Recordando a Aznar

Cuando el lunes pasado leía a Ignacio Cembrero en el diario El País (¿Cuando llamará Clinton a Mohamed VI?) di en pensar que, a lo mejor,

Cuando el lunes pasado leía a Ignacio Cembrero en el diario El País (¿Cuando llamará Clinton a Mohamed VI?) di en pensar que, a lo mejor, todos aquellos que despotricaron de la política exterior de José María Aznar tendrían la obligación cívica de hacer un acto de contrición. Lo digo porque el corresponsal del diario de la calle Miguel Yuste (autor de un libro de referencia en el análisis de las relaciones entre Marruecos y España, titulado Vecinos alejados. Los secretos de la crisis entre España y Marruecos) rememoraba cómo el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, llamó al palacio de Monhamed VI el día 18 de julio de 2002 intentando cerrar un acuerdo sobre el islote Perejil del que soldados marroquíes habían sido desalojados por tropa española el día anterior, restableciendo el estatus quo de la pequeña isla. El monarca amagó con desconocer la llamada del norteamericano, pero acabó poniéndose al teléfono. La crisis se solucionó, pero sólo cuando el Gobierno vecino se tragó sin chistar su baladronada invasora de Perejil. Pero claro, entonces España tenía amigos poderosos porque supo asumir compromisos con ellos. Powell, en su mediación entre España y Marruecos, hacía honor a la relación de nuestro país con el suyo. No parece probable que Hillary Clinton se comporte como lo hizo su predecesor en el cargo con Bush. ¿Qué razones tendría Estados Unidos para mediar ahora en la crisis bilateral provocada por Aminetu Haidar? ¿No sería la Alianza de Civilizaciones de Rodríguez Zapatero el mejor de los instrumentos para -todos buenos y benéficos- evitar roces con nuestros vecinos islámicos? Al parecer, no.

 

Tampoco la UE se mueve y el Gobierno de Zapatero desarrolla su política exterior en el contexto de conversaciones propias de un patio de vecindad. Por eso Marruecos no sólo no ayuda en la crisis de Haidar, sino que nos levanta la voz y nos amenaza con romper su colaboración (?) en la política de inmigración ilegal. Mientras tanto, desde aquellos desiertos nos llega la atribución del secuestro de los cooperantes españoles a una organización que respondería a la denominación de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), cuando cabía suponer que la precipitada retirada de las tropas españolas de Iraq en 2004 nos había ofrecido una exención total frente al terrorismo yihadista. Tampoco.

 

Pensábamos, igualmente, que las malas relaciones de José María Aznar y su Gobierno con los países iberoamericanos dirigidos por caudillos populistas y sedicentemente democráticos, nos granjearía su simpatía y colaboración ahora que Rodríguez Zapatero había impuesto urbi et orbe el buenismo en las relaciones internacionales. Nada de nada: la cumbre Iberoamericana más desmañada y ninguneada de cuantas se han celebrado ha sido la de Estoril sólo hace unos días. Ocho dirigentes latinoamericanos faltaron a la cita -los más peligrosos- y el resultado del encuentro consistió en un fracaso total. No se pusieron de acuerdo ni sobre lo que la comunidad latinoamericana debía hacer respecto de la situación en Honduras, mientras los Estados Unidos, cansada la Administración Obama de contemplaciones con la OEA y sus vecinos del Sur, acababa por reconocer la legitimidad del nuevo Ejecutivo de Tegucigalpa.

 

Pero hay más: el propio Presidente Obama -que, por otra parte, cuenta con muchas simpatías, entre ellas con la mía- parece un cercano seguidor de la política exterior de su antecesor en la Casa Blanca. Ha cambiado, sí, la semántica de sus discursos y su lenguaje gestual; le han concedido preventivamente el Premio Nobel de la Paz, sí, desde luego. Pero ¿ha retirado las tropas norteamericanas de Iraq? ¿Ha disminuido su contingente en Afganistán o lo ha aumentado? ¿Ha cambiado un ápice la situación explosiva de Palestina e Israel? ¿Qué ocurre con la base de Guantánamo que no acaba de cerrarse? ¿Es China tan democrática como para que Obama haya establecido una nueva bipolaridad mundial en su último viaje al gran país asiático? ¿Hará Obama lo que no hizo ni Clinton ni Bush con el Protocolo de Kioto y propiciará un acuerdo vinculante en la cumbre de Copenhague sobre el calentamiento del clima?

 

La política exterior española -lo escribí la pasada semana- ha hecho a nuestro país, además de invisible, irrelevante. Y le ha dejado en una gélida soledad internacional. Y nadie quisiera suponer que haya sido el Gobierno de Rodríguez Zapatero el que se comprometió con Marruecos a acoger a la expulsada saharaui Aminetu Haidar. Resultaría insoportable la incompetencia del Ejecutivo y, entonces, no sólo habría que recordar a José María Aznar, sino reivindicar su política exterior que sólo es sólida -lo fue entre 1996 y 2004-cuando defiende, desde la solvencia y el compromiso, los auténticos intereses de nuestro país. Y esos están donde están. Y no se salvaguardan ni con Alianza de Civilizaciones, ni con "optimismo antropológico", ni con talante, ni con buenismo.
Notebook
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
176 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios