El final político de Errejón (en el momento de urgencia del sistema)

Vivimos tiempos agitados, en parte porque las élites han decidido seguir el peor camino, en parte porque las fuerzas de resistencia han decidido despeñarse

Foto: Íñigo Errejón. (EFE)
Íñigo Errejón. (EFE)

Nuestro sistema tiene varios problemas, pero quizá el más llamativo sea el de su ineficiencia, o por decirlo de otra manera, la incapacidad gestora de sus élites incluso para conseguir aquellos resultados que pretenden. Los acontecimientos de las últimas semanas son una prueba evidente: toda Europa insiste en el gran peligro que acecha, el del auge de una extrema derecha que puede poner en riesgo la convivencia en el norte de Europa y el de un populismo que puede llevar a la ruptura de la UE en el sur, y sin embargo, nada se hace para limitar su alcance.

Incontables declaraciones del entorno político, reflexiones periodísticas sin fin, y advertencias de grandes males se han citado en el espacio público de los últimos días; parece que el populismo es un gran problema y que todo el mundo está pensando cuáles son las mejores formas de ponerle freno. Pero no, más al contrario. Las reacciones de nuestros mayores responsables económicos han sido ejemplares en este sentido. Wolfgang Schaüble, ministro alemán de finanzas y uno de los hombres con más peso en la eurozona respondió al desafío populista con gran sentido de la oportunidad, asegurando que “Grecia tiene que hacer más reformas o abandonar el euro”. Jeroen Dijsselbloem, el presidente del Eurogrupo, también tiene las cosas claras, y ha venido a decir que no es preocupante, porque hay inestabilidad política pero no económica, que la primera es parte de la democracia y que no pasa nada, porque, como todos sabemos, la inestabilidad política nunca produce inestabilidad económica.

Combustible al fuego

Esta es la clase de respuestas que está provocando que los problemas sociales aumenten, y con ellos fuerzas peligrosas. Todo el ascenso del populismo continental proviene de las dificultades materiales y la falta de perspectivas vitales a las que está abocada buena parte de la población europea. Parece obvio pensar que, para frenar a estas formaciones, bastaría con dar un giro, estabilizar las condiciones materiales de la gente, generar más trabajo y fijar políticas que aumentasen el bienestar. Pero, más al contrario, se ha optado, una vez que el problema se manifiesta, por arrojar combustible al fuego, insistiendo en profundizar en las fórmulas económicas que más nos debilitan como sociedad. Ni siquiera la modesta propuesta del comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, de aportar un estímulo fiscal con el objetivo de generar crecimiento ha sido tomada en cuenta por el eurogrupo, en una decisión absurda.

Lo llamativo no es tanto que quienes están al frente se equivoquen como la ausencia de alternativa que ofrecen los partidos de oposición

Pero si en lo económico la ceguera es grande, en lo político no es menor. No han sido especialmente hábiles a la hora de afrontar discursivamente este malestar creciente: el Brexit (como ocurrió con el triunfo de Trump) parte de una muy mala gestión de los argumentos y de la elección de personas poco apropiadas para encarnarlos. En Francia está repitiéndose el error con la elección de Fillon como candidato de la derecha, y es de suponer que estas equivocaciones continuarán produciéndose en un contexto en el que los políticos del establishment pierden legitimidad y carisma frente a sus votantes.

Sin contrapoder

Pero frente a esta torpe gestión de las élites, nada aparece en el horizonte que pueda hacernos pensar en un cambio de rumbo. En este sentido, lo llamativo no es tanto que quienes están al frente se equivoquen como la ausencia de alternativa. La vieja socialdemocracia europea, el contrapoder típico durante estas décadas, se encuentra en retirada, y sus últimos líderes han contribuido a ello. Ni Hollande ni Renzi han variado un ápice la hoja de ruta trazada desde Bruselas, y tampoco las fuerzas socialistas de cada país se adivinan como una opción que pueda alterar el orden de las cosas.

No se adivina quién puede ejercer de oposición en España: todos los partidos están supeditados al PP o metidos en luchas internas

Es decir, que cuando el descontento que los dirigentes de la UE han creado comienza a estallar, de modo que incluso europeístas convencidos comienzan a pensar si a sus países no les iría mejor en solitario, no encontramos nada en el horizonte como alternativa salvo los populismos de derechas, que más que una resistencia real son una aceleración en clave nacional de las mismas fórmulas.

