'Cuando pintábamos algo en Madrid' o Nicodemo en Cataluña

López de Lerma reivindica cómo el catalanismo bien entendido, pactista y fiable, fue durante décadas una contribución decisiva al asentamiento de la democracia en España

Foto: Jordi Pujol y José María Aznar inaugurando unas instalaciones en el Delta del Ebro en el año 2002. (EFE)
Jordi Pujol y José María Aznar inaugurando unas instalaciones en el Delta del Ebro en el año 2002. (EFE)

Hace muy pocos días que ha se ha distribuido en librerías el breviario crítico de Josep López de Lerma titulado provocativamente 'Cuando pintábamos algo en Madrid'. Ya está creando una sana polémica en Cataluña. El autor fue durante veinticinco años diputado de CiU en el Congreso, del que llegó a ser vicepresidente. Fèlix Riera, que es un editor perspicaz, ha captado para la literatura memorial a este catalán de opción y de pasión en uno de los primeros pasos de la editorial ED que promete otros títulos de gran interés. Este lo es porque cuando el independentismo que procede de CiU quiere olvidar su pasado autonomista y su catalanismo acendrado, López de Lerma saca a pasear algunos de los mejores logros, para Cataluña y para España, de las políticas pragmáticas, moderadas y eficientes de CDC y de Unió.

Jordi Pujol y Felipe González.
Jordi Pujol y Felipe González.

López de Lerma desvela algunos episodios no bien contados antes. Por ejemplo, las veces que Pujol recibió la oferta —de Suárez, de González, de Aznar— para que miembros de su coalición se integrasen como ministros en el Gobierno de España. Siempre se negó. También explicita López de Lerma de qué manera —distante y recelosa— se relacionaban Pujol y Miquel Roca, por quien el autor siente verdadera (y yo diría que justificada) admiración. Todo lo contrario del sentimiento que profesaba a Pere Esteve, su sucesor en la secretaría general de CDC que migró luego a ERC. En sus microrrelatos, a veces simplemente anécdotas pero siempre significativas, López de Lerma reivindica cómo el catalanismo bien entendido, pactista y fiable, fue durante décadas una contribución decisiva al asentamiento de la democracia en España.

Es muy revelador el capítulo en el que el diputado catalán cuenta cómo el 23 de febrero de 1981 no fue el rey Juan Carlos I el que tranquilizó a Pujol (“tranquilo, Jordi, tranquilo”) sino al revés: el presidente de la Generalitat de Cataluña ejerció de terapeuta psicológico con el jefe del Estado en la tesitura más grave de su reinado. Pujol movió piezas necesarias para que el golpe de Tejero no triunfase y López de Lerma enhebra el relato sin que en el resto del libro muestre por el ahora apartado Pujol especial adhesión. López de Lerma recoge una conversación verdaderamente histórica entre el expresidente catalán y el brillante y recordado Ramón Trías Fargas. Este le dice a aquel que entre ambos media una gran diferencia, y comoquiera que Pujol le preguntase cuál era, su interlocutor le respondió: “Que yo me he metido en política para servir un poco a Cataluña, pero tú has venido a salvarla”. Y en estos dos verbos —servir y salvar— quizás se encuentre el quid del libro de López de Lerma con el que muchos catalanes sentirán nostalgia política. Solo los mesías se consideran salvíficos.

En Cataluña se produce el síndrome de Nicodemo, también conocido por nicodemismo (en alusión al fariseo del Nuevo Testamento seguidor oculto de Cristo), que consistiría en un ejercicio de simulación frecuente en los protestantes en los tiempos medievales de la disidencia religiosa. Durante el día y en público se mostraban como fervientes católicos, pero en su casa, al abrigo de miradas inquisitoriales, se entregaban a la causa de la Reforma. Algunos politólogos han trasplantado el nicodemismo a la realidad política. Existe en Cataluña: gente muy relevante se manifiesta en público adherida al independentismo y, en privado, muestra sus invencibles reservas hacia el proceso soberanista. Es también lo que el catedrático de filosofía Manuel Cruz ha descrito con gran acierto como "unanimismo", una suerte de aparente consenso general que, en realidad, solo es el refugio de conveniencia ante la presión ambiental que es muy propia en las comunidades con un nacionalismo muy asertivo y militante. Pues bien: abundan los Nicodemos en Cataluña.

Juan Carlos I junto a Pujol.
Juan Carlos I junto a Pujol.

Leyendo a López de Lerma se comprueba lo mucho que en su época y hasta bien entrado el siglo XXI “pintaban” en Madrid los representantes del catalanismo, primero de la llamada minoría catalana y luego de CiU. El que nos ofrece el autor es un ejercicio de memoria a través de su breviario en un país en el que el recuerdo solo es de largo alcance para los agravios. Mientras apuraba la lectura de López de Lerma, Artur Mas aseguraba en Madrid que su partido hubiese deseado un Gobierno de España del PSOE y Podemos. ¿Cómo es posible tal contradicción ideológica formulada en tan escaso período de tiempo? Esa, entre otras, es una pregunta que responde López de Lerma a todos los Nicodemos que en Cataluña militan de día en la ortodoxia independentista y por la noche, y ya en casa, cabecean con preocupación y se preguntan: “Pero ¿a dónde vamos?”.

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