Barullo en Cibeles: la gestión de los fantasmas

Los políticos que llegaron para sentar al pueblo en el poder que le pertenece por derecho democrático se están encariñando en exceso con esas poltronas

Foto: La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. (Reuters)
La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. (Reuters)

La buena de Manuela Carmena, toda su vida con toga, sabe ahora en carne propia que los 'buenismos' teóricos apenas sirven para gestionar macromagnitudes de dinero salido del bolsillo de los contribuyentes.

Veámos. Aunque hay una descriptible omertá en los círculos interiores de poder municipal madrileño. Como relatan por lo bajini los colegas que cubren esa parcela: el detritus siempre termina por aflorar. Carmena, sin poder político real ni partidario, ha sido una caña movida por los vientos que soplan en el conglomerado Ganemos Madrid/Podemos/Anticapitalistas/Errejonistas y un sinfín de padres de la patria. Fue elegida porque daba respetabilidad tras el señalamiento de Montero a Iglesias. El primero la había conocido cuando ambos militaban en el Partido Comunista de España.

Gobierna la Capital gracias al PSOE y su principal argumento fue Esperanza Aguirre, como cualquier mediano conocedor de las cosas de la política municipal sabe a estas fechas. Capeó el feo asunto del concejal Zapata; el otro de Rita Maestre (con la que tiene una relación extraordinaria según cuentan), ha cesado a la famosa Celia Meyer y fracasó en el intento de convencer a Pablo Iglesias de que apoyara a Pedro Sánchez como jefe del Gobierno.

Podría dar la sensación -y la da- de que no controla parcelas claves del Ayuntamiento, como la caja que lleva el cristiano de base Carlos Sánchez Mato, que no ha gestionado con éxito ni una mercería.

El quilombo organizativo y administrativo no es cosa de ahora, aunque también. Viene de la etapa de los ínclitos Ana Botella y Alberto Ruiz-Gallardón

El tema de Marta Higueras, tan silente, vuelve ahora a la palestra porque una de sus subordinadas parece que imita Nancy Reagan acudiendo a pitonisas para conocer las intenciones de los funcionarios/as que pululan a su alrededor en determinados departamentos del vasto, caro e ineficaz Ayuntamiento de Madrid. La verdad sea dicha. El quilombo organizativo y administrativo no es cosa de ahora, aunque también. Viene de la etapa de la ínclita Ana Botella y sus cuates cuando no del no menos ínclito Alberto Ruiz-Gallardón. Por cierto, que he visto colgados algunos cuadros del inmortal vallisoletano Gerardo Rueda, de infausta memoria para la familia Aznar, en algunas paredes del Palacio de Cibeles. ¡Verde y con cuadros!

En términos generales, podría concluirse, amigos, que los que llegaron para sentar al pueblo llano en las poltronas del poder que les pertenecen por derecho democrático se están encariñando en exceso con las mismas. Buenos sueldos, algunas prebendas, coches de servicio, comidas pagadas, etc.

Es decir, lo de siempre.

Palo Alto

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