Leyendo el Marca

Sin embargo, esta ausencia de perspectivas no se da sólo en el plano europeo y el caso de nuestro país es ejemplar. Rajoy se ha pasado diez meses leyendo plácidamente el Marca esperando que sus oponentes se despeñasen, y cuando han llegado al grado adecuado de autoinmolación, se decidió a dar el paso adelante y a ponerse al frente del Gobierno. Lo malo es que parece que todo seguirá por el mismo camino: nuestro presidente recogerá la receta de Bruselas, la aplicará con el apoyo de sus teóricos adversarios, como Ciudadanos y PSOE, y volverá a sentarse a leer el Marca. No se adivina quién puede ejercer de oposición en los próximos tiempos: los de Rivera lo tienen muy difícil para sobrevivir a todo el tiempo que pasarán haciendo seguidismo del PP, como ha ocurrido con otros partidos centristas que se aliaron con el gobierno (los de Clegg y Bayrou, por ejemplo) y el PSOE bastante tiene con no hacer crack, cosa que le resultará difícil si acaban eligiendo a Susana Díaz como líder del partido.

Han puesto en marcha un nuevo congreso, que llaman Vistalegre II, con un único objetivo, apartar del camino a Errejón y los suyos

Sí, quedaría Podemos, pero eso sí que es un caso aparte. Son el único partido europeo de izquierdas que ha logrado generar esperanza en su estrato ideológico: todo apuntaba a que iban a consolidarse como una fuerza sólida de oposición, al menos situándose como segunda formación nacional, y como el partido que podría enseñar el camino a sus afines continentales, porque tenían la fórmula para pasar de la irrelevancia al papel protagonista. No ha sido así, y nada indica que lo sea en el futuro cercano. Si el PSOE anda en estos momentos enredado en sus peleas internas, Podemos ha decidido, como mejor manera de aprovechar el hueco que dejaban los socialistas, hacer lo mismo.

En algo os habéis equivocado

Han puesto en marcha un nuevo congreso, que llaman Vistalegre II, con un único objetivo, apartar del horizonte a Errejón y los suyos. Y no es una exageración, sino que es una consecuencia de la lógica interna que ha determinado el partido desde que comenzó su andadura, ese “conmigo o contra mí” que ha marcado a su líder. La noche de las segundas elecciones generales debía ser el inicio de la reflexión, de valorar qué se había hecho mal. Porque en algo no se había acertado: si en un contexto de crisis económica, con las clases populares y las medias debilitadas, con un partido en el poder azotado por la corrupción y abandonado por parte de los suyos a causa de su gestión de la crisis, y con los socialistas a punto de implosionar, todo lo que consiguieron fue convertirse en el tercer partido, y eso tras diversas alianzas, es que se equivocaron seguro.

Si van a seguir por el mismo camino, deberían dejarlo. En serio. No necesitamos más gente peleándose, como el PSOE o Podemos, por el poder interno

Pero en lugar de abrir esa reflexión prefirieron iniciar la guerra, porque Iglesias pensó que la culpa del fracaso era de Errejón, y este tenía claro que la culpa era de Pablo. De manera que cuando, con la pelea del PSOE, podían ganar de rebote aquello que les habían negado las urnas, se dedicaron a la confrontación pública en clave interna. El resultado será el fin político de los errejonistas, la conversión de su líder en una figura decorativa, y la profundización en la decadencia de Podemos. Pero la operación para acabar con Errejón va más allá de la persona que lo encarna, es la prueba más palpable de la ineficiencia de las organizaciones políticas actuales y de su incapacidad para gestionar el capital humano y simbólico con el que cuentan. No es un problema de Podemos, es generalizado.

Momento histórico

De manera que ahí estamos, con unos dirigentes que hacen todo lo posible para que crezca el descontento social y con ellos los populismos, y unas fuerzas de oposición que se empeñan en no ocupar el lugar que les correspondería. Pero hay algo que quizá no entiendan: estamos en un momento histórico de urgencia, ese en el que Europa puede ir hacia un lugar o hacia otro, y están poniendo todo de su parte para que nos dirijamos hacia el peor destino. Estamos inmersos en un escenario de cambios acelerados, instigados por las finanzas y la tecnología, a los que hay que darles respuesta. Hace poco Stephen Hawking señalaba que vivimos un momento crítico para la historia de la humanidad, y que nuestras élites no están a la altura.

Es cierto, y es incomprensible que gente como Schaüble (y tantos otros) sigan luciendo orgullosos su legendaria miopía social, pero todavía se entiende peor que esa misma estupidez esté presente en quienes deberían plantar cara para que tengamos un futuro mejor. Si van a seguir por el mismo camino, la única salida real es dejarlo. Deberían irse: el momento histórico exige respuestas a la altura, y no gente que, como la del PSOE y la de Podemos, está pensando en términos de quiénes ganarán sus congresos. Vendrán otros, habrá otras posibilidades, que siempre serán mejores que esta situacíon de taponamiento. Si todo lo que se les ocurre es pelearse entre ellos en lugar de escuchar a la gente, es que no han entendido nada. Ni de la política, ni de la economía, ni de nuestra sociedad.

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