Esperanza Aguirre, la rubia tonta

Aguirre ha puesto la mano en la llama tantas veces por Ignacio González como otras tantas ha negado la evidencia de que ante sus narices se ha consumado el caso Correa, Púnica y Lezo. El 24 de abril anunció su dimisión

Foto: Esperanza Aguirre (Ilustración: Raúl Arias)
Esperanza Aguirre (Ilustración: Raúl Arias)

Utilizo el adjetivo “tonto/a” en la acepción quinta del diccionario de la RAE: “persona de poco entendimiento o inteligencia” y también “hacerse el tonto” en la acepción 12.ª de mismo texto: “aparentar que no se da cuenta de nada”.

Cristina Cifuentes levantó la pasada semana una auténtica polvareda al confesar que en las reuniones con hombres “se hacía la rubia”. El feminismo de guardia asaltó a la presidenta de la Comunidad de Madrid interpretando que ese recurso resultaba un machismo a la inversa. En realidad, “hacerse la rubia” forma parte de las habilidades de persuasión de algunas mujeres que saben ganar por la mano a sus interlocutores que suelen suponer que su virilidad les proporciona una superioridad neta sobre las féminas.

Quizás recuerden ustedes el debate entre Elena Valenciano y Miguel Arias Cañete en la campaña de las elecciones europeas de mayo de 2014. El ahora comisario de Energía de la UE explicó que “debatir con una mujer es complicado porque mostrar superioridad intelectual parece machista”. El resultado no pudo ser peor para el exministro de Agricultura: la “rubia” Elena Valenciano le ganó el debate por goleada.

Ignacio González (d), conversa con Salvador Victoria. (EFE)
Ignacio González (d), conversa con Salvador Victoria. (EFE)

En estas últimas horas se ha venido aduciendo que Esperanza Aguirre se “hacía la rubia” o que “se hacía la tonta” respecto del conocimiento de la corrupción de Ignacio González, antes de Francisco Granados, antes de Alberto López Viejo y antes aún de Salvador Victoria, entre otros de los muchos comportamientos ilícitos de cargos de estricta confianza que ella designó o inspiró. La que fuera presidenta de la Comunidad de Madrid de 2003 a 2015 y del PP en la Comunidad, más tarde líder del partido y ahora jefe de filas del grupo municipal popular en el consistorio de la capital, es, y ya puede escribirse sin paliativos, una rubia tonta. Tanto como pueda haber en política rubios tontos, que haberlos los hay. El grave problema de Aguirre no consiste, seguramente, en que ella sea corrupta o haya permitido la corrupción de sus cargos de confianza, sino en que es una política incompetente que ha suplido sus muchas carencias en la capacidad de gestión y control por un populismo de corte supuestamente liberal y que ha exigido a sus colaboradores más próximos -y a los que no lo eran- una fidelidad perruna al tiempo que recibía complacida una sistemática adulación. En la medida en que practicaban esa actitud sumisa, ella ponía por ellos la mano en el fuego. Por eso la tiene abrasada.

A la tontuna -como falta de entendimiento y de competencia- Aguirre ha añadido siempre la ambición desmedida. Ha querido serlo todo porque le susurraban al oído que era una política a lo anglosajón (su comportamiento no puede ser más opuesto a ese modelo), una gran liberal, una mujer valiente y decidida. En realidad ni se ha estilado al modo británico, ni ha sido arrojada sino temeraria y nunca fue decidida sino parlanchina e indiscreta. Ha puesto la mano en la llama tantas veces por Ignacio González como otras tantas ha negado la evidencia de que ante sus narices se ha consumado el caso Correa, el caso Púnica y ahora el caso Lezo. Fue ella y solo ella la que nombró a González su vicepresidente en Madrid (y a Granados, consejero y secretario general del partido) asignándole hasta 2015 la presidencia del Canal de Isabel II, fue ella la que reclamó para su amigo y colaborador la presidencia de Bankia en competición con Rodrigo Rato, y fue ella la que pujó por González hasta el final para que fuese el candidato a la presidencia de Madrid en las elecciones de mayo de 2015. Rajoy le resistió el pulso, aunque a la postre haya descargado sobre el presidente un golpe brutal a su reputación como máximo dirigente del PP que queda concernido políticamente por todas estas vilezas corruptas.

Aguirre es una política incompetente que ha suplido sus carencias en la capacidad de gestión y control por un populismo de corte supuestamente liberal

Su época -de 2003 (que comenzó con el “tamayazo”) hasta 2017- ha sido demoledora para el PP. A lo largo de su trayecto cogobernó la Comunidad una corte de empresarios, periodistas y otras instancias que, además, se mantuvieron a la contra de Mariano Rajoy desde que este perdiese por segunda vez las elecciones frente a Zapatero en marzo de 2008. Convencida de disponer de un carisma popular, de verbena goyesca, de chulapa matritense, no ha parado de aparecer, declarar, denunciar, poner la mano en la brasa por este o por aquel… en definitiva, no ha dejado de comportarse como una política imprudente, desavisada y torpe, incapaz de detectar -¿no ha querido o no ha podido?- la rapiña que se estaba produciendo ante sus mismísimas narices. No, Aguirre nunca se ha “hecho la rubia”. Aguirre, por desgracia para el PP y para la derecha española, ha sido una rubia ignorante que por incompetencia y por ambición ha sido –“in vigilando” e “in eligendo”- la dirigente popular que más daño ha hecho a su partido.

Conviene, por fin, deshacer entuertos. Antes de las mayorías absolutas de Aguirre en Madrid se produjeron las de Alberto Ruiz-Gallardón en la Comunidad (en las legislaturas de 1995 y 1999) y las que protagonizaron José Luis Alvarez del Manzano en las municipales (alcalde de Madrid entre 1991 y 2003) y el propio Ruiz-Gallardón que ostentó también la alcaldía de la capital de España -con tres mayorías absolutas sucesivas- de 2003 a 2011. En los comicios autonómicos y municipales de mayo de 2015, Cristina Cifuentes superó en más de 5.000 votos a Aguirre en la ciudad de la que aspiraba a ser alcaldesa. La expresidenta se encontró con el camino asfaltado ya por Álvarez del Manzano y Ruiz-Gallardón. Ella, pese a los ditirámbicos elogios de sus adulantes, no hizo sino seguir la senda y, al final, perder la ruta. Y, aun perdida -nunca la tozudez fue muestra de inteligencia- ahí sigue, aferrada a una concejalía que los hechos están demostrando que no merece.

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