Domingo, 5 de mayo de 2013

José Antonio Zarzalejos

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Aguirre y el fracaso autonómico (la referencia alemana)

14/04/2012 TAGS  >

Esperanza Aguirre

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Esta vez el portavoz del PP ha sido prudente y no ha calificado de “reflexión personal” la propuesta de reformar el Estado autonómico lanzada el pasado martes por Esperanza Aguirre. Si el lunes marró calificando de tal lo que era un aviso a navegantes del ministro de Economía sobre el recorte en Sanidad y Educación, se ha tentado la ropa a la hora de desautorizar a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Mariano Rajoy, sin embargo, no se tomó ni veinticuatro horas para afirmar que no se plantea revisar el modelo de Estado. Olvida el presidente del Gobierno que, como sentenció el estadounidense Ralph Waldo Emerson,toda reforma fue en su tiempo una simple opinión particular”. Y se olvida también el jefe del Gobierno de que algo muy parecido a lo que planteó Esperanza Aguirre lo ejecutó Alemania en agosto de 2006.

Después de siete años de debate, las Cámaras germanas aprobaron la más profunda reforma de la Ley Fundamental de Bonn (1949) actualizando el régimen federal. Una incisiva y estudiada reforma federal que reformuló el reparto de competencias entre los länder y la federación y redujo de forma drástica la intervención del Consejo Federal en la aprobación de las leyes del Estado. La República Federal de Alemania alcanzaba de este modo un gran nivel de eficiencia y funcionalidad, así como de transparencia y buen orden en los mecanismos de gobernación en beneficio de sus ciudadanos y de sus finanzas. Por fortuna para Alemania, la reforma de su federalismo se produjo un año y medio antes de la Gran Recesión que asomó en 2007 y estalló en 2008.

Es verdad que, desde el punto de vista político, la propuesta de devolución de competencias de las comunidades autónomas al Estado –sanidad, justicia, educación— resulta inviable si no se abre un auténtico proceso constituyente que revise por entero el Titulo VIII de la Constitución. Es también cierto que no se dan las condiciones necesarias para el imprescindible consenso que conlleva un proceso de esas características en el que habría que determinar inexcusable y nominativamente las nacionalidades y las regiones. Si el PSOE se desmarcó el jueves de la ley de Estabilidad Presupuestaria, más lo haría de un acuerdo sobre el modelo de Estado. Pero que la propuesta de Aguirre sea aquí y ahora inviable no supone que resulte irrazonable, inoportuna o inconveniente, aunque resulte tristemente lógico –se juegan su condumio— que sus pares de otras comunidades no reconozcan la sensatez del planteamiento reformador que antes o después se impondrá.

Que la propuesta de Aguirre sea aquí y ahora inviable no supone que resulte irrazonable, inoportuna o inconveniente, aunque resulte tristemente lógico –se juegan su condumio— que sus pares de otras comunidades no reconozcan la sensatez del planteamiento reformador que antes o después se impondrá

Se ha ido haciendo evidente que el café para todos fue el resultado de una dinámica de emulación con las llamadas nacionalidades –Cataluña, País Vasco y Galicia, además del régimen foral de Navarra— impulsado por el socialismo –luego seguido por la derecha-- que se atrincheró en los primeros años ochenta en su feudo andaluz en el que sigue instalado más de tres décadas después. Los efectos indeseables de esta generalización autonómica –acentuados con la segunda tanda de Estatutos durante el Gobierno de Rodríguez Zapatero— han sido muchos. El más perjudicial (políticamente) de todo ellos fue la creación de lo que Artur Mas ha calificado de “comunidades artificiales” (y hay unas cuantas). El más perverso –financieramente-- la réplica, muy cara, de diecisiete sistemas políticos con pretensiones cuasi estatales que han generado una tan multitudinaria como parasitaria clase política instalada en un aparato burocrático que devora recursos financieros con carácter corriente e improductivo y que ha malbaratado el sistema financiero que aplicaban las Cajas de Ahorros. Por lo demás, y como Aguirre subrayó, la socialización de la autonomía como modelo de gestión no logró, sino todo lo contrario, la integración de los partidos nacionalistas.

Ignoro si la revisión del Estado autonómico ahorraría 48.000 millones de euros como aseguró la presidenta de la Comunidad de Madrid. Pero es seguro que la desactivación de los mecanismos de coordinación sectoriales, la compartimentación estanca en el ejercicio de competencias que exigen financiación intensiva, las duplicidades irreductibles, la germinación de entes burocráticos como nichos de colocaciones clientelares y el particularismo insolidario, son todas ellas prácticas de altísimo e innecesario coste. Y este es el quid de la cuestión. El Estado autonómico previsto en la Constitución de 1978 pretendía un doble objetivo: de un lado, ofrecer una solución a la tensión centrífuga de los nacionalismos vasco y catalán, y en menor medida, el gallego; y de otro, procurar una autonomía regional para hacer un Estado más eficiente según las tesis empíricas que aconsejan acercar las instancias resolutorias a los administrados. Más aún: el Estado autonómico era también una réplica al centralismo franquista y, por lo tanto, una manera de constitucionalizar España a la inversa del paradigma nacional de la dictadura.

