La candidata

El PSOE debe resolver el eterno problema que generan las primarias. Si quiere un liderazgo fuerte para ganar las elecciones, o mantener un partido fuerte que pierda elecciones

Foto: Cartel de la película 'El candidato'. (YouTube)
Cartel de la película 'El candidato'. (YouTube)

En 'El candidato', una singular película de 1972 construida en torno a Robert Redford, un joven abogado es arrastrado a competir por un puesto en el Senado de EEUU contra un taimado político que hoy representaría al establishment. Su rival, el senador Jarmon, es un político profesional que mira de frente a la cámara, sin pestañear, capaz de decir a la gente lo que quiere oír.

Bill McKay, por el contrario, es un idealista y un soñador, a quien solo le preocupan las pequeñas cosas. El aspirante, sin embargo, poco a poco se transmuta. Precisamente, en aquello que nunca quiso ser. En ese político profesional que aborrece -como era su padre- y que representa lo peor de la democracia.

La campaña empieza mal. Muy mal. Los actos públicos son una ruina y en un momento de la película, reconoce a sus electores que todo está a punto de irse al garete: “Nos hundimos o nos salvamos, pero juntos. Ningún candidato puede presentarse ante vosotros y decir que tiene todas las respuestas”, asegura. A partir de ahí, y tirando de sinceridad, remonta en la intención de voto. “Los trenes tienen subsidios, también los aviones. ¿Por qué no los van a tener los individuos?”, pregunta el candidato provocando la euforia entre sus seguidores.

Parece evidente que el PSOE está muy cerca de un punto de no retorno y es probable que todo se vaya al garete si no salen del Congreso de junio unidos

La frase inicial de McKay parece estar pensada para las primarias del Partido Socialista. Parece evidente que el PSOE está muy cerca de un punto de no retorno y es probable que todo se vaya al garete si el partido no sale del Congreso de junio unido y con un programa creíble. Ninguno de los tres candidatos tiene, como McKay, todas las respuestas, lo que indica que la batalla puede acabar siendo cruenta.

La unidad, sin embargo, no es suficiente. El Partido Socialista ha engendrado en su seno un monstruo que no es capaz de digerir: el sistema de elección de sus líderes, como este sábado, de alguna manera, sugería el propio presidente de la gestora, Javier Fernández.

Las elecciones primarias -según el modelo de EEUU- nacieron hace un siglo como un acto de rebeldía de las bases contra el aparato de los grandes partidos, cuyos dirigentes colocaban en los puestos de salida -una corrupción suave y poco visible- a militantes fieles para que fueran fácilmente manipulables. Así es como se construyó un sistema de partidos endogámico y basado en las élites políticas que las elecciones primarias pretendían liquidar.

Nacieron, por lo tanto, como un instrumento plenamente democrático y muy útil para evitar el caciquismo y el clientelismo en el seno de los partidos, y, de hecho, han ido ganando peso en el sistema de elección de los líderes. Hoy es impensable hablar de democracia en un partido si no existe un sistema de elección que garantice la igualdad de oportunidades. El estado de Florida, en 1904, fue el primer estado que exigió a los partidos políticos que designaran a sus delegados mediante una elección estatal primaria, financiada con fondos públicos. Hoy, alrededor del 80% de los candidatos son elegidos en primarias.

Doble legitimidad

No es casualidad, sin embargo, que en los países en los que las primarias forman parte del ADN del sistema político, los partidos gozan de estructuras débiles. En todo caso, muy inferior a su peso político. Sin duda, porque de lo contrario surge una doble legitimidad que envenena la vida interna de los partidos. La legitimidad que procede del voto popular -los electores o simpatizantes del partido que eligen al candidato- y la que proviene de los militantes, decidida en sus asambleas congresuales. Y ambas no siempre coinciden. La bicefalia, como bien ha sufrido en sus propias carnes el Partido Socialista, ha generado frecuentes problemas.

Los dos candidatos mejor colocados para ser el próximo líder del PSOE -Susana Díaz y Pedro Sánchez- representan a la perfección esta contradicción. La presidenta andaluza tiene la fuerza del aparato del partido (uno de cada cuatro votantes procede de la federación andaluza), mientras que Sánchez -según todas las encuestas- es el preferido de los electores socialistas.

Aunque muchos dirigentes del PSOE admiten en privado que Susana Díaz ‘no es una buena candidata’, sobre todos desde los Montes de Toledo para arriba, la apoyarán. Sin duda, porque saben que el partido está al borde del abismo. Si gana Sánchez, la fractura está asegurada (y si pierde es probable que también).

Esta elección, sin embargo, no resuelve el problema de fondo que el PSOE no ha sabido resolver. Si la elección del cartel electoral debe responder a las necesidades internas del partido (Susana Díaz) o, por el contrario, a los intereses electorales del partido, algo que, desde luego, no garantiza Pedro Sánchez, cuyos descalabros electorales han sido monumentales. Y cuando Javier Fernández habla de que el PSOE no debe “ni avanzar hacia una organización más débil ni hacia un liderazgo más fuerte", en realidad está haciendo un ejercicio de voluntarismo político. El partido debe optar por una u otra opción, y mientras no lo haga seguirá teniendo problemas organizativos. Los tiempos de Felipe González han quedado muy atrás.

Javier Fernández, Ángel Gabilondo, Eduardo Madina, Sara Hernández y Mario Jiménez. (EFE)
Javier Fernández, Ángel Gabilondo, Eduardo Madina, Sara Hernández y Mario Jiménez. (EFE)

El ‘caso Corbyn’ es paradigmático. Los afiliados laboristas le quieren como líder del partido, pero su gancho electoral es perfectamente descriptible. Y algo parecido sucede en Francia, donde Emmanuel Macron, un exministro de Hollande, está a punto de sacar del mapa político al candidato del Partido Socialista, Benoît Hamon.

Macron, sin embargo, y habida cuenta de su posición ideológica (a la derecha), nunca hubiera podido ser elegido candidato por los militantes socialistas, lo que evidencia una enorme fractura entre el electorado y el aparato interno del partido. En Alemania, la socialdemocracia -después del batacazo en Holanda- ha hecho de tripas corazón y ha elegido por aclamación a Martin Schulz como su candidato (100% de los votos), lo que indica que se ha pensado más en clave electoral que mirando más hacia el interior del SPD. Había que salvar los muebles ante una candidata tan potente como Merkel. Puro pragmatismo.

El PSOE, hoy por hoy, no tiene respuesta a este dilema. Probablemente, porque no acepta la realidad del siglo XXI. El aparato de los partidos tiende a menguar a medida que las redes sociales e internet se han ido convirtiendo en un gigantesco instrumento de agitación y propaganda que para sí hubieran querido tener los dirigentes del estalinismo, que convirtieron el ‘agitprop’ en un arte de la movilización obrera.

Apariciones gratuitas

Ese fenómeno es hoy amplificado por la importancia creciente de lo que se ha venido en llamar ‘free media’, aquellas apariciones en televisión que resultan gratuitas pero que son muy rentables en términos político, como han demostrado Trump, en EEUU, o Pablo Iglesias, cuya abusiva presencia en los medios de comunicación no ha sido controlada por ningún tribunal de cuentas, lo que le da clara ventaja competitiva respecto de otros partidos. El propio Macron se aprovecha de que es un ‘outsider’ de la política convencional y lucha contra los viejos partidos.

Es muy probable, tras el Congreso, que el ganador diga que se han cerrado heridas, pero no tardarán en abrirse si no se resuelve el problema de fondo

Democracias más asentadas, como las de EEUU o Reino Unido, han afrontado desde hace mucho tiempo esta realidad y han dado una respuesta razonable, convirtiendo a sus principales partidos en meras maquinarias electorales, lo que les ha permitido adaptarse en cada momento a la sensibilidad de la opinión pública. Patrick McLoughlin es un perfecto desconocido, pero es el jefe del Partido Conservador británico. Lo mismo que Thomas Edward Pérez, presidente del Partido Demócrata de EEUU o Ronna Romney McDaniel, presidenta del Partido Republicano.

No estaría mal que el PSOE -por el bien de la estabilidad política del país y también por su beneficio propio- resolviera este dilema. Es muy probable, tras el Congreso de junio, que el ganador diga que se han cosido y cerrado las heridas, pero no tardarán en abrirse si no se resuelve un problema de fondo que tiene que ver con el sistema organizativo, y que el PP, por ejemplo, ha liquidado asumiendo que es una formidable maquinaria electoral. Poca ideología y centrado en la gestión del poder.

De lo contrario, hay razones para pensar que el PSOE acabe diciendo lo que sostenía el predecesor del senador McKay tras ser derrotado: “Amigos, cuando comenzamos la campaña, nos pronosticaron la derrota. Dijeron que no teníamos nada que hacer. Y ahora…, vemos que estaban en lo cierto”.

Mientras Tanto

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