Los perdedores sugestionan a los militantes socialistas: de Sánchez a Hamon

Los perdedores, especialmente en el espectro político de la izquierda, provocan en las militancias (no en los electores) una atracción fatal

Foto: El ex secretario general del PSOE y candidato a las primarias, Pedro Sánchez. (EFE)
El ex secretario general del PSOE y candidato a las primarias, Pedro Sánchez. (EFE)

Podría pasar —aunque yo no lo creo— que la militancia socialista eligiese a Pedro Sánchez secretario general del PSOE el próximo día 21. Elegiría, sin duda, a un perdedor. El que ya fuera líder del socialismo español (2014-16) perforó durante su gestión, en generales y autonómicas, el suelo electoral de su partido y lo llevó a sus peores registros. Y lo que resultó más grave: dejó crecer a Podemos que, con él de nuevo al frente del PSOE, podría culminar su propósito de sobrepasarlo y convertirlo en irrelevante.

Los militantes socialistas españoles no se comportarían de manera distinta a como lo han hecho los franceses. En las primarias designaron a Benoît Hamon en detrimento de Manuel Valls, y el candidato del PSF obtuvo en la primera vuelta de las presidencia un 6% y, por si fuera poco, les salió por la izquierda el 'insumiso' Jean-Luc Mélenchon, que ha propiciado el pasado domingo un nivel de votos tan inédito como inquietante para la extrema derecha de Le Pen. También apostaron por un perdedor los laboristas británicos. Jeremy Corbyn acaba de perder ruidosamente las elecciones locales en el Reino Unido y los resultados de su partido en las elecciones generales del 8 de junio podrían ser catastróficos. Corbyn es un perdedor desmayado en el que se reflejan las ruinas del laborismo británico, incapaz de contener a los conservadores, sea en el referéndum del Brexit, sea en la configuración de una política económico-social tan regresiva como la que va imponiendo Theresa May.

El perdedor es una válvula de escape ante la rabia incontenida, un desahogo, tiene algo de compasión y algunas dosis de revancha

Ya sabemos que los perdedores, especialmente en el espectro político de la izquierda, provocan en las militancias (no en los electores) una atracción fatal. Se trata de una empatía que responde a mecanismos más psicológicos que ideológicos. El perdedor es una válvula de escape ante la rabia incontenida, un desahogo, tiene algo de compasión y algunas dosis de revancha. Es una atracción que puede ser autodestructiva. Y Sánchez, en determinado momento, fue como secretario general en el PSOE un perdedor y su discurso actual promueve un partido que iría, de prosperar, directo al fracaso, como ha ocurrido con otros en muchos países de Europa. Cuando los socialismos se hacen asamblearios, apuestan por la democracia directa, embisten a las instancias de poder social y económico, dejan de ser opciones de gobierno, se asimilan a las izquierdas populistas y resultan imitaciones de un original que los electores rechazan. Parecería que ganar unas primarias desde la radicalidad resultaría una garantía de fiasco en las elecciones. No hay correlación entre la endogamia de la militancia y la versatilidad de los ciudadanos que depositan libremente su voto.

La pista de por dónde puede ir el socialismo nos la ofrecen los líderes moderados de la izquierda. Es el caso de Martin Schulz en Alemania, quien, a cinco meses de las generales germanas, no termina de concretar las altas expectativas generadas en el SPD. Su partido ha perdido las dos últimas elecciones en estados federados, pero la gran partida la tiene que jugar en septiembre. Y es también el caso de Matteo Renzi en Italia, que ha ganado contundentemente las primarias en el PD (sustituto del socialismo italiano tradicional).

Quedarse a gusto votando a Sánchez no parece compatible con ganar las elecciones sino propiciar que avance Podemos y se fisure el PSOE

Son dirigentes socialistas o socialdemócratas (salvando las distancias, con un discurso más cercano a Díaz que a Sánchez) que conectan mejor con las franjas centrales del electorado que oscilan entre el centro-izquierda y el centro-derecha. Un fenómeno que no se produce solo en el socialismo. En la izquierda de la izquierda, sucede tres cuartos de lo mismo. Tsipras en Grecia ha llegado donde lo ha hecho porque se ha desprendido de su entorno más radical. Pablo Iglesias, sin embargo, al extremar sus posiciones antiinstitucionales, disminuye Podemos, que con un perfil reflexivo y empático como el de Íñigo Errejón hubiera tenido mayores posibilidades de expansión.

Seguramente es difícil reconducir el sentimentalismo reactivo a los 'aparatos' de los partidos socialistas, pero sin ellos, no se ganan las elecciones y no hay transformación social. Quedarse a gusto votando a Sánchez —muy legítimo y respetable— no parece, sin embargo, compatible con ganar en el futuro las elecciones sino propiciar que avance Podemos y se fisure el PSOE. Si es así —aunque, insisto, sigo creyendo que ganará Díaz, sobre todo si reaviva su campaña, como bien le sugería Ignacio Varela en su blog el pasado sábado—, el modelo de partidos en España pasará página y sucederá, antes o después, lo que el domingo ocurrió en Francia. El mismo Patxi López lo ha explicitado: si siguen así las cosas, el PSOE “podría desaparecer”.

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