El año de la unión

Conmemoraremos este año el siglo transcurrido desde la I Guerra Mundial y algunos historiadores quizá nos recuerden cómo estalló aquella contienda de forma inexplicable: a nadie

Conmemoraremos este año el siglo transcurrido desde la I Guerra Mundial y algunos historiadores quizá nos recuerden cómo estalló aquella contienda de forma inexplicable: a nadie beneficiaba que lo hiciera, pero se libró durante casi un lustro y engendró una segunda guerra. Casi nada. Hay quienes sostienen que la Historia sólo nos enseña que no aprendemos nada de la Historia, pero yo confío en que sepamos extraer, aunque sea unos pocos, alguna vez, una sola lección. Cuidado con creer que porque algo sea inconveniente para todo el mundo no va a ocurrir. Sería un razonamiento acertado si fuéramos seres racionales, pero salta a la vista que no lo hemos logrado del todo.

En el centenario de la Gran Guerra por la civilización, un asunto seguirá dominando el debate político: ¿unión o disgregación? Es el debate más candente en la agenda de Europa, aunque no lo parezca, y no puede tratarse de una casualidad. Cien años después, la pulsión unitaria y la disgregadora aún arrebatan corazones y programas electorales.

Los secesionistas catalanes habrán de explicar por qué les escuece que el dinero de los impuestos españoles llegue a gente pobre de Andalucía, y sin embargo les encantaría transferirlo a los pobres rumanos

El acalorado debate pasa –no es noticia– por Escocia y Cataluña. Pero permanezcan atentos a sus pantallas, porque otros partidos nacionalistas, en pleno auge, esperan cosechar grandes éxitos en las elecciones europeas. El UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, o el Partido de la Libertad, del holandés Wilders, constituyen el ejemplo más acabado de los rescoldos nacionalistas que pudren Europa. Insisto en aquello que ya explicó Savater hace tiempo: no son partidos nacionales, sino nacionalistas (tampoco es lo mismo ser macho que ser machista).

El primer éxito deseado por esta caterva pasa por un nuevo descenso de la participación en los comicios: en las siete elecciones al Parlamento Europeo habidas hasta hoy, los votantes se han mostrado cada vez más perezosos, de modo que desde aquella participación del 62% del año 1979 llegamos al 43% hace cinco años. Paradójicamente, cuanto más poder ha ido teniendo el Europarlamento menos ha interesado al votante europeo. El segundo éxito que esperan consiste naturalmente en obtener un nutrido grupo de diputados antieuropeos. ¿Serán un tercio, un cuarto, un quinto? En todo caso, los que se sienten en Estrasburgo, trabajarán para derribar Europa desde dentro. Pero no ignoremos ni un matiz en los próximos meses, porque algunos de los europarlamentarios destacados de estas formaciones, como Nigel Farage, si bien no han logrado cambiar en nada la legislación europea, sí han conseguido aumentar su influencia en el debate nacional de sus respectivos países. Bruselas es su altavoz.

Hemos de ponernos de puntillas para ampliar nuestra visión del problema secesionista y contemplarlo en el contexto europeo: será más fácil de comprender y neutralizar

Por último, esa derecha nacionalista antieuropea se sentirá respaldada por cualquier aliento disgregador. Por más que los tecnócratas intenten convencernos de que pesan más sus gráficas, la materia prima con que se hace política son las ideas: la idea de unión es antagónica de la idea de secesión; la idea de igualdad es antagónica de la idea de diferencia. El primer ministro británico, David Cameron, tendrá que explicar, una vez que supere el referéndum escocés con éxito, por qué es partidario de la unión de su país, pero no del continente. Tendrá que ganar ese segundo referéndum para la permanencia de su país en la UE. Por su parte, los secesionistas catalanes habrán de explicar por qué les escuece que el dinero de los impuestos españoles llegue a gente pobre de Andalucía, y sin embargo les encantaría transferirlo a los pobres rumanos, en el caso de ser algún día aceptados en la UE.

Las dos fuerzas en liza desde hace más de cien años siguen siendo las mismas. Por mucho que algunos intenten separarlas, no es posible defender la unión en Europa y la ruptura en España. Este año hemos de hacer dos cosas. La primera, ponernos de puntillas para ampliar nuestra visión del problema secesionista y contemplarlo en el contexto europeo: será más fácil de comprender y neutralizar. La segunda, ver Senderos de gloria ya, antes de que la vorágine cotidiana nos impida rumiarla con el reposo que merece. Y extraer alguna lección.

 

Palabras en el Quicio
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