
El profesor Al Roth, uno de los galardonados con el último Nobel de Economía, ha colgado en su blog personal un brillante artículo sobre la relación entre el consumo de chocolate y el número de premios Nobel de un país. El origen de su interés por el asunto hay que vincularlo a la publicación hace apenas dos semanas de un trabajo en la revista The New England Journal of Medicine que alcanza conclusiones sorprendentes.
La revista hizo el reportaje atrapada por un razonamiento inteligente. Si el consumo de chocolate mejora el rendimiento de las funciones cognitivas, parece razonable pensar que las sociedades que consuman más chocolate, tienen más probabilidades de lograr mayor número de premios Nobel.
Según cifras oficiales del sector, Suiza es el país del mundo que consume más chocolate, y es, a su vez, el segundo en número de premios Nobel (25) en relación a su población, sólo por detrás de Suecia, que es quien concede los galardones, lo que sugiere cierto favoritismo (como los premios príncipes de Asturias). Otros países chocolateros como Austria (20 premios), también se encuentran en una posición privilegiada. El país centroeuropeo se sitúa en cuarto lugar en número de galardonados en relación a su población, sólo por detrás de Dinamarca, también gran consumidor de chocolate.
En esa lista, España (ocho premios Nobel) ocupa el puesto número 39, lo que indicaría que somos un país poco aficionado al cacao (en el sentido literal del término). Estados Unidos, por ejemplo, en relación a sus habitantes, ocuparía el puesto número 15 en número de galardonados, lo que desmonta el mito de que los premios Nobel siempre recaen en algún sabio estadounidense con pinta de despistado.
La conclusión fácil es que hay que consumir mucho chocolate para alcanzar la gloría del Nobel, pero esta es una verdad a medias. Como ha puesto de manifiesto Brian Palmer en la revista Slate, la afición por el chocolate de los suizos no tiene nada que ver con que en los Alpes o alrededor del lago Lemán crezca el árbol del cacao, sino más bien con la innovación tecnológica.
Como recuerda Palmer, fue el suizo François-Louis Cailler quien desarrolló una receta para convertir la arenosa pasta del cacao en una barra sólida; mientras que Rudolph Lindt patentó un alisado perfecto por adición de manteca mediante un proceso artesanal denominado conchado. Años más tarde, su compatriota Charles-Amédée Kholer añadió avellanas al chocolate, y el también suizo Jean Tobler patentó lo que hoy conocemos como Toblerone, a la vista en todos los aeropuertos del mundo. Sin olvidar la figura de Daniel Peter, que descubrió la forma de combinar el cacao (demasiado fuerte) y la leche, lo que explica su éxito. O Philippe Suchard, de insigne apellido.
El cacao, industria nacional
¿Qué quiere decir esto? Pues que los suizos comen mucho chocolate porque forma parte de su tradición, pero también porque han sido capaces de convertir el cacao en una gran industria nacional. Por eso tienen más premios Nobel que ninguno. Porque en lugar de invertir en casinos, por ejemplo, han apostado por la innovación tecnológica a partir de una materia prima que previamente tenía un valor residual. Muy al contrario, los tres grandes productores de cacao del mundo: Costa de Marfil, Ghana e Indonesia apenas lo consumen, sin duda por el bajo poder adquisitivo de sus habitantes, al margen de otras consideraciones de tipo cultural.
Eso es lo que explica, en el mismo sentido, que Detroit sea la capital mundial del automóvil. No porque el aluminio o el acero necesario para fabricar coches cuelgue de los árboles del lago Michigan, sino porque las tres grandes -Ford, General Motors y Chrysler- se instalaron allí después de más de un siglo de innovaciones tecnológicas. Por eso Estados Unidos tiene muchos más premios Nobel que España, que cuenta con sólo dos en el ámbito científico, y uno de ellos logrado por Severo Ochoa en el extranjero.
¿Y qué se hace aquí? Pues para llorar. Recientemente el presidente del CSIC, Emilio Lora-Tamayo, revelaba que las transferencias públicas hacia su organismo habían disminuido en 500 millones de euros en los últimos cuatro años. E incluso que el programa JAE (de igual nombre que la mítica Junta de Ampliación de Estudios del primer tercio del siglo pasado) no verá la luz este año. Los jóvenes investigadores españoles se tendrán que buscar la vida, al contrario que Blas Cabrera, Eduardo Torroja, Torres Quevedo, Lorca, Dalí o María de Maeztu.
Una lectura detallada de los Presupuestos Generales del Estado demuestra la naturaleza del desastre. El presupuesto de gastos del CSIC -el principal organismo investigador de España- fue en 2012 de 669 millones de euros, mientras que para 2013 el Gobierno ha presupuestado un 9% menos en términos redondos.
¿Qué ha pasado, por ejemplo, con el Parque Móvil? ¿Ha corrido la misma suerte? Veamos. En 2012 su presupuesto era de 42,9 millones, y un año después lo previsto es que se gaste 41,4 millones. Es decir, que el recorte ha sido del 3,5%, la tercera parte que en el caso del CSIC.
Como se ve, una extraña política de prioridades que explica por qué en España no se come tanto chocolate como en Suiza. Como dice un fino analista, es como si alguien que tiene cinco ferraris y no tiene dinero suficiente para mantenerlos, decide un buen día que en lugar de desprenderse de uno o de varios para hacer caja, lo que hace es vender las ruedas de cada uno de ellos. Al final, seguirá teniendo cinco ferraris, pero ninguno funcionará. Exactamente lo mismo que le pasará a la economía española si no cambia su política de prioridades y empieza a poner objetivos claro y precisos: el primero de ellos aislar el sistema educativo de la crisis económica, lo que no significa obviar sus ineficiencias.
