Los conspiradores: fulgor y muerte de Podemos

La izquierda está rota. Hoy es un puzle difícil de componer. Como en los salones del París del siglo XVII, se imponen las conspiraciones de salón. Revolucionarios de mesa camilla

Foto: Errejón presenta su candidatura para la Asamblea Ciudadana. (EFE)
Errejón presenta su candidatura para la Asamblea Ciudadana. (EFE)

Una de las singularidades de la política española tiene que ver con la influencia de los pequeños partidos o de las élites apostadas en las grandes formaciones. Pero al contrario de lo que sucede en media Europa, donde son partidos bisagra o forman núcleos de pensamiento con legítima capacidad de presión, en España son determinantes para radicalizar infantilmente el voto mayoritario.

En Cataluña, como se sabe, la CUP, se define como “asamblearia, de alcance nacional, que se extiende por los Países Catalanes y que trabaja por un país independiente, socialista, ecológicamente sostenible, territorialmente equilibrado y desligado de las formas de dominación patriarcales”. Sin embargo, la CUP, pese a tan pomposa declaración de principios, dio su apoyo al partido tradicional de la burguesía catalana, y es muy conocido que la estabilidad de la Generalitat depende de quien obtuvo en las últimas elecciones 10 diputados y 337.794 votos, lo que supone exactamente el 6,08% del censo. O el 8,21% si solo se tiene en cuenta a quienes votaron.

La corriente de Anticapitalistas no es un partido, pero actúa como si lo fuera y representa entre el 10% y el 15% de Podemos

En Podemos, igualmente, la correlación de fuerzas depende de una corriente denominada Anticapitalistas. No es un partido, pero actúa como si lo fuera. Representa entre el 10% y el 15% de Podemos, y se define como un “movimiento asambleario, de clase, feminista, socialista y ecologista”. Su objetivo es construir “una sociedad igualitaria y plenamente democrática, donde la justicia social defina los valores y prácticas dominantes, en contraste con la irracionalidad y la desigualdad que caracterizan el sistema actual”.

Su líder es Miguel Urbán, quien en sus comunicados internos sostiene que hay que seguir metiendo “miedo a los poderosos”, pero que lejos de haberse echado al monte como correspondería a un maquis irredento dada su condición de 'anticapitalista' y de ‘outsider’ de la política tradicional, está plenamente integrado en el sistema político 'dominante'. Es eurodiputado, cobra puntualmente su sueldo, y tiene como principales aliados a Teresa Rodríguez, portavoz de Podemos en el Parlamento de Andalucía, y al alcalde de Cádiz, José María González 'Kichi'. Labores, como se ve, poco ‘revolucionarias’. No estamos, precisamente, ante dos bandoleros de Sierra Morena que roban a los ricos para entregárselo a los pobres.

El eurodiputado Miguel Urbán y la coordinadora de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez. (EFE)
El eurodiputado Miguel Urbán y la coordinadora de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez. (EFE)

Los 'anticapis' practican el 'entrismo', el viejo instrumento del trotskismo para reventar el sistema desde dentro, aunque lo cierto es que cada vez que han ocupado poder allí se han quedado, como le sucedió al PSOE durante la Transición. Significativos dirigentes socialistas (incluso algún padre de la Constitución) procedían de la LCR o de Bandera Roja (maoístas). El veterano Jaime Pastor, editor de la revista 'Viento Sur', está entre los referentes de Urbán.

La CUP y los Anticapitalistas no están solos. Una miríada de grupúsculos forma parte de la estructura de Podemos. En algunos casos, con sensible capacidad de influencia dado que pueden inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Es decir, hacia Errejón o hacia Iglesias.

Grupos sectarios

Lo que queda de Izquierda Unida no escapa a esta atomización de la política construida a partir de grupos sectarios en el sentido académico del término: doctrina religiosa o ideológica que se aparta de lo que se considera ortodoxo. IU incluye en sus estructuras al viejo PCE y a su organización juvenil, además de Izquierda Abierta, Izquierda Republicana, Redes, el Colectivo de Unidad de los Trabajadores, Ecosocialistas de la Región de Murcia, Izquierda Socialista Andaluza e Iniciativa por Hierro.

Detrás de esta maraña de siglas hay una constante. Pequeñas oligarquías o élites políticas se han atrincherado orgánicamente alrededor de una presunta ideología, lo que les da influencia y elevada capacidad de presión a la hora de repartir cargos, fondos públicos o presencia mediática. El líder ecologista de equo, Juan López de Uralde, por ejemplo, nunca habría obtenido un acta de diputado si se hubiera presentado en solitario a las elecciones, pero al hacerlo bajo el paraguas de Podemos, lo ha logrado.

