MIENTRAS TANTO

Iglesias vs. Rivera: entre pillos anda el juego

La moción de censura clarifica estrategias. Iglesias y Rivera buscan a sus electores. Podemos renuncia a la praxis política, C's pesca medidas para premiar a su base electoral

Foto: Albert Rivera y Pablo Iglesias. (Ilustración: Raúl Arias)
Albert Rivera y Pablo Iglesias. (Ilustración: Raúl Arias)

Se lo dijo a Pablo Iglesias —con acierto— el portavoz del PNV, Aitor Esteban: “Cuando ustedes hablan de construir una España plurinacional, es pura retórica”. No le falta razón. Podemos ha articulado un discurso político en torno a la idea de que España es una nación de naciones, pero, dicho esto, la formación morada no es capaz de proyectar alguna luz sobre lo que en verdad significa un país plurinacional más allá del concepto. O del nombre. Como se prefiera.

Se supone que una nación —a no ser que se trate solo de un término emocional, como el que planteaba Ernest Renan hace un siglo y medio— es una formulación jurídico-política que se define por su capacidad de autogobierno. Podemos, sin embargo, como decía el portavoz del PNV, niega sistemáticamente algunas de las competencias básicas de una nación que no sean pura retórica. En particular, en todo lo relacionado con el sistema público de protección social, cuyo peso en el gasto público no ha dejado de crecer en las últimas décadas, hasta representar —solo la Seguridad Social— más de la tercera parte del Presupuesto. Es decir, no se trata de un asunto baladí.

Podemos, de hecho, se ha opuesto —con buen criterio— a la ruptura de la caja única de la Seguridad Social, lo que significa mantener el actual sistema de solidaridad interregional, algo que no les gusta ni al PNV ni a los independentistas catalanes. Podemos, igualmente, ha rechazado en muchas ocasiones fragmentar regionalmente las políticas sociales. Hasta el punto de que su propuesta de renta garantizada se articula desde el Estado, no desde las comunidades autónomas, que son hoy quienes distribuyen unos ingresos mínimos en función de lo que decidan sus parlamentos.

Tampoco Podemos ha 'comprado' la propuesta del PNV de caminar hacia un salario mínimo interprofesional cuya cuantía se module en función de los niveles de renta e inflación de cada comunidad. Ni tampoco avala el modelo autónomo de relaciones laborales que desde hace años reivindican los nacionalistas vascos sin ningún éxito. Es decir, la España plurinacional que sueña Podemos vendría al mundo desnuda de competencias. Desde luego, en políticas sociales.

Albert Rivera, por el contrario, no quiere saber nada de una nueva articulación del Estado. Pero, como Iglesias —ahora enemigos irreconciliables—, se agarra a una alegoría. A eso que algunos llaman marcos de referencia, y que no son otra cosa que la construcción de ideas fuerza a modo de símbolos capaces de embaucar el pensamiento.

Ciudadanos, como ayer dijo en el hemiciclo Rivera, se aferra a la idea de que gracias a su partido las cosas están cambiando. Al menos, en la economía. Y pone como ejemplo el bono social eléctrico, la ampliación a un mes del permiso de paternidad, la extensión a un año de la tarifa plana de los autónomos o la rebaja del IVA para los espectáculos en vivo. Además de un complemento salarial para jóvenes que saldrá, previsiblemente, del Programa de Garantía Juvenil. Una cosa por la otra.

Capitalismo de amiguetes

Las medidas, sin duda, tienen su importancia. Pero no parece gran cosecha, habida cuenta de lo determinantes que han sido los 32 diputados de Ciudadanos para la aprobación de los Presupuestos de 2017. De hecho, eso que le gusta llamar a Luis Garicano, su responsable económico, 'capitalismo de amiguetes' sigue firme como una roca. Sin que por medio se haya firmado algún Tratado de Utrecht.

Los grandes asuntos económicos —pensiones, reforma del sector público, reforma laboral para aumentar la estabilidad en el empleo, liberalización de los servicios o mayor independencia de los reguladores— siguen ahí. Incólumes. Como una cumbre inalcanzable para la política española. Ni siquiera la estructura impositiva española —que descansa sobre las rentas de los asalariados— está sujeta a revisión. Rivera, según parece, se conforma con que no suban los impuesto para apoyar al Gobierno.

Se dirá que el Gobierno lleva apenas siete meses en funcionamiento, pero no estará de más recordar —ahora que se cumplen 40 años de las primeras elecciones democráticas— que los Pactos de la Moncloa se firmaron apenas cuatro meses después del 15-J, lo que muestra que cuando hay voluntad política, se pueden cambiar muchas cosas en poco tiempo. Es evidente que los tiempos políticos son distintos, pero 170 diputados —como los que ayer tumbaron la moción de censura de Pablo Iglesias— no son pocos, como se ha demostrado durante la tramitación del proyecto de Ley de Presupuestos.

Es singular, sin embargo, que cuando Ciudadanos irrumpió en la política nacional se presentó como un partido diferente y hasta innovador. Opuesto a la vieja economía clientelar que ha sido santo y seña de España durante mucho tiempo, y que se ha manifestado históricamente en la existencia de correosos oligopolios en sectores estratégicos del país. Los economistas de Ciudadanos son conscientes de ello, pero, paradójicamente, han caído en los mismos errores que critican. Su obsesión por lograr beneficios para sus potenciales electores —autónomos o jóvenes urbanos— solo consigue eliminar la transversalidad que debe guiar cualquier política económica, lo que amenaza con convertir a Ciudadanos en un partido 'lobista' ajeno al interés general.

Es decir, en la misma línea que Podemos, que elabora su discurso estratégico a partir de la construcción de marcos teóricos —sus votantes—, lo que aleja al partido de Iglesias de la praxis política. Es lo que tienen cuando se hace política mirando al tendido sin bajar a la arena más allá de obtener alguna dádiva electoral.

Mientras Tanto

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