Una profunda y eficaz ley de transparencia podría suponer la iniciativa legislativa más importante desde la consolidación de la democracia. Es algo raro lo que nos sucede a los españoles entre las democracias modernas: no existe una obligación general para las Administraciones y el Gobierno de transparencia, ni de responder informativamente respecto de su gestión frente a la ciudadanía. Sin duda, una cuenta pendiente importante de una Transición inacabada, un vestigio de impunidad que explica demasiadas cosas de la crisis española.
El proyecto para una ley de transparencia ha llegado al Congreso. Apenas ha tardado 34 años, evidenciando que el secreto ha sido una técnica inevitable para el poder en España, casi tanto como la impunidad. Veremos que la solidaridad fraterna entre secreto e impunidad ha anulado lo mejor que puede traer este proyecto normativo.
Para empezar, el proyecto ha esquivado hábilmente solicitar la opinión de los agentes sociales pues, a pesar de su transcendencia evidente, no ha sido remitido al Consejo Económico y Social. En cambio, sí se ha recabado un informe del Consejo de Estado y de forma añadida se anunció un correo electrónico para recibir propuestas de la ciudadanía, las cuales no se han hecho públicas. Un correo electrónico no es sinónimo de la capacidad de internet para posibilitar un debate abierto. Creo que alguien está siguiendo las irónicas recetas del socio-historiador Norman Cántor sobre cómo el Sistema puede derrotar a la confrontación: “Mantente al día en lo que respecta a cambios sociales, modas intelectuales, estilos. No te adocenes; usa la jerga nueva y (con moderación) lo que se lleve en cuestiones de ropa y de cabello”. Osea, un email.
Presido, si es que eso significa algo en red, una entidad que se llama Hispalinux y que integra a casi 8000 personas implicadas en la tecnología, como herramienta abierta y libre en la sociedad, y muy concienciadas de los nuevos modelos de Estado y ciudadanía que puede definir la tecnología que nos impongan. Hemos opinado ténicamente sobre la ley y para ello hemos pedido ayuda a algunos de nuestros miembros: economistas del Estado (y de fuera del estado), técnicos de la administración, abogados y al núcleo duro informático para que nos proporcionen unas propuestas y hemos llegado a una conclusión de partida y a cinco puntos fundamentales que suponen el test que configuraría una adecuada ley de transparencia.
Con el debido respeto, el texto actual no está maduro y, si no se modifica en profundidad, promete que las cosas seguirán mucho peor que antes, pues existiendo una Ley de transparencia o ésta sirve para contener la corrupción y el caciquismo 3.0 o servirá sólo para maquillarlas. Confiemos cautelarmente en el compromiso de reforma asumido por el Presidente y por todos aquellos que queremos que la situación cambie. Porque nos enfrentamos a una clase instalada (y sus familiares) para los que el bienestar del Estado es manifiestamente contradictorio del Estado del bienestar. Redes clientelares que escapan a cualquier control y que cuentan con la parálisis de legalidad y el miedo que sufre la Administración, el Poder Judicial y la clase política no corrupta. Sin transparencia no hay responsabilidad efectiva.
El texto actual no está maduro y, si no se modifica en profundidad, promete que las cosas seguirán mucho peor que antes, pues existiendo una Ley de transparencia o ésta sirve para contener la corrupción y el caciquismo 3.0 o servirá sólo para maquillarlasPrimero, el derecho a disfrutar de unos servicios transparentes y a acceder a la información pública no clasificada legalmente es un Derecho Fundamental de todo ciudadano y de cualquier órgano de la Administración. La Ley tiene que adoptar la forma de Ley Orgánica. Si no, esta norma será mera publicidad del poder.
Segundo, las Administraciones deben generar información relevante y suficiente para poder explicar su actividad corriente, concreta y los recursos materiales y humanos implicados. Estos umbrales de información deben determinarse expresamente. Asimismo debe posibilitar su accesibilidad con la suficiente anticipación y cantidad para permitir la participación de la ciudadanía y los agentes sociales que pudieran estar interesados. La información que se dé a los ciudadanos debe ser la misma con la que trabaja la Administración, no una información distinta generada para terceros.
En este sentido, el tipo de información a generar deberá adaptarse a cada Administración. Por ejemplo las intervenciones policiales que impliquen el recurso a la violencia deben ser grabadas, las reuniones de contratación administrativa deben constar en actas que sean públicas. Respecto al gasto público, en general, de los presupuestos, lo que interesa es la liquidación, que es algo bastante distinto del presupuesto aprobado y eso referido a poder responder a:
¿Quién gasta? (organismo gestor)
¿En qué se gasta? (Clasificación económica: personal, bienes y servicios, etc.)
¿Para qué se gasta? (Clasificación funcional: sanidad, enseñanza, administración, etc). La información debe permitir "cruzar datos". En todos los casos es imprescindible el listado de los perceptores de los gastos, no solo de los presupuestados, sino, también, de los liquidados. Los capítulos 4º y 7º, transferencias corrientes y de capital respectivamente, son de gran trascendencia, sobre todo en lo que se refiere a los perceptores.
Tercero, que esa información sirva, además, para su agregación, comparación y manejo conjunto con otras y que a su vez permitan conocer el funcionamiento del conjunto del sector público o sus partes: La información debe ser homologable, alcanzar umbrales operativos, conservar su trazabilidad, estar en formatos y sobre infraestructuras informáticas interoperables y abiertas.
Cuarto, Debe incluir obligaciones de información a las empresas, personas y entidades que contratan con las Administraciones Públicas. No sólo a las empresas que están participadas en más de un 50% por el Estado, como expresa el proyecto de ley. Una patología frecuente de muchos ex altos cargos es que después de ocupar su puesto y hacer los favores correspondientes es acogido en grandes y agradecidas empresas. Por ello el deber de información de la esfera pública debe incluir ciertas informaciones corporativas de las empresas que facturan millones gracias a ellas. No se puede permitir que ex altos cargos acaben en empresas de electricidad, telefónicas y demás que no sólo demuestran que han sido favorecidas por su actividad sino adquieren un vector de un sistema generalizado de clientelismo privado público que debe interrumpirse para la regeneración del país.
Quinto, a los efectos de equilibrar la obligación de transparencia, el derecho de acceso a la información pública con los derechos relativos a la privacidad de los datos de carácter personal y secretos oficiales se debe instituir un procedimiento judicial específico, de carácter urgente y sobre la base del principio a favor de la información y la presunción del buen derecho a la misma. El proyecto se libra de los jueces, o al menos los pone lejos, concibiendo otro organismo administrativo, designado por los políticos para los políticos, para arbitrar las diferencias que surjan en la aplicación de los derechos previstos en la ley.
Salvo que la norma no supere afirmativamente el cumplimiento de estos cinco puntos, y de momento no es el caso, estaremos bajo la misma estructura de impunidad, despilfarro en beneficio de los amigos e ineficiencia que es parte de la discrecionalidad de la Administración Pública y política de este país y sus versiones periféricas. Me permito recordar a Joaquín Costa, un regeneracionista más vigente que nunca, que con los muertos aún calientes por el desastre de 1898 se atrevía a afirmar que España había llegado a eso por culpa, en última instancia, del caciquismo y la corrupción. De toda esa afirmación lo único que ha sobrevivido es el caciquismo y la corrupción; la gente como Costa y la memoria de los muertos son alimento del tiempo. El resultado último de la ley de transparencia determinará si los partidos políticos de nuestro país han consumado, como protagonistas, un fracaso histórico, reincidente, radical y profundo.
* José María Lancho es abogado y presidente de Hispalinux.
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LA OPINIÓN DE LOS LECTORES
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COMENTARIOS
5elpagano 19/09/2012 | 22:20
Esto es lo que llamo yo claridad meridiana. En las próximas elecciones ya que no lo harán mientras gobiernen habrá que preguntar también si se aprueba o no una ley de transparencia en los términos que aquí se citan aunque solo sea para saber si este país es demócrata, porque yo, aunque los partidos que nos han gobