Jueves, 6 de junio de 2013

Fernando Rodríguez Prieto*

TRIBUNA

El problema minero en España y sus paradojas

14/07/2012 TAGS  >

España

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Verdaderamente, cuando uno contempla la actualidad española comprueba que la realidad puede superar cualquier fantasía. Un Gobierno que, al parecer, es de derechas no hace otra cosa que subir impuestos hasta niveles escandinavos para mantener un sector público hipertrofiado, a costa de la economía productiva y de unos ciudadanos cada vez más sufridos. Y la izquierda critica esa subida de impuestos. Los papeles aparecen así invertidos respecto a la legislatura anterior, sin que ninguno de los partidos mayoritarios parezca sufrir en exceso por su falta de coherencia. Ese aplauso alegre, y hasta entusiasta, de la bancada popular a las nuevas medidas que violaban todas sus promesas electorales es todo un símbolo del sistema.

Con el problema de la minería y las movilizaciones de los mineros encontramos también bastantes aspectos paradójicos. Es evidente que la izquierda ha encontrado una bandera de la que seguramente estaba necesitada, y no es extraño que apoye las movilizaciones de unas personas que luchan por el mantenimiento de sus condiciones de trabajo amenazadas. Sin embargo, una mirada más detenida nos descubre algunas anomalías. Como siempre, conviene situarse en una perspectiva histórica.

El mundo de las minas en España siempre ha sido peculiar. Aunque mayoritariamente deficitarias desde hace bastantes décadas, sus trabajadores han sentido tradicionalmente un fuerte espíritu colectivo de solidaridad y de combate por sus intereses, en el que la izquierda se ha querido ver reflejados sus valores y aspiraciones. Incluso durante el franquismo, en años de fuerte represión, hubo importantes huelgas en el sector. La dictadura sabía que tenía allí un punto débil, y tal vez por eso quiso tratar de neutralizarlo con altas retribuciones. Es verdad que se trataba de un trabajo muy duro, y que casi condenaba a una muerte temprana por silicosis. Sin embargo, con el tiempo, los avances técnicos y en prevención fueron mejorando esas condiciones, sin que las ventajas de los altos sueldos y las tempranas jubilaciones sufrieran por ello merma.

Los diversos gobiernos democráticos no quisieron alterar sustancialmente ese status, a pesar de que la apertura comercial iba haciendo al sector cada vez más deficitario. Sin embargo, sí se inició un proceso de redimensión del mismo favorecido con fuertes ayudas públicas. Desde el año 1990 hasta hoy, el número de mineros activos ha pasado de unos 45.000 a alrededor de 5.400. Y durante ese periodo las ayudas y subvenciones para el mantenimiento y la reconversión del sector ascendieron a unos 24.000 millones. Para darnos cuenta de la magnitud de esa cifra, basta con recordar que los recortes que en 2010 hundieron la popularidad de Rodríguez Zapatero se quedaron en unos 15.000 millones. En primer lugar no se trata de un puro "movimiento obrero" en el sentido tradicional, pues a la cabeza de la movida están también los empresarios del sector. Si en cualquier industria empleadores y empleados suelen tener intereses contrapuestos, las cosas parecen cambiar cuando la rentabilidad está basada en la captación de subvenciones

En el curso de los acontecimientos intervino decisivamente la exigencia de la UE de que no quedaran explotaciones subsidiadas para 2019, con una reducción progresiva de las ayudas máximas permitidas. En una situación ya de clara recesión y reducción de recursos públicos, el Gobierno anterior envió a Bruselas una "hoja de ruta" negociada con los diversos agentes del sector, que trataba de apurar esas limitaciones, con un mantenimiento de las subvenciones cerca del máximo permitido. El PP, sin embargo, al llegar al poder, plantea una modificación de la hoja de ruta, con una importante reducción de las partidas presupuestarias de apoyo al sector. Y es entonces cuando se desata un conflicto con unos rasgos bastante sui generis.

