El secuestro del Congreso

El presidente del Congreso, Jesús Posada, parece un hombre andariego. Intuyo que prefiere caminar a coger el coche oficial. Probablemente sufra de estar tantas horas sentado,

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    El presidente del Congreso, Jesús Posada, parece un hombre andariego. Intuyo que prefiere caminar a coger el coche oficial. Probablemente sufra de estar tantas horas sentado, sin estirar las piernas, como haría por sus paisajes de Soria. Pasea a veces por el patio del Congreso. O por el Paseo del Prado, si ha concluido ya una de las sesiones maratonianas a las que nos somete.

    Ayer mismo comenzamos un pleno ordinario a las nueve de la mañana y, sin pausa para comer, continuamos con otro extraordinario, para acabar sobre las siete y media de la tarde. Todos los asuntos que debatíamos eran de extraordinaria relevancia: desde la ratificación del Mecanismo Europeo de Estabilidad -que pese a su irrelevancia mediática marcará nuestras vidas durante unos años- hasta la reforma laboral, pasando por la ley de estabilidad presupuestaria o la amnistía fiscal. Nuestra dedicación estaba justificada. Pero resulta inevitable comparar la jornada de ayer con la del martes: sumidos en plena crisis de deuda, acosados por la Comisión Europea y los mercados, discutíamos como en un plácido balneario sobre las selecciones deportivas vascas.

    Cuando puede, el presidente Posada camina para estimular la irrigación del sistema circulatorio. Sería demasiado revelador de la decrepitud del régimen el que la tercera autoridad del país sufriera el síndrome de la clase turista. Camina con tranquilidad, al contrario que Rajoy, cuya afición al ciclismo le inspiró sin duda la escapada del pelotón periodístico que protagonizó en el Senado. El problema del país reside, sin duda, en esos distintos andares. Rajoy aprieta el paso y marcha con prisa. Posada pasea lento, a menudo con las manos a la espalda, circunspecto. Rajoy quiere llegar; Posada ya ha llegado. Ninguno de los dos sabe adónde. Y en ellos se plasma la absoluta desorientación del país.

    La idea de medir la productividad en cantidad y no en calidad resulta genuinamente española. No importa que estemos debatiendo sobre las selecciones vascas. La clave reside en calentar el escaño

    Aunque el caminar de Rajoy ha sido la noticia de la semana, a mí me llama la atención el de Posada. Maneja la Cámara con la misma parsimonia que imprime a sus andares alguien que no tiene prisa. Está convencido de que las sesiones interminables dan buena imagen de los diputados: así los ciudadanos creerán que trabajamos mucho, piensa. La idea de medir la productividad en cantidad y no en calidad resulta genuinamente española. No importa que estemos debatiendo sobre las selecciones vascas. La clave reside en calentar el escaño.

    Posada camina sin rumbo porque no va a ningún lugar, pero no está despistado sino que, como los genuinos paseantes, no tiene destino. No ha de llegar a ningún sitio, por ejemplo, la dignidad de la Cámara o su independencia, porque no cree estar prestando un servicio al país, sino al Gobierno.

    Ayer nos secuestró, por orden del bipartidismo. Antes Montoro le había hecho señas de que dejara explayarse a la última oradora: el duopolio negociaba alguna enmienda y les interesaba retrasar la votación. Después Alfonso Alonso subió a la presidencia para decirle que dictara un receso: el duopolio seguía parlando en el último minuto de lo que no ha pactado en semanas. Al concluir la última votación, Posada nos anunció una pausa de “minutos” que se alargó más de media hora.

    Algunos diputados del PSOE y del PP empezaron a patear y armar bullicio ante el retraso, demostrando hasta qué punto en esos grupos grandes, el diputado de a pie no tiene ni idea de lo que se cuece. Los jefes los llamaron al orden. Posada salió a pasear. Y allí estuvimos todos, retenidos, a la espera de que el duopolio concediera la venia al presidente para que votáramos. Si esto fuera un país serio, el presidente de la cámara no aceptaría que nadie le dijera a qué hora se vota. Defendería la institución antes que los intereses partidistas. Pero claro, en un país serio, la tercera autoridad del país no camina sin rumbo. Y si lo hace, no se nota tanto, porque al menos la primera y la segunda saben a dónde vamos.

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