Belén Esteban, Gran Hermano y, al fondo, Iñaki Gabilondo

La TV ha sufrido en España bajo el Gobierno del PSOE una extraordinaria degradación en la dignidad de sus contenidos. La expresión más acabada del desentendimiento

La TV ha sufrido en España bajo el Gobierno del PSOE una extraordinaria degradación en la dignidad de sus contenidos. La expresión más acabada del desentendimiento de alguna emisora privada -la más favorecida por la nueva financiación de TVE- de un cierto prurito de responsabilidad es la patética figura de Belén Esteban. Lejos de criticarla, profeso hacia ella un sentimiento de conmiseración: es víctima de una explotación sin escrúpulos que ella acepta a cambio de dinero y notoriedad. Su éxito de audiencia -es decir, el acúmulo de beneficios que reporta a su emisora- le acerca paso a paso hacia su autodestrucción. No tardará en convertirse en un muñeco roto destinado a caer en la sima más profunda del olvido. ¿Cuándo ocurrirá tal evento? Cuando sus recursos de empatía con un determinado segmento social en España se hayan agotado.

Aquellos que la empujan a su histrionismo de pequeña pantalla estarán perfilando ya un nuevo producto para que, cambiando el belenismo televisivo, nada cambie y sus beneficios no mermen un ápice. Para ellos, todo medio de comunicación es un soporte para captar publicidad y ganar audiencia, lo que se traduce en más facturación y más beneficios. La deontología profesional de los editores y periodistas constituye para estos personajes una milonga de biempensantes fracasados y envidiosos.

Belén Esteban es la expresión más inhumana y cruel de la mentalidad incívica de quienes la manipulan. Pero ha pasado de la anécdota a la categoría, porque el fenómeno Esteban ha provocado un síndrome basurero que consiste en enganchar telespectadores a base de imprecaciones, insultos, descalificaciones, gritos más o menos histéricos, violación pagada y aceptada de los derechos al honor, la intimidad y la imagen de personajes en muchos casos cretinos -en el sentido etimológico del término- que se consideran bien retribuidos a cambio de que su reales o inventadas hazañas amorosas, sexuales, familiares, profesionales, sus éxitos y sus fracasos, la exposición de su familia y amigos, en fin, todo eso que cubre el manto de la privacidad sea alzado como un telón en una nueva forma de “pan y circo”.

Gabilondo hace mutis por el foro cuando nuestra profesión amenaza derrumbe, los gestores ponen en la calle a miles de periodistas experimentados sustituyéndolos por mileuristas multiusos y el debate político en la TDT parece haberse contagiado de esa pulsión amarilla, bronquista y tabernaria de los programas de entretenimiento

Algunas complicidades personales -no precisamente italianas- con esta amoralidad democrática que se ampara en el derecho a la libertad de expresión que los jueces y tribunales han banalizado con resoluciones inconsistentes (salvo cuando a ellos les afecta, claro está) resultan decepcionantes. En todo caso, la responsabilidad no es de aquellos que, en tantos casos por necesidad, participan en este baile de despropósitos televisivos, sino de los que se embolsan los sustanciosos dividendos de una facturación que, en plena crisis, ha engordado como puerco por San Martin.

Y en estas, cierra CNN+ (por razones económicas según crónica amplísima de El País de ayer), el canal de noticias de Digital+, que se lleva por delante a profesionales de la TV que, se comulgue o no con sus ideas y planteamientos, constituyen un grupo veterano y con capacidad de referencia periodística en el centro-izquierda y en la izquierda española. No daré nombres -y hay unos cuantos- porque los sintetizaré en el de Iñaki  Gabilondo. El donostiarra -querido por muchos y denostado por otros, dualidad propia de toda personalidad social que se precie de serlo- hace mutis por el foro cuando nuestra profesión amenaza derrumbe, los gestores ponen en la calle a miles de periodistas maduros y experimentados sustituyéndolos por mileuristas multiusos y hasta el debate político en las decenas de TDTs que han irrumpido en los receptores parece haberse contagiado de esa pulsión amarilla, bronquista y tabernaria de los programas de entretenimiento.

Para que no haya dudas: muchas veces, de modo discrepante, he colaborado en los programas de Gabilondo, tanto en la cadena SER como en estos últimos meses de CNN+ y he podido, antes y ahora, no sólo exponer con plena libertad mis puntos de vista -tantas veces disonantes con la línea editorial de esos medios- sino, además, he sido escuchado con el mismo respeto que presto a las tesis que son ajenas a mis criterios, principios o interpretaciones. Así que, cuando el síndrome basurero empuerca la TV en España -esperemos que el Gobierno no regatee la subvención a TVE-, doy fe de la lamentación mayoritaria -no unánime- que en la profesión periodística existe por la desaparición de CNN+ en cuanto significa resignación y aquietamiento empresarial al tsunami de soez vulgaridad -eso sí, muy rentable- que nos invade.

Un apunte final que  hace más amarga esta reflexión: que se haya cumplido la sugerencia de Mercedes Milá de convertir en un continuum el “experimento sociológico” de Gran Hermano a través de la frecuencia por la que emitía CCN+, resulta tan grotesco como el rostro del payaso enloquecido y gordinflón que protagoniza la inquietante película de Alex de la Iglesia, Balada triste de trompeta. Una película inclasificable que solo puede entenderse -en su desquiciamiento argumental- desde el caleidoscopio de un país y una sociedad como la nuestra que permite -y aplaude con su aquiescencia- la degradación de un TV que destruye la capacidad de discernimiento social.

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