Los empresarios del carbón, a la cabeza

En primer lugar no se trata de un puro "movimiento obrero" en el sentido tradicional del concepto, pues a la cabeza de la movida están también los empresarios del sector. Si en cualquier industria empleadores y empleados suelen tener intereses contrapuestos, las cosas parecen cambiar cuando la rentabilidad de la actividad está basada en la captación de subvenciones públicas. Los intereses, entonces, se hacen coincidentes. Si, por una parte, los trabajadores han gozado de salarios altos y jubilaciones privilegiadas, se dice que, por otra, por ejemplo, el mayor empresario del sector ha recibido alrededor de 2.000 millones en subvenciones.

El alcance de esas ayudas para el mantenimiento del sector no parece estar fundado en racionalidad económica alguna. Si en 2011 alcanzaban unos 855 millones, un sencillo cálculo matemático no da unos gastos de unos 157.400 euros por cada puesto de trabajo. Una cifra obviamente superior a sus retribuciones reales. Y tampoco se reduce tanto dicha cifra con las citadas modificaciones en presupuestos.

Sin embargo, esa clara "discriminación positiva" de este sector respecto de otros, al ser privilegiado por ingentes ayudas públicas, no ha disuadido a gran parte de la izquierda a irse de ‘Marcha negra’. Incluyendo, por supuesto, a famosos personajes siempre dispuestos a desplegar pancartas en defensa de subvenciones propias y ajenas.

En ese movimiento izquierdista están también muchos ecologistas, a pesar de que el producto de esa actividad, el carbón, es una fuente térmica altamente contaminante, causante de lluvia ácida y con efectos contrarios a los propugnados por los defensores de energías alternativas. Es como si Greenpeace se manifiesta contra el cierre de las factorías balleneras.

Reciclar las cuencas mineras

Hay otro apunte histórico interesante. Los planes de reciclado de esa actividad económica que buscaban el objetivo de que nuevas industrias sustitutorias se establecieran en esas localidades mineras han resultado en general un completo fracaso. Lo cual, si se piensa un poco, era perfectamente previsible. No parece que una zona con mano de obra acostumbrada a altos salarios, de tradición reivindicativa y no especialmente cualificada sea lo que más pueda atraer a inversores y emprendedores. Puede gustar o no, pero así funciona un libre mercado de capitales.

Lo que nos lleva a plantearnos cuál puede ser el futuro de las zonas mineras. En países mucho más ricos que el nuestro es habitual la imagen de pueblos abandonados en antiguas zonas mineras. Prueba de que la dificultad de adaptar éstas a nuevas actividades económicas no existe sólo aquí. Sin embargo, desde hace mucho tiempo, en España está extendida la convicción de que la Administración, es decir los contribuyentes, tienen la responsabilidad de conseguir esa meta casi imposible.

También en este ámbito se quiere jugar con una idea hipertrofiada del concepto de derechos adquiridos. A partir de ella, el empeño de los mineros en mantener su estatus es perfectamente comprensible. Hace muy poco leí un tweet en el que una aguda e ingeniosa autora decía comprender perfectamente su lucha, pues ella misma "por ese sueldo y es jubilación, mataría". Lo que no se comprende tan bien es que la defensa de una posición tan privilegiada como antieconómica dentro de una actividad contaminante y sin futuro, y en una situación de crisis generalizada y de escasez de recursos públicos, haya sido asumida con ese entusiasmo por gran parte de la izquierda. Probablemente los antiguos clichés sentimentales de las épicas luchas obreras históricas tengan mucho que ver en eso.

No quiero concluir sin plantear un problema jurídico-económico de calado. Al anterior Presidente se le han reprochado, con fundamento, los vaivenes en sus políticas de apoyo a las energías renovables. Concretamente, los cambios legislativos respecto a las llamadas granjas solares. En un momento dado, los responsables se dieron cuenta de la equivocación y el derroche de recursos que suponía la regulación existente, y procedieron a cambiarla incluso con efecto retroactivo. Se ha dicho que el daño que ello supuso, no sólo a los inversores sino también a la confianza y a la imagen del país como destino seguro de futuras iniciativas empresariales, fue bastante mayor que el que se trataba de paliar. Pues, efectivamente, la estabilidad de los marcos regulatorios, de las reglas del juego y, en definitiva, la seguridad jurídica, son valores imprescindible en cualquier país que quiera asegurarse un futuro en esta economía globalizada.

