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TRIBUNA

El cambio de la Constitución

El 30 aniversario de la Constitución de 1978 se produce en un momento en el que se ha abatido sobre España una crisis económica de proporciones
Tiempo de lectura5 min

El 30 aniversario de la Constitución de 1978 se produce en un momento en el que se ha abatido sobre España una crisis económica de proporciones inusitadas, que ha oscurecido momentáneamente nuestra propia crisis política y constitucional, derivada en gran medida de un defectuoso modelo constitucional, ensalzado y casi sacralizado, sobre todo por sus patrocinadores y beneficiarios, que no son precisamente los ciudadanos y contribuyentes. Por ello, conviene apelar al cambio constitucional, si de verdad se pretende situar a España en la plenitud democrática y sacarla de la ciénaga de ineficacias y abusos en que se ha convertido, en demasiados casos, el ejercicio de los poderes públicos.

La Constitución actual nació en una época de grave crisis económica, producto de la primera subida del petróleo de 1973, y también de convulsiones políticas en la Península Ibérica: Portugal estaba inmersa en la llamada Revolución de los Claveles, iniciada en abril de 1974, y en España, en 1975, había muerto el general Franco, dejando intacto su régimen político, entre cuyas previsiones se encontraba la restauración de una monarquía dinástica en pleno siglo XX. El país, por razones evidentes que no es necesario repetir, era un desierto político en el que aparecían algunos balbuceos favorables al cambio democrático, muy poco estimulados por los actores del momento.

Por su parte, las grandes potencias internacionales, los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania, que habían sostenido y tolerado la dictadura en España, observaban con inquietud los sucesos de Portugal y decidieron, una vez más, tutelar el proceso político español, evitando un proceso constituyente y apoyando a la monarquía como representante genuina de los poderes reales del país. Este objetivo se complementó con la presencia de unos partidos políticos y sindicatos, cuyos escasos medios humanos y materiales serían compensados con unas normas favorables para su fortalecimiento y abundantes recursos públicos.

En junio de 1977 se eligieron unas Cortes, que respondían básicamente al esquema planteado y que no tenían carácter constituyente, porque esa previsión jamás se contempló. No obstante, elaboraron una Constitución para legitimar y ordenar el nuevo régimen político, la Transición, que fue otorgada por el Rey y entró en vigor el 29 de diciembre de 1978. Esa Constitución era un texto formalmente democrático, construido con la agregación de materiales de diferentes constituciones, la republicana de 1931, la Ley Federal de Bonn de Alemania, la de Austria y alguna otra; pero, aparte la formalidad democrática, el objetivo principal era organizar el poder en beneficio de sus autores: la Monarquía, los partidos políticos presentes en las Cortes y los nacionalistas burgueses de Cataluña y País Vasco.

Las características singulares del proceso constitucional de 1978, que estaba trufado de prevenciones y prejuicios, alumbraron un orden político-constitucional que contenía una gran carga defensiva de sí mismo y de quienes habían coadyuvado a su creación, desdeñando el fortalecimiento educativo y cultural del país para dificultar el sentido crítico que es connatural con una sociedad desarrollada.

Como muestra de esa carga defensiva, la Constitución establece unos mecanismos muy exigentes para su reforma hasta el punto de hacerla extremadamente difícil o imposible. Esa falta de flexibilidad, que pudo ser explicable en su momento, es poco congruente con el dinamismo exigible a todo marco político, con mayor razón si éste es producto de una coyuntura excepcional.

Consecuencia también de esa actitud defensiva es la importación de una institución de la Constitución de Alemania, que es la moción de censura constructiva, que resta viveza y agilidad al Parlamento en su función fiscalizadora del Gobierno. Este esquema, además, se ha trasladado a todas las instituciones representativas tales como Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, de forma que se produce inevitablemente la oligarquización del ejercicio del poder público.

En coherencia con la batería de disposiciones defensivas, tanto los preceptos constitucionales como las leyes electorales que provienen de ellos otorgan a los partidos políticos el dominio casi absoluto de los procesos, lo que supone en la práctica situar el poder real en las minorías que gobiernan y dirigen los partidos. Parece claro que estas no son las mejores recetas para promover el pluralismo y la participación ciudadana en la vida pública, teniendo en cuenta la escasa densidad de la sociedad civil en España.

Son solo unos breves apuntes de circunstancias que indican, a mi juicio, algunas de las causas del declive de nuestra vida pública y el conformismo o inhibición de los ciudadanos. Y no olvidemos que el desapego de éstos abre paso franco al aislamiento de los poderes públicos y del propio régimen político en su conjunto.

Cualquier proyecto encaminado a la plenitud  democrática debería contemplar y analizar las realidades expresadas, cuya superación habrá de pasar por una reforma importante de algunos aspectos del actual orden constitucional y de la legislación electoral.