Los grupúsculos, por su propia naturaleza, tienden a virar hacia un imaginario que no existe o es irreal. Básicamente, por una razón: es la mejor forma de marcar posición y de diferenciarse del bloque mayoritario

No se trata, sin embargo, de una realidad propiamente española. El laborismo británico, el socialismo francés o la izquierda italiana están trufados de pequeñas minorías que marcan tendencia por su capacidad de influencia, lo cual tiene importantes consecuencias políticas. Los grupúsculos, por su propia naturaleza, tienden a virar hacia un imaginario que no existe o es irreal. Básicamente, por una razón: es la mejor forma de marcar posición y de diferenciarse del bloque mayoritario, que inevitablemente tenderá a aceptar sus planteamientos para mantenerse en el poder y asegurarse una correlación de fuerzas favorable a sus intereses.

Este proceso de falsa fragmentación ideológica, puramente instrumental, ha encontrado un terreno propicio en España por razones territoriales (la marca Unidos Podemos aglutina a nada menos que una docena de partidos), lo que ha llevado a una creciente balcanización de la izquierda. Podemos y sus confluencias es hoy, de hecho, un partido político construido a la manera de un puzle cada vez más arduo de encajar. De ahí sus problemas para Vistalegre II y sus dificultades para encauzar un debate útil para la sociedad más allá de una lucha pura y dura por el poder. No es nada original. Michels, Mosca y Pareto ya demostraron hace muchos años que en todos los sistemas políticos mandan unos pocos (incluido el PP). Es decir, manda una minoría organizada. Precisamente, porque está organizada. Es el gobierno de las élites.

La estética de la revolución

Sin embargo, las élites, a veces, también pueden ser los propios militantes de la organización, que tienden a alejarse de la ciudadanía porque viven en un hábitat ideológicamente cerrado, con escasa ventilación hacia el exterior, y atrapados por la estética de la revolución. O más frecuentemente, de la palabrería. Algo que explica que en unos momentos en los que los países más avanzados giran hacia la derecha por distintas razones (envejecimiento de la población, inmigración, individualización de las relaciones laborales o desconfianza sobre el sistema político), los nuevos líderes de la izquierda sean, paradójicamente, los más izquierdistas.

Eso es lo que ha ocurrido en el laborismo británico, donde Corbyn se ha asentado frente a su grupo parlamentario. Sin embargo, nadie se jugaría hoy un penique por un triunfo laborista en las elecciones. Y algo parecido sucede con el candidato socialista francés, Benoît Hamon, con escasas probabilidades de estar, incluso, en la segunda vuelta de las presidenciales. Es un misterio saber qué hubiera pasado con Bernie Sanders como candidato demócrata.

El candidato socialista francés, Benoît Hamon. (Reuters)
El candidato socialista francés, Benoît Hamon. (Reuters)

Este 'divorcio' entre las élites y buena parte de la ciudadanía viene a representar un regreso a la vieja política de antes de 1789, cuando los salones de los nobles, los burgueses y los aristócratas se llenaban de conspiradores que hacían la revolución alrededor de una taza de café. Activistas de mesa camilla, que se diría hoy.

El historiador Philipp Blom publicó hace unos años un libro* titulado 'Gente peligrosa' y subtitulado ‘El radicalismo olvidado de la Ilustración europea’, en el que situaba en el número 10 de la rue des Moulins, a unos pasos del Louvre, los orígenes de la gran revolución. En esa elegante casa del siglo XVII, el barón Paul Thiry d’Holbach y su esposa fueron el epicentro de la vida intelectual europea. Y como ellos, decenas de casas dieron cobijo a todo tipo de conspiraciones y conspiradores. Como recuerda Blom, Madame Geoffrin recibía los lunes; después venía, los martes, la casa del filósofo Helvétius; el miércoles Madame Geoffrin volvía a abrir sus puertas; luego, los jueves, D’Holbach, y, por último, el salón de Madame Necker.

En aquellos días, todo era pura conspiración e intrigas palaciegas. Navajeo fino, pero sin hacer daño a las estructuras del poder hasta que el régimen absolutista colapsó por los avances técnicos y la presión de las ideas de la Ilustración.

Ese es el ecosistema en el que vive una cierta izquierda española. Incapaz de centrar el debate sobre lo que realmente interesa a los ciudadanos –el impacto de las nuevas tecnologías sobre el empleo, las pensiones, el cambio climático, el endeudamiento, la corrupción de las élites económicas…– vive atrapada por conjuras de salón inertes para cambiar la realidad. Probablemente, porque es mejor levantarse por la mañana siendo un peligroso izquierdista que analizar con rigor los problemas de un mundo feroz en el que casi todo está por escribir. Los Trump pueden dormir tranquilos. La izquierda está en buenas manos.

*Philipp Blom, ‘Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea’. Edit. Anagrama 2012.

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