Sed sinceros: este Podemos viene bien a (casi) todo el mundo

La campaña francesa alerta de una nueva realidad política global que en España carece de correspondencia: nuestro partido populista quiere ser el nuevo PSOE

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante el debate en el pleno del Congreso de las enmiendas a la totalidad del proyecto de Presupuestos. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante el debate en el pleno del Congreso de las enmiendas a la totalidad del proyecto de Presupuestos. (EFE)

La campaña electoral francesa es un buen reflejo de las fuerzas políticas del nuevo mundo, ese en el que hemos entrado casi sin darnos cuenta. Como subrayaba ayer Macron, un poco dolido, quizá porque esperaba otra cosa, y porque vio cómo en el debate Marine le pegó un par de viajes inesperados (más de lo que la prensa del 'establishment' quiere reconocer), Francia no se ha levantado contra el fascismo, el nacionalismo y la xenofobia del Frente Nacional: “No ha dicho no pasarán”. Quizá Macron esperaba algo similar a lo ocurrido con Jean-Marie, y que hubiera manifestaciones continuas y masivas pidiendo el voto contra Le Pen, pero lo que ha constatado es que esa urgencia enorme que se vive en los medios y en las redes tiene poco reflejo entre la población común. Está asumido que el Frente Nacional es una opción, hay parte de los franceses que entienden además que sería buena, otros que creen que en esta segunda vuelta se han visto obligados a elegir entre lo malo y lo peor (y algunos piensan que lo peor no es Le Pen), y el miedo que sienten los medios y las instituciones ya no es vivido igual por la gente de la calle. Marine perderá las elecciones, pero no es vista unánimemente como un riesgo para el sistema y para la vida en común, como sí lo fue su padre.

Macron quiere cerrarlo todo: las fábricas, los hospitales, las comisarías...Nosotros solo queremos cerrar las fronteras

En todo caso, la experiencia Le Pen, sumada a la de Trump y el Brexit, con las que comparte muchos elementos, subraya cómo el gran eje de la política actual ha girado. De una parte, uno o los dos partidos turnistas han perdido enorme peso social; de otra, el eje discursivo gira alrededor de los efectos de este liberalismo globalizado que tantos perdedores está dejando. Todas las medidas del populismo son de resistencia, de poner palos en las ruedas: cierre de fronteras, proteccionismo, moneda propia, etc. La frase de Marine Le Pen en el debate resume bien este espíritu: “Macron, usted dice ser muy abierto, y aspira a una sociedad abierta, pero en realidad quiere cerrarlo todo: las fábricas, las escuelas, los hospitales, las comisarías… Nosotros solo queremos cerrar las fronteras”.

Mientras tanto, en España

España vive un poco ajena a todo ese maremágnum antisistémico: aquí no hay proteccionismo, ni nacionalismo estatal fuerte (salvo los periféricos), ni tampoco xenofobia. Y, si somos rigurosos, tampoco populismos. Podemos hoy no es populista, sino un partido típico de izquierdas, cuya estrategia consiste en proponer lo mismo que el viejo PSOE, pero más. Si el PSOE propugnaba un Estado federal, Podemos quiere uno plurinacional; si en Ferraz decían ser feministas, ellos mucho más; si eran ecologistas, ellos tienen grandes planes de desarrollo para la energía solar y eólica; si los socialistas decían defender a los emigrantes, ellos más que nadie, y si hace falta van a los CIE a demostrarlo. No hay populismo en sus propuestas: simplemente apuestan por un mayor Estado de bienestar y por más apertura (respecto de los nacionalismos periféricos, de las cuestiones de género y de los emigrantes), un programa típico del liberalismo de izquierdas.

La moción de censura es irrelevante, pero contribuye a hacerles más visibles, a cohesionar al partido y a presionar al PSOE

Al posicionarse así, la consecuencia evidente es que debe competir con el partido que estaba situado en esa posición. Es decir, precisa que el PSOE sea borrado del mapa como partido de mayorías. Esta es también la jugada obvia tras la moción de censura y la manifestación convocada para el 20-M. Ambas cosas, igual que el 'tramabús', están pensadas para dar visibilidad al partido. Su fondo político es irrelevante, pero generan una excusa para seguir marcando los debates y, sobre todo, para dar fortaleza a una formación débil. Necesitan recomponerse y cerrar filas, y estas cosas ayudan, al tiempo que contribuyen a debilitar al rival, el PSOE. Son más visibles, algo en lo que se han especializado, aunque eso no genere réditos a la hora de ganar más adeptos.

No son populistas

Podemos no es Le Pen. Obviamente, porque sus programas son distintos, pero también porque cuentan con un grado de amenaza mucho menor. Son el tercer partido, después de varias confluencias y la alianza con IU, y no tiene pinta de que lleguen nunca a gobernar. En los últimos tiempos han puesto el punto de mira en el PP y en la corrupción, y en sus discursos apenas hablan de la financiarización, ni de los perdedores de la globalización, ni de los puestos de trabajo que se han esfumado por las deslocalizaciones; tampoco quieren salir del euro; y nunca mencionaron la república socialista española. Sus propuestas son acabar con la trama y sacar al PP de La Moncloa.

Wall Street y una red de 'hedge funds', millonarios y dueños de medios tienen el poder real, y el arte de estar en política es reconocer esto como un hecho

Pero, si es así, ¿por qué tanta insistencia en Venezuela, en lo que nos espera si gobiernan, en el Estado totalitario al que nos conducirían? Por algo evidente: porque les viene bien a (casi) todos, empezando por el PP. Si a Podemos estas estratagemas les sirven para señalarse como la fuerza real de oposición, a los populares tener un enemigo que puedan vender como pavoroso les resulta muy conveniente. Podemos ha jugado un papel tremendamente útil en los últimos meses a la hora de unir al 'establishment', de poner a Ciudadanos y sobre todo al PSOE, un partido que podía tener muchas más resistencias, del lado del PP. En las mismas elecciones, los de Iglesias fueron el fantasma que agitaron los populares para conseguir que sus votantes no se quedasen en casa. Y las elecciones hoy, como hemos visto en tantas ocasiones y veremos en Francia el próximo fin de semana, no suelen ganarse mediante la exhibición de las bondades propias, sino subrayando la maldad del adversario. Esa misma lógica persiste.

Tener un plan

Como asegura Varoufakis, o Paul Mason, o ambos (o toda persona que entienda un poco nuestro sistema), “los políticos electos tienen poco poder; Wall Street y una red de fondos de cobertura, multimillonarios y dueños de medios de comunicación son los que tienen el poder real, y el arte de estar en la política es reconocer esto como un hecho de la vida y lograr lo que se pueda sin crear disrupciones en el sistema. Esa es la oferta”. Hacer política real consiste en tener esto en cuenta y, si se es de izquierdas, o incluso de la derecha populista, contar con un plan para hacer frente a esta situación. Podemos no lo tiene, ni está trabajando en ello, que diría Aznar. De modo que si en alguna improbable ocasión llegaran a gobernar España, solos o en coalición, los resultados no serían muy distintos de los de Portugal: un Ejecutivo de izquierdas que cumple con los planes que les trazan desde Bruselas y desde las instituciones internacionales. Mientras tanto, cumplen su función para el PP y para ellos mismos: animan el panorama mediático, ese del que se quejaba Macron que tenía poca penetración entre la gente, quizá cansada del espectáculo y necesitada de una realidad que, por una vez, les favorezca.

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