Después de treinta años hay razones suficientes para pensar que el progreso político de España, y su propia supervivencia como Estado, demanda un marco más flexible y permeable a la realidad social, que defienda con energía los principios de solidaridad e igualdad entre los españoles, sin que ello sea incompatible con la superación de la dialéctica del enfrentamiento irreductible, muchas veces frívolo y artificioso, aplicando la inteligencia política que parece exigible a quienes se postulan para desempeñar el poder público.

#8
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Y aprovechando la crisis economica,no seria buen momento para plantear al pais la disolucion de las autonomias y todo lo que nos roban?
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#7
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Señores me encanta la complacencia y desde luego es algo muy pacifico.
Pero poco constructivo, para un tema como el que ustedes están analizando con una superficialidad como la del mismo articulo.
Pero que se puede esperar de una sociedad, inculta, dada a la demagogia fácil, a la dependencia política de los partidos, en la que los intelectuales o académicos, son unos auténticos manipuladores.
Pedir con 30 años un cambio de Constitución, es un llamamiento poco menos que inoportuno, por ser suave con el autor del escrito, además de que su exposición es torticera y desinformadota,
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#6
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Un buen artículo, D. Manuel Muela.
Pero...
¿cómo se puede cambiar este régimen, con la rigidez constitucional que existe?
¿Cree que los actuales diputados de lista, con obediencia a su jefe, no a sus electores, pueden formar esa mayoría cualificada para poderla cambiar?
A muchas personas nos encantaría saberlo.
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#5
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No puedo estar más de acuerdo. Sólo añadiría que si además las primeras leyes que desarrollaban cuestiones capitales como la LOTC o la LOPJ dejaban algún área de poder a la oposición o a otros grupos sociales que no fuesen necesariamente diputados y senadores, se han ido eliminando: me refiero a cosas tan insensatas como la supersión del recurso de inconstitucionalidad previo o la elección de los miembros por el CGPJ en una interpretación de la Ley que nada tiene que ver con lo que dice el 122.

No hay ningún fundamento material para que el Poder Judicial tenga su propia Administración (tal que no forme parte de la general del Estado) y autonomía presupuestaria pues si el Estado es esencialmente poder (y organización) y sin dinero no hay poder (ni organización), entonces sin dinero, tampoco hay un Poder Judicial digno de tal nombre realmente.

Gran artículo el suyo, por lo demás.
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#4
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Totalmente de acuerdo con el artículo. La transición fué algo nefasto que derivó en esta Constitución, que es la base de este sistema partitocrático, coronado y corrupto. Urge una reforma de la Constitución en profundidad. Es fundamental que tengamos una república prsidencialista con elección a dos vueltas y limitación a dos mandatos, nuestro presidente, tendría poderes y legitimidad para poder hacerlos efectivos, al tener el mandato directo de los ciudadanos. La monarquía, es algo inutil, costoso, anacrónico y profundamente antidemocrático, que impide que los ciudadanos puedan elegir directamente a su máximo representante. Tenemos actualmente, un sistema corrupto de partidos políticos, que se alejan cada vez mas de los ciudadanos y que en realidad, se han colocado en agencias de colocación de simpatizantes y militantes, allá donde tengan una parcela de poder. Es evidente que las oligarquias de los partidos son las que realmente mandan. Por eso, esta democracia es un oligopolio de unos pocos partidos, en el fondo, una dictadura coronada de partidos políticos en la que se hurta a los ciudadanos el poder elegir directa y libremente a su máximo representante. Encima,listas cerradas.
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#3
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Un excelente texto, D. Manuel.

Lo que sucede es quye ya es hora de empezar a denunciar la gran mentira de la Transición: esto no es una democracia. Así nos va.

Saludos
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#2
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Excelente análisis histórico que permite entrever la actual situación política (se apunta pero no se perfila), pero no se concreta lo que el título del artículo sugiere: el cambio constitucional.

Por eso aprovecho la oportunidad y propongo unas medidas sencillas que darían un vuelco a este régimen estado cuasi terminal:
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#1
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Como la política es el arte de lo posible, se hizo lo que se pudo, que no era mucho. Pero, ¿había otra manera para que las Cortes franquistas se suicidaran como lo hicieron?

Ahora, la reforma. Avanzar hacia una mayor democracia. Pero ¿cuál es el camino? Los movimientos centrífugos esperan su oportunidad para arrimar el ascua a su sardina. Demasiado poco, frustrará a todos. Si nos excedemos, podemos acabar como cantones, como suizos pobres. Se necesitaría grandes políticos, hombres y mujeres, que aglutinaran de alguna manera todas las aspiraciones y las conciliaran. ¿Dónde están? Yo, por desgracia, no los veo. Solo una clase política que aspira a ir tirando.
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