñan las cuentas nacionales con absoluta frivolidad. La mayoría no tiene credibilidad alguna, pero su capacidad de influencia es sobresaliente habida cuenta de ese histórico complejo de inferioridad que sufre España. Probablemente, por la ausencia de una inteligentzia nacional capaz de asomarse a la realidad de las cosas sin estar contaminada por los círculos del poder. Algo que explica que lo de fuera se perciba como la verdad revelada, mientras que lo de dentro se considere de segundo nivel.

Más pedagogía política

Lo curioso del caso es que tanta mercancía averiada no sólo causa furor entre mucho indocumentado que abraza de forma acrítica el análisis exterior en materia económica, sino que muchas de las élites locales se apuntan a la versión tenebrosa de la crisis. En unos casos por simple desconocimiento de la realidad de las cosas, algo en lo que el Gobierno tiene buena parte de responsabilidad por incapacidad manifiesta para hacer pedagogía política; pero en otros, lo que realmente ciega es el propio interés de sectores económicos que confunden su bienestar con el de la nación. 

Si el objetivo único es reducir el déficit y reconducir la deuda, es muy probable que la entrada de los cien mil hijos de San Luis en la economía española arrase el sistema productivo, muy dependiente del sector público y del consumo privado que se canaliza a través de los salarios y de las pensiones. Y es innegable que a la ‘troika’ no le temblará el pulso para sanear el sector público ‘manu militari’, aunque sea llevándose por delante todo el tejido productivo

Y no siempre es así. En muchas ocasiones, lo que es bueno para General Motors no es bueno para el país. Ni de lejos. Este es el caso de la banca o los grandes empresarios cuando reclaman a Rajoy por tierra, mar y aire que España pida ya el rescate. Sin embargo, el precio de bajar la prima de riesgo a corto plazo -pero no de forma sostenida en el tiempo- tendría mayores costes que beneficios.

El Gobierno, como se sabe, se revuelve contra esa opción, y no sólo por el desgaste político que supone para cualquier Ejecutivo poner negro sobre blanco su incapacidad para gestionar y sacar al país de la crisis (¿no tenía toda la culpa Zapatero?), sino porque no tiene garantías de que el Eurogrupo vaya a dar el placet al rescate, pese a estar ya vigente el Mecanismo de Estabilidad (Mede).

O dicho en otros términos, el Ejecutivo no pedirá la asistencia financiera hasta que tenga asegurado que los parlamentos nacionales la aprueban, toda vez que rige la regla de la unanimidad. Mientras tanto, toca wait and see, que dicen los anglosajones, en espera de que funcione el extintor, como lo llaman en Moncloa, que ha tomado entre sus manos el BCE, y que hasta ahora ha tenido un efecto placebo.

Un sonoro fracaso político

Así las cosas, si España pide el rescate y no se lo dan por falta de unanimidad, cosecharía un sonoro fracaso político; pero si se lo conceden, lo que fracasaría sería nuestra capacidad como nación para resolver los problemas internos, con las consecuencias devastadoras que tendría la segunda opción. Por eso hay que evitar el rescate, haciendo, al mismo tiempo, bien las cosas en el interior. A veces se oculta de forma interesada que el mecanismo de rescate deja bien claro que la ayuda proporcionada a un Estado miembro de la zona del euro “se basará en un programa estricto de ajuste económico y presupuestario y en un riguroso análisis de la sostenibilidad de la deuda efectuado por la Comisión Europea y el FMI, en contacto con el BCE”.

Y aquí está el meollo de la cuestión. Si el objetivo único es reducir el déficit y reconducir la deuda, es muy probable que la entrada de los cien mil hijos de San Luis en la economía española arrase el sistema productivo, muy dependiente del sector público y del consumo privado que se canaliza a través de los salarios y de las pensiones. Y es innegable que a la troika no le temblará el pulso para sanear el sector público manu militari, aunque sea llevándose por delante todo el tejido productivo e intensificando la recesión. Al fin y al cabo, algunos países de la UE tendrían un competidor menos en los mercados internacionales.

En realidad no se trata de un fenómeno nuevo. Es lo que sucedió en 1986, cuando tras la entrada de España en la antigua CEE muchos sectores productivos entraron en bancarrota por ausencia de bisturí a la hora de hacer política económica. La Unión Europea, que fue una bendición para muchos sectores, se llevó por delante buena parte del aparato productivo. Ese es el riesgo real que corre la economía si la troika gobierna la política económica, que en aras de estabilizar el euro, España se convierta en un suministrador de mano de obra barata en el viejo continente. La Europa de los años 50 y 60, otra vez entre nosotros.

Si no hay fábricas ni centros tecnológicos ni universidades ni escuelas de calidad ni una industria auxiliar que merezca tal nombre por una brutal caída de la demanda interna, no sirve de nada haber construido carreteras, redes de telecomunicaciones, líneas de ferrocarril, puertos o aeropuertos. España cuenta hoy con un formidable stock de capital físico que sería una irresponsabilidad sacrificar

El principal problema del Mede es, precisamente, que con su actual configuración está diseñado para hacer política de tierra quemada con las economías nacionales debido a su imponente condicionalidad. Se han repetido, en este sentido, los mismos errores que han resultado fatales en anteriores intervenciones. Cuando los gobiernos nacionales pierden toda su independencia, se convierten en marionetas de funcionarios que esquilman los caladeros y que sólo buscan resultados a corto plazo.

No significa esto renunciar a reducir el déficit y los niveles de deuda. Al contrario. Pero no a costa de empobrecer al país haciendo obsoletas de forma prematura las enormes inversiones que se han hecho en los últimos años en infraestructuras y capital físico, y que deben ser la palanca y hasta el motor del cambio económico. Pero si no hay fábricas ni centros tecnológicos ni universidades ni escuelas de calidad ni una industria auxiliar que merezca tal nombre por una brutal caída de la demanda interna, no sirve de nada haber construido carreteras, redes de telecomunicaciones, líneas de ferrocarril, puertos o aeropuertos. España cuenta hoy con un formidable stock de capital físico que sería una irresponsabilidad sacrificar. Es clave para avanzar en términos de productividad y renta per cápita.

El país se irá consumiendo y volverá la vieja división internacional del trabajo que asignaba a cada país un determinado rol en el concierto económico mundial.

Ese es el riesgo real de una posible intervención. Por eso estaría bien que la UE, en lugar de sostener políticas ya fracasadas, explorase la posibilidad de poner en marcha de una vez esas políticas de crecimiento que de forma un tanto cínica reclaman los jefes de Estado y de Gobierno después de cada Consejo Europeo, y que pasan necesariamente por elaborar políticas más expansivas (más gasto público y recortes de impuestos) en el norte de Europa para requilibrar las balanzas de pagos nacionales. Mientras que, en paralelo, los países rezagados deben centrarse en obtener ganancias de competitividad y productividad, ajustando sus economías de la forma más racional posible. Es mejor eso que dar carta de naturaleza a una Europa a dos velocidades: una de acreedores y otra de deudores. Una que ponga los músculos y otra el cerebro.

Mientras Tanto
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