La banalización de la democracia o el festival de los farsantes

La democracia se ha estancado. La evolución del sistema político se ha detenido por no ponerse al día desde hace 40 años. Se mira sólo al pasado, pero no al futuro

Foto: 40 aniversario de las elecciones de 1977. (EFE)
40 aniversario de las elecciones de 1977. (EFE)

Imaginemos que el 15 de junio de 1977 fuera el 15 de junio de 2017. Y que, de pronto, aparecieran en el hemiciclo del Congreso de los Diputados Suárez, González, Carrillo, Fraga, Roca o Arzalluz. Es decir, algunos de los principales protagonistas del cambio político. ¿Serían capaces de alcanzar un pacto de Estado sobre algunos de los grandes problemas de la España actual: estructura territorial, sistema educativo, envejecimiento y despoblación o desempleo? Probablemente, no.

Y no porque los cinco hubieran perdido el juicio o la lucidez. Lo que ha cambiado es el propio concepto de democracia. Se ha banalizado tanto respecto del sentimiento que existía hace 40 años que hoy, para muchos, la democracia es una abstracción que sólo se entiende si se deposita un voto en la urna cada cuatro años.

La democracia aparece así como un meta ya superada que por desidia política tiende a no ser perfeccionada. Sin embargo, en aquellos años, cerca del 85% del censo electoral -23,6 millones de españoles mayores de 21 años- nunca había pasado por las urnas. No sabían lo que era votar o, incluso, desconocían el valor político de una papeleta que no fuera para consagrar la democracia orgánica, dos términos antitéticos.

Una gran diferencia para un país instalado en 1977 en una galopante estanflación (estancamiento con elevada inflación), pero que, por razones de oportunidad política, aún no había admitido la crisis petrolífera. Sin duda, porque en 1975 la renta per cápita real de España representaba el 86,4% de lo que hoy es la eurozona, prácticamente los mismos niveles que en 2015 (87,8%). Y el franquismo, en plena descomposición, deseaba a toda costa prologar esa ilusión de riqueza que pocos años después se derrumbaría como un castillo de naipes.

Esta es, muy probablemente, una de las diferencias que existen entre el 77 y el 17. En aquella ocasión, se buscaba cambiar la oscura realidad del tardofranquismo y dar cabida en las instituciones a los millones de españoles que no vivieron la guerra civil por razones biológicas; mientras que ahora, todo, o casi todo, se ve en clave electoral. Algo que explica el bloqueo político que vive este país, que tiene Gobierno después de casi un año en barbecho, pero que no gobierna más allá de sacar adelante los Presupuestos de 2017 pagando cheques millonarios a minorías de control o pequeñas leyes y decretos que poco cambian la naturaleza de los problemas de fondo.

Y el bloqueo político, ya se sabe, lleva necesariamente al inmovilismo, como dijo ayer el rey con acierto. Exactamente, el mismo inmovilismo que pretendía el búnker, hace cuarenta años el auténtico anticristo de la democracia.

Festival de farsantes

Hay otra diferencia sustancial entre el ayer y el hoy. El propio valor de la política ha hecho su propia metamorfosis. La política en el sentido aristotélico del término es heredera de la palabra y de la ética. No hay política si hay conductas no ejemplares basadas en el principio 'celiano' de que quien resiste gana. Al final y al cabo, como decía el pensado de Estagira, entre todos los animales, sólo el hombre tiene uso de razón y de lenguaje.

Pero el lenguaje -el discurso político- ha sido secuestrado por la imagen y hasta por la impostura, lo que ha acabado por convertir la política en un festival de farsantes cada vez más endogámico. La legitimidad apenas se gana con la acción política ante los electores, sino por el simple hecho de lograr un acta de diputado escondido en listas cerradas confeccionadas a la carta por el jefe.

De ahí que el sistema político tienda a expulsar a los mejores porque lo que está en juego es el poder, para muchos el significado real de la política. Política es poder. Y ya Maquiavelo sostenía que cuando el príncipe está al frente de sus ejércitos y tiene que gobernar a miles de soldados, era necesario que el monarca no se preocupara de si tenía fama de cruel entre sus huestes, toda vez que sin esa fama nunca podría disponer de un ejército unido y disciplinado.

Este principio es el que abrazó casi desde el primer día la democracia. Ante la debilidad de los partidos en 1977 -salvo el PCE-, se optó por reforzar su papel en un país en el que la sociedad civil era residual. Y como consecuencia de ello, el sistema político se articuló en torno a unas élites dirigentes que han querido llegar hasta el último rincón de la cosa pública, lo que ha acabado por producir un desgaste de la calidad de la democracia. Y lo que no es menos relevante, un atropello a la separación de poderes -el legislativo y el judicial raptados por el ejecutivo- por la imponente presencia de los partidos en la vida pública, y también en la privada a través de la economía clientelar y el amiguismo, que es la guerra de baja intensidad de la corrupción.

Y es que cuarenta años de democracia dan para mucho. Incluso, para deformar la realidad como los célebres espejos de Valle-Inclán y dejar que muchos de quienes pusieron palos en las ruedas de la democracia -el viejo debate entre reforma y ruptura- capitalicen hoy el periodo más fecundo de la reciente historia de España. Y el papel de Unidos Podemos, en este sentido, sólo hay que contrastarlo con la felicidad (hay multitud de imágenes) con que Dolores Ibárruri y Rafael Alberti, tras 40 años de exilio, bajaban de sus escaños para formar parte de la mesa de edad sin que nadie les cantara con sarcasmo 'banderita, tú eres roja; banderita, tú eres gualda…."

Mientras Tanto

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