Un ministro tertuliano
El segundo, destituir a un ministro de Educación torpe e inmaduro, que confunde asistir a un Consejo de Ministros con participar en una tertulia (él mismo se define en su cuenta de Twitter como antiguo profesional de la opinión). Si el titular del Ministerio de Educación -supremo espacio público de diálogo- es incapaz de tejer acuerdos con el sector que administra, está simplemente inhabilitado para el cargo.
El ministro de Educación y Cultura, por definición, está obligado más que ningún a otro a dialogar, aunque sólo sea para tener autoridad, que en el fondo es la madre del cordero de todo el sistema educativo.
Sin autoridad, en el sentido clásico del término, no es posible la transmisión de conocimientos, que en última instancia es la función de la escuela. Y no parece razonable que este Gobierno haya caído en el mismo error que los anteriores, que no es otro que legislar de forma unilateral al margen de ese complejo cuerpo que forma el conjunto del sistema educativo. Una reforma que no es asumida por el cuerpo social al que va dirigida está condenada al fracaso, y de ahí la necesidad de andar con pies de plomo y hacer pedagogía, algo que se le ha olvidado al ministro de Educación.
Y aunque es evidente que dos no negocian si uno no quiere, parece obvio que el Gobierno ni siquiera lo ha intentado en serio. Constituya, por lo tanto, una Ponencia en el Congreso hasta que salga de ahí, de una vez por todas, una ley de educación asumida por toda la comunidad educativa que sobreviva a toda una generación.
Al menos para hacer buena aquellas palabras de Ramón y Cajal que escribió en sus Memorias: “Los entendimientos más despiertos y estudiosos han sido seleccionados por la Junta de Ampliación de Estudios” -de la que él era presidente- “y gracias a eso hay una grey de ingenieros, abogados, humanistas, médicos, físicos, químicos, naturalistas y hasta filósofos, impregnados de los secretos de la técnica y de los métodos inquisitivos ultrapirenáicos y ultramarinos. Antes carecíamos de un ambiente para investigar. Se nos calificaba de chiflados”.
Más valdría que el belicoso y lenguaraz Wert guardara su energía para evitar que el presupuesto del CSIC se recorte el triple que el del parque móvil. O que la investigación se asigne a un ministerio (el de Economía y Competitividad) cuando la política industrial (si hay alguna) se decide desde Industria, como si ambas cosas fueran negociados separados. Un auténtico sinsentido que explica por qué España come menos chocolate que Suiza.
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LA OPINIÓN DE LOS LECTORES
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COMENTARIOS
86cleptocracia televisiva 22/10/2012 | 22:02
Salta a la vista que el periodista pertenece al Komando Rubalcaba, cuya consigna estos días es "Wert reprobación"
85Zano 22/10/2012 | 11:37
De momento sólo voy a aludir al chocolate, que es algo así como 2/3 de este artículo. Porque creo que la mezcla entre chocolate y política científica está traída un poco por los pelos. Pero lo del chocolate lo secundo totalmente. Y que conste que algo sospecho que me ha pisado la idea este señor nobel...
Sobre el chocolate y la inteligencia y el ¡valor!
84Fernan Gonzalez 21/10/2012 | 22:27
#78 En parte tiene razón, el horario europeo es distinto, no hacen jornada partida, sino intensiva a las 5 terminan de trabajar recojen a los niños de actividades y a casa.
La jornada partida es pésima desde el punto de vista energético - por los desplazamientos que genera y por el consumo de luz- es más agotora y además no deja tiempo libre ni para la familia ni para el hocio.
La comida y "siesta" es el último reducto de la españolitis yo opto por el horario a la Europea, la semana que viene cambiamos el horario para adaptarnos, es decir llegar a la oficina a las 5,30 encender las luces a las 6:30 y seguir trabajando en lugar de estar en casa descansando.
Trabajar más con peor horario y peor sueldo.
A ver si ahora que no pueden subir el sueldo para estimular el rendimiento un reajuste horario puede subir la moral de la plantilla.
83el farero 21/10/2012 | 20:57
#69 Gracias y buenas noches.
Los POLITICOS,NUESTROS POLITICOS,son "autentica caca pinchaaaa en un paloooo" y asi nos va y ASI NOS TRATA LA SEÑORA MERKEL,como autentica mierda mal oliente.
¡¡¡Algun dia,cuando los que hoy se marchan con formacion a Alemania,volveran y sera NUESTROS VERDADEROS POLITICOS.
sdos cordiales
82Fernan Gonzalez 21/10/2012 | 20:47
#71 No soy de la comunidad Valenciana pero los valencianos votaban al PP según ellos porque los del psoe eran peores aún.
Quise ser periodista para viajar; pero al final algo debió fallar y he acabado siendo una especie de tecnócrata del periodismo económico. No me quejo. Ello me permite aprender todos los días y contar lo que sucede. Sin apriorismos y sin necesidad de echar mano de los célebres espejos deformantes que colgaban del Callejón del Gato, y que tanto asombraban a Valle-Inclán. Nací en Madrid en el mismo año en que Bardem estrenó Calle Mayor y soy Licenciado en Ciencias de la Información. He escrito un par de libros sobre el capitalismo español -Los Nuevos Amos de España y Dinero Fresco- y he trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Y al final he descubierto que Internet es todo eso y algo más. Carlos Sánchez es Director adjunto de El Confidencial.