Los siete errores del Gobierno en la crisis de refugiados

Insensibilidad, miopía, falta de liderazgo, incoherencia, incapacidad política, antieuropeísmo e improvisación

Foto: Migrantes procedentes de Serbia caminan por la vía del tren junto a la población fronteriza de Roszke. (EFE)
Migrantes procedentes de Serbia caminan por la vía del tren junto a la población fronteriza de Roszke. (EFE)

A regañadientes, el Gobierno ha aceptado la cuota de refugiados asignada a España por la Comisión Europea. Es de agradecer, pero aun así resulta imposible ocultar los errores que ha cometido. Al menos hay siete claramente identificables: insensibilidad, miopía, falta de liderazgo, incoherencia, incapacidad política, antieuropeísmo e improvisación.

El emocionado discurso del presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ayer ante el Parlamento Europeo, pone más en evidencia la insensibilidad de que ha hecho gala nuestro Gobierno. Desde el primer momento, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha mezclado deliberadamente refugiados e inmigrantes sólo para no salir de su zona de confort y seguir en piloto automático. Vean aquí los seis minutos de gloria del ministro. No tienen desperdicio, especialmente cuando agita el fantasma del “efecto llamada”, sin considerar el “efecto pavor” que la destrucción y la guerra causan en el ser humano.

La miopía política demostrada al oponerse primero a los programas de reubicación, para luego tratar de diluirlos, sería torpe en el caso de cualquier Estado miembro: Schengen proclama la libertad de movimiento dentro de los países vinculados al tratado, por tanto, resulta ilusorio pensar que la llegada de refugiados a un país europeo no repercute en los demás. Sin embargo, resulta especialmente torpe que lo haga España, único país que no sólo es frontera exterior de la UE sino que además tiene territorio en el continente africano. Aunque sólo fuera por el egoísmo de pensar en Ceuta y Melilla, deberíamos haber sido en esta crisis los más exigentes respecto al principio de responsabilidad compartida.

Aunque sólo fuera por el egoísmo de pensar en Ceuta y Melilla, deberíamos haber sido los más exigentes respecto al principio de responsabilidad compartida

Rajoy acierta al rectificar y aceptar la asignación de 16.000 refugiados que hace la Comisión para nuestro país, pero la falta de liderazgo resulta visible. No sólo la realidad ha desbordado al Gobierno, también lo ha hecho la ciudadanía. Y todo para, finalmente, acabar admitiendo que sus argumentos son insostenibles: tanto penar para morir seguro, que diría Miguel Hernández.

De incoherencia existen numerosos ejemplos. En su rueda de prensa con el primer ministro británico, David Cameron, Rajoy volvió a hablar de la necesidad de implementar políticas en los países de origen. Lo dice un Gobierno que ha recortado en torno al 80% del gasto en Cooperación al Desarrollo y que lo sigue disminuyendo en el presupuesto de 2016, pese a que el total asignado a Exteriores aumenta ligeramente. ¿Es ésa la forma de contribuir a que los inmigrantes encuentren oportunidades de progreso en sus países? Si se refiere a la contención de la inmigración por la policía en los países de origen, debería decirlo sin trampas: o situamos la cuestión en torno a políticas aquí vs políticas allí, o en torno a políticas de disuasión de la migración frente a las de desarrollo. Son cosas muy distintas y, en todo caso, la disuasión no resulta aplicable para quienes huyen de infiernos como Siria, Afganistán o Eritrea.

También ha destacado con luz propia la contradicción de la posición española al exigir a la Comisión que tenga en cuenta las cifras de paro a la hora de asignar cupos de refugiados a los países. Un día somos paradigma de la recuperación dorada y al siguiente resulta que la maltrecha situación del país no nos permite cumplir nuestras obligaciones internacionales. ¿En qué quedamos? La paradoja más interesante, con todo, la puso sobre la mesa la vicepresidenta cuando afirmó que no se trata de “acoger sino de integrar”. ¿Pretendía el Gobierno una novedosa “integración a distancia”?

En Europa, la incapacidad política de tejer alianzas se paga. Para que avance la posición propia de un país, resulta crucial ser creíble y consistente en la búsqueda de complicidades. El Gobierno no ha tenido una política clara al respecto en cuatro años, dando sólo muestras de acercamiento a Alemania -quizá por afinidad ideológica- en política económica. Lástima que Rajoy haya elegido justo el asunto de los refugiados para desmarcarse de Angela Merkel (y también del Vaticano, doble oportunidad perdida). Los aliados obvios son países del sur, como Italia y Grecia, pues la única certidumbre respecto a esta UE en crisis permanente es que la geografía no cambiará nunca. Insistir en un enfoque “excepcional y transitorio”, mientras la situación en nuestro vecindario no tiene visos de mejorar a corto plazo, no contribuye a nuestra credibilidad.

Rajoy cree que si se tapa los ojos, también los demás dejan de verle. Una ciudadanía más madura le ha enseñado cómo mirar de frente una crisis humanitaria

España insistió hasta la saciedad en que los cupos de refugiados tuvieran carácter voluntario y no obligatorio. Fiel a su estilo, Rajoy pretendía que Europa fingiera resolver un problema, en lugar de abordarlo seriamente. ¿Establecer cupos voluntarios desde Bruselas para que los puedan incumplir a su gusto los Estados miembros? Es el razonamiento más antieuropeo que he escuchado en mucho tiempo. Las iniciativas de Francia y las palabras de John Kerry vuelven a sacar a la palestra la posible intervención armada en Siria. España no se pronuncia. Y hasta David Cameron asume su parte alícuota del problema poniendo una cifra presupuestaria concreta sobre la mesa. ¿Más aislados que el Reino Unido? El no va más.

Aún hay un séptimo error: la improvisación. Para hacerse la foto correspondiente y fingir que actúa, la ministra de Trabajo se reunió con las Comunidades Autónomas, pese a que no estaba en condiciones de proporcionar cifras ni criterios de cómo se producirá la acogida de refugiados. Sólo quedó clara la falta de iniciativa y la descoordinación.

¿Qué guía al Gobierno en esta crisis? Si viviéramos en un país xenófobo, podríamos pensar que el electoralismo, pero los hechos prueban lo contrario. La frustración que genera la incuria gubernamental es equivalente al orgullo que despierta la sociedad civil movilizada para demostrar que somos un país hospitalario. Como los niños, Rajoy cree que si se tapa los ojos con la mano, también los demás dejan de verle a él. Una ciudadanía mucho más madura que su Gobierno le ha enseñado cómo se mira de frente una crisis humanitaria.

Palabras en el Quicio

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