Tras la cicuta y el puñal, ajuste de cuentas

Los socialistas están en un silencio que parece solidificarse en reproches contenidos y en venganzas largamente esperadas

Foto: Pedro Sánchez junto a Óscar Puente. (EFE)
Pedro Sánchez junto a Óscar Puente. (EFE)

Óscar Puente, alcalde de Valladolid y en la actualidad portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE, uno de los hombres más cercanos a Pedro Sánchez, declaró el pasado 27 de febrero al diario 'Público' que la defenestración de Josep Borrell en mayo de 1999 (el exministro tuvo que renunciar a la candidatura de la presidencia del Gobierno en los comicios de 2000) “la hicieron con cicuta”, pero el derrocamiento de Sánchez –siempre según el edil vallisoletano– fue "un apuñalamiento en toda regla”. Óscar Puente ha borrado de su perfil de Twitter más de 50.000 comentarios, pero esta brutal descripción de lo que, a su juicio, ocurrió en el Comité Federal de su partido el 1 de octubre de 2016 ha quedado en la hemeroteca y es expresivo de la motivación del ajuste de cuentas que Sánchez y su equipo están llevando a cabo en el PSOE.

Es lógico porque el madrileño ha ganado la Secretaría General del PSOE pero no tiene aún el poder. Sánchez manda pero no gobierna en plenitud la organización. Está en el periodo de ajustes. Salió del 39º Congreso del partido con un 30% de los delegados en contra o a la expectativa; conformó una Ejecutiva Federal sin atisbo de integración de sus adversarios (Patxi López es inocuo) y ha excluido del Comité Federal a las personas referentes declaradas o sospechosamente desafectas a su persona y trayectoria, incluso a aquellas que han ostentado cargos de relevancia y que por ello eran miembros del máximo órgano de gobierno del partido entre congresos que el nuevo secretario general se ha encargado de demediar.

Pedro Sánchez ha ganado la Secretaría General del PSOE pero no tiene aún el poder. Está en el periodo de ajustes

El PSOE no está, pues, dominado completamente por el sanchismo. Lo estará, pero el ajuste de cuentas llevará su tiempo. Las últimas medidas en el grupo parlamentario en el Congreso parecen moderadas ( de “purguita” las ha calificado José Luis Ábalos), pero no lo son porque ha puesto vigilancia a los presidentes de las Comisiones que habían sido designados por la gestora, ha relegado –incluso físicamente– a algunos significados representantes tanto del susanismo como del anterior aparato y, sobre todo, ha hecho que el grupo parlamentario muerda el polvo absteniéndose en la ratificación del Tratado de Libre Comercio con Canadá (CETA), lo que le ha servido tanto para favorecer la “agenda del cambio” con Pablo Iglesias como para emitir una señal inequívoca de que no le importa desautorizar las políticas del interregno de la gestora que presidió Javier Fernández.

Juanma RomeroJuanma Romero

En la misma línea debe incluirse la apuesta por la plurinacionalidad, que, careciendo de efectos prácticos, tiene una doble intención: tender puentes con Podemos –al menos, dialécticamente– y advertir de que la idea nacional de la gestora, de Susana Díaz y de los que fueron contrafuertes del partido (Bono, Rodríguez Ibarra, Barreda, Rubalcaba, Guerra y otros) puede alterarse sin atenerse a ningún visado ideológico o estratégico. No es extraño que en el PSC se produzcan así derivas como las de Nuria Parlón, alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet y miembro de la Ejecutiva Federal, y del alcalde de Blanes, Miguel Lupiáñez. Aquella ha declarado que habría que pedir ayuda internacional si el Gobierno aplica el 155 en Cataluña, y este ha comparado la diferencia entre Cataluña y el sur de España con la que existe entre Dinamarca y el Magreb.

Pero la batalla más cruenta se va a producir allí donde Sánchez es ahora más débil: en las federaciones territoriales. Aun a costa de desestabilizar los gobiernos presididos por Lambán (Aragón), Valencia (Puig) y Castilla-La Mancha (García-Page), la nueva dirección del partido va a favorecer la bicefalia en esas comunidades oponiendo al presiente autonómico la posibilidad de un secretario general crítico. Susana Díaz es más difícil de inquietar pero Sánchez lo intentará, mientras que Javier Fernández en Asturias está amortizado (ha dicho ya que se va) y Guillermo Fernández Vara (Extremadura) es la cuota de la falsa conciliación al presidir la Comisión Federal (con voz pero sin voto en la Ejecutiva Federal).

Todo este plan de ajuste de cuentas debe estar concluido para el mes de octubre, incluido un acuerdo táctico con Podemos tras lo que ocurra en Cataluña –¿se celebrará o no el referéndum?– que rectificará la línea del partido, negará cualquier colaboración al Gobierno –presupuestaria o no– e inquietará a Rajoy tanto cuanto pueda, descartada por ahora otra moción de censura. Una política de oposición pura y dura (de momento, de suma cero con los morados de Pablo Iglesias, porque lo que gana Sánchez lo pierden los populistas) de la que, con buen criterio, Ciudadanos se aparta para hacer la vida por su cuenta, y que no termina de convencer a los nacionalistas vascos ni a los exconvergentes del PDeCAT.

Todo este plan de ajuste de cuentas debe estar concluido para octubre, incluido un acuerdo táctico con Podemos tras lo que ocurra en Cataluña

El ajuste de cuentas cuajará si unas futuras elecciones –sean cuales fueren: europeas, municipales, autonómicas o generales– demuestran que la mayoría de la militancia del PSOE está en sintonía con un electorado que supere los paupérrimos registros que obtuvo el socialismo tras las elecciones generales de 2011, primero con Rubalcaba y luego con Sánchez. En cualquier caso, a un partido tan añoso como el PSOE no le sientan bien las noches de los cuchillos largos. Ni la dialéctica de la cicuta y el puñal. Los socialistas están en un silencio interno que es tan denso que parece solidificarse en reproches contenidos y venganzas largamente esperadas.

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