Este último efecto se ha conseguido, pero no los dos anteriores. Y la crisis económica ha demostrado que la sostenibilidad del Estado en su actual modelo es precaria. Los mercados y la troika –FMI, UE y BCE— proyectan el foco sobre la turbiedad de las cuentas que la prensa anglosajona denomina “regionales” porque, en cambio, dispone de una clara radiografía de las que corresponden a la Administración General del Estado. Y es que en la distribución territorial del poder que propició una Constitución pensada para una transición a la democracia hay mucho de artificial, de excéntrico y, a veces, hasta de extravagante.

Si los alemanes han reformulado su federalismo varias veces desde 1949 y lo adecuaron decisivamente en 2006, no es ningún despropósito que aquí se plantee –recuerden: toda reforma fue en un tiempo una simple opinión particular—repensar nuestro modelo. En esta tesitura se encuentran, y de ello no debe olvidarse el presidente del Gobierno, la mayoría del electorado del Partido Popular. Por otra parte el Gobierno no debería hacerse trampas en el solitario: de hecho, con la Ley de Estabilidad Presupuestaria y los recortes en sanidad y educación ya está tocando el modelo autonómico, precisamente para controlarlo y racionalizarlo, aunque aún de manera harto insuficiente.

En todo caso, algo es incuestionable: nuestra crisis no es sólo económico-financiera. Es también institucional y política. Y en el centro de ella –se lo plantee o no Mariano Rajoy—está el debate de beneficios y costes, políticos y económicos, del Estado autonómico. Antes o después, habrá que replanteárselo al modo sensato y racional con el que los alemanes han revisado su federalismo en la primera década de este siglo.

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COMENTARIOS

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189tocobarchin 15/04/2012 | 19:01

Voté al PP y no me arrepiento, pues ZP nos llevaba a la ruina; pero Rajoy,al decir que ni se plantea tocar las Comunidades, me decepciona. Pienso que nuestro problema más que económico, es político. Suprimiendo el innecesario Senado,las Diputaciones[idem]y un mayor control sobre tanto político inutil o corrupto, se solucionaría el problema económico. Hay alcaldes, de pueblos no muy grandes, que cobran [no ganan] más que un ministro. Concedamos que los expresidentes,mantengan su estatuto de tales , pero son legión de ex, que siguen cobrando su pensión como tales y además otro u otros del Consejo de Estado o en Empresas a quienes favorecieron estando en su cargo político. Si Rajoy impone a las Comunidades un techo de gasto, los políticos de éstas, recortarán los servicios a sus ciudandanos, pero no las prebendas de ellos. Es verdad que los políticos están mal pagados; pero los bien preparados y competentes, pues son mayoría los que se limitan a votar en el Parlamento lo que les manda su Partido. El Senado y las Diputaciones, aunque los allí instalados tratan de justificar la razón de su existencia, la verdad es que sólo sirven para colocar a amigos o miembros del Partido.

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188juanguga 15/04/2012 | 18:51

Hay que tener en cuenta que el sistema federal le fué impuesto a Alemania por los aliados para que siempre fuera un pais debil y a ser posible dividido, no òrque el sistema fuera bueno sino todo lo contrario. Pero aquí tropezamos con la "patriotica" izquierda española, que por lo visto no ha leido a Azaña, Negrín["prefiero que gane Franco, con él por lo menos se podrán entender nuestros hijos o nuestros nietos . . .pero con los nacionalistas . . "], Prieto, Largo Caballero, etc.

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187nou 15/04/2012 | 18:06

#186 Imposición? La inmersión lingüística y el tema menor de los rótulos, quizás si, pero en nada más, y en el territorio lingüístico catalán [bueno nos falta un buen trozo]. Antes de equilibrar los trescientos años de imposición del castellano mucho más bestia en su práctica, nos quedan unos 260 años.

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186Orobón 15/04/2012 | 16:53

#184 No hay rechazo al catalán, sino a su imposición.

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185Orobón 15/04/2012 | 16:51

Una de las recurrentes muletas al uso de los nacionalistas catalanes para vestir sus continuas reclamaciones de competencias con el ropaje de lo razonable y conveniente, es la referencia a las competencias de los länders alemanes. Comparan lo que no tiene parangón ignorando lo esencial: que ningún länder germano pone en cuestión la nación alemana, mientras que los nacionalistas catalanes [y los demás nacionalismos domésticos] niegan la existencia de la nación española y alientan y proclaman su desmembración… Un detalle sin importancia, una nimiedad que,por una parte, revela la hipocresía del nacionalismo etnoidentitario catalán y que, por otra, patentiza lo ilusorio y vano del deseo con el que Zarzalejos cierra su artículo de hoy: "Antes o después, habrá que replanteárselo al modo sensato y racional con el que los alemanes han revisado su federalismo en la primera década de este siglo"... ¡Ja!No se lo cree ni él.

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José Antonio Zarzalejos es licenciado en derecho por la Universidad de Deusto y periodista. Ha desempeñado puestos de distinta responsabilidad tanto en el Grupo Correo, primero, como en Vocento, después. Fue director del diario ABC de 1999 a 2008. Su "cuaderno de notas" pretende ser una aproximación certera a la realidad política, económica y social española e internacional.

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