Ese mismo argumento se está utilizando con el problema minero. Aunque es cierto que la llamada hoja de ruta no tenía el mismo valor normativo, también lo es que las expectativas suscitadas han podido ser determinantes para inversiones realizadas en este sector. Frente a ello, se ha dicho que no es lo mismo el impulso a un sector con futuro que a otro casi condenado, que la alta dependencia de subvenciones públicas ya suponía un factor de riesgo que debía haber sido asumido por los inversores, y que los errores de políticas que supongan altos costes a los contribuyentes no pueden pesar como una losa que impida su rectificación. A pesar de esas razones, no deja de haber muchas semejanzas entre ambas situaciones. Dejo, sin más, este problema planteado a nuestros inteligentes lectores.

*Fernando Rodríguez Prieto es coeditor de ‘¿Hay Derecho?’ y notario de Coslada.

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COMENTARIOS

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14sofocles1111 15/07/2012 | 20:57

#10 Si les quieren pagar sin trabajar, me parece inmoral.
Los mineros no luchan por los señoritos, son obreros y luchan por un puesto de trabajo. Los vividores los mantienen quien los vota.
En cuanto al trabajo más duro, se conoce q nunca lo vió y se limitó a leer en diarios y novelas las aventuras de la mina. Y q le conste q se q la construcción es muy dura. Pero los obreros de la construcción están en casa esperando q los del trinque les lleven un trabajo.
Y tb estoy de acuerdo con lo de las dos españas, una la de los trabajadores y otra la de los políticos del trinque con toda su parafernalia.

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13sofocles1111 15/07/2012 | 20:49

#8 Cierto es q el carbón no es competitivo, pero por esa regla de tres no tenemos ningún mercado competitivo, lo importamos todo de China y cerramos todas las Empresas.

Los mineros lo q queren es un puesto de trabajo y un futuro para las comarcas mineras, allí no hay nada de nada y entre todos los políticos y sindicalistas se trincaron todas la ayudas y lo dejaron todo como un solar.

Si tienen firmadas ayudas hasta el 18, tendrán q cumplir los compromisos. En Hunosa hay 18.818 ahora y en el 18 se calculan unos 700.

Son los únicos obreros q reclaman un puesto de trabajo y luchan por el, el resto de los trabajadores están esperando en casa de los políticos del trinque los coloquen.

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12sofocles1111 15/07/2012 | 20:30

#6 Ya dije q los mineros no gestionan ni gestionaron ningún tipo de ayuda.

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11McEwan 15/07/2012 | 13:28

#7 Muchas gracias por sus insultos, en este pais cuando se sustituyen los argumentos por insultos casi seguro que has puesto el dedo en la llaga.

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10McEwan 15/07/2012 | 13:25

#4 Usted me da un argumento mas de por que hay que cerrar los pozos, yo propongo darles 50.000€ por no hacer nada y los señoritos a la calle.

Lo que no entiendo es por que los mineros defienden a los señoritos, lo que no entiendo es por que tanto ciudadano pide a grito pelado que se gaste mas y mas dinero improductivo, y solo encuentro una explicacion, miles, no, millones viviendo de la gran teta, del PP, del PSOE, sindicalistas, artista, etc.

Y en cuanto al tema lacrimogeno de lo duro de la mina, pues mire, yo conozco el sector de la construccion, millones de obreros han sido tirados como cucarachas a la calle con el aplauso de muchos, gente que actualmente estan en la miseria o trabajan 50 horas semanales por menos de 1000€, los afortunados que aun tienen trabajo.

¿Que pensara un albañil, un fontanero, carpintero, instalador, etc que a veces tiene que ir a casa de su madre para que les dé de comer, hecho real, de toda la parafernalia seudo progre con que nos hemos merendado estos dias?

Sin lugar a dudas cada vez mas hay dos españas, la de los nuevos señoritos vividores de lo publico y la del mundo real, la que paga y calla, como diria el progre.

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