‘Llibertat, amnistia i Estatut d'Autonomia’

Detrás del soberanismo está un pacto histórico entre la vieja burguesía catalana y los partidos de izquierda. Pero ese movimiento tenderá a diluirse con el tiempo

Foto: Josep Tarradellas en el balcón del Palau de la Generalitat.
Josep Tarradellas en el balcón del Palau de la Generalitat.

Hasta hace bien poco, todo hacía indicar que 2017 sería el año de los populismos –Holanda, Francia, Reino Unido…–, pero es probable que este año sea, paradójicamente, el de su entierro.

No es que hayan desaparecido del mapa. Todo lo contrario. En sociedades tan dinámicas como las que representan los países avanzados, los fenómenos políticos vinculados a la coyuntura tienden a diluirse en la medida que se alejan las causas que explican su nacimiento. Es verdad que dejan un poso indeleble de su paso por la política –los partidos convencionales suelen comprar su mercancía para ganar votos–, pero el tiempo tiende a disolverlos.

Con razón, el profesor Sampedro decía a sus alumnos de economía que lo primero que tenían que aprender para ser buenos economistas es a diferenciar lo coyuntural de lo estructural, algo que suele olvidarse en el análisis político. Probablemente, porque la sociedad de la información obliga a vivir cada minuto como si fuera el último de nuestras vidas, y eso explica que lo nuevo esté sobrevalorado respecto de lo antiguo. No porque sea mejor, sino, simplemente, porque es una novedad.

Es verdad que dejan un poso indeleble de su paso por la política, pero el tiempo tiende a disolverlos

El auge del independentismo catalán, en este sentido, ha mamado de esas circunstancias históricas. Es verdad que la cuestión catalana en su versión moderna es un asunto viejo que forma parte del ecosistema político español desde hace más de un siglo, pero parece obvio que buena parte de su actual apogeo tiene que ver con la crisis económica, que ha permitido al nacionalismo construir un artificio ideológico muy útil y poco sutil: sin la patria catalana no hubiera habido recortes y la felicidad estaría garantizada, casi, por ley.

No hay más que ver los recientes resultados de los nacionalistas escoceses en las elecciones británicas –o lo que ha sucedido con Le Pen en Francia– para establecer una relación causa-efecto entre crisis económica (los recortes de laboristas y conservadores) y apogeo del independentismo o del nacionalismo económico exacerbado. El secesionismo escocés ha comenzado a desinflarse justo cuando los laboristas han encontrado inesperadamente a un líder, Jeremy Corbyn, al que los ciudadanos vinculan con la izquierda clásica y no con terceras vías. Escocia, hay que recordarlo, ha sido un feudo histórico del laborismo.

Daniel IriarteDaniel Iriarte

Ese discurso simplista –que desconoce los problemas estructurales de la economía y los derivados de la globalización– es el que explica que buena parte de la izquierda catalana abrazara las tesis independentistas. Una extraña alianza entra la vieja burguesía que se hizo primero catalanista y luego nacionalista para defender sus privilegios –haciendo lobby ante lo que con cierto desdén se denomina ‘Madrid’–, y los sindicatos y partidos de izquierda, que han visto en el soberanismo la vía más eficaz para detener los recortes y echar al PP del poder. En todo caso, un acuerdo en toda regla entre dos viejos antagonistas de la vida política.

Pacto histórico

El resultado es que el independentismo se presenta ahora a la opinión pública como una especie de pacto histórico entre la burguesía y el proletariado, utilizando los términos clásicos, que se enfrentan a un enemigo común, Madrid, cuando es evidente que sus intereses son radicalmente distintos. El PDeCAT –el partido de Mas y Puigdemont– tiene, de hecho, más que ver con el PP de Rajoy o con la CEOE que con ERC o la CUP. O con esa nutrida amalgama de asociaciones que respaldan la independencia o el referéndum como paso previo al autogobierno total. El éxito de los independentistas, en este sentido, es haber metido en el mismo barco al nacionalismo moderado que un día representó Pujol y al vinculado históricamente a las clases populares, que es el de ERC desde los tiempos de Macià, Companys o Tarradellas.

En definitiva, unos extraños compañeros de viaje que, tarde o temprano, acabarán divorciándose en la medida que vayan alejándose las causas que explican ese pacto histórico contra natura O, por el contrario, cabe la posibilidad de que tenderán a integrase alrededor de un único Partido Nacionalista de Cataluña a la manera del PNV o los nacionalistas escoceses o canadienses. El tiempo lo dirá, pero por el momento no hay duda de que en buena parte de la sociedad catalana ha prendido aquel argumento que esgrimía Lluis Llach en una lúcida charla con Vázquez Montalbán: “Soc d’esquerres perqué soc nacionalista i soc nacionalista perqué soc de esquerres”.

Semestre nacionalista

Esa vuelta a la normalidad postcrisis, de hecho, es lo que más temen los nacionalistas, y de ahí que su táctica sea mantener siempre viva la llama del independentismo en torno al 11 de septiembre. Lo mismo que hay un semestre europeo (donde los 27 negocian las políticas fiscales), también hay un semestre nacionalista (el segundo de cada año), en el que la idea soberanista luce con más brillo.

Este juego táctico, sin embargo, no carece de estrategia. Lo estructural, que diría Sampedro. Parece evidente que la cuestión catalana ha venido para quedarse, y bien haría el Gobierno en no jugar con fuego –esperar a que la salida definitiva de la crisis le resuelva el problema– y elaborar su propia hoja de ruta, que desde luego no se puede limitar a invitar a Puigdemont a que pise el Congreso para explicar su proyecto soberanista, como hizo Ibarretxe en su día con el resultado ya conocido. Es hora de renegociar el Estatut para desmontar la marea independentista. La inacción da a veces buenos resultados, pero otras, no, que diría Rajoy.

Y, guste o no, en torno a un tercio del censo electoral catalán es hoy independentista

Entre otras cosas, porque los rescoldos que dejará la actual crisis catalana son mucho más sólidos que a los anteriores. Y, guste o no, en torno a un tercio del censo electoral catalán es hoy independentista, lo que significa que hay un problema de naturaleza estructural que nada tiene que ver con la coyuntura. De hecho, la izquierda catalana tiene hoy un fuerte componente nacionalista del que carecía –desde luego en su actual dimensión– al comienzo de la Transición, cuando el PSUC, como partido hegemónico reclamaba; ‘Llibertat, amnistia i Estatut d’Autonomia’, en ningún caso la independencia. Hoy, sí lo hace.

Mientras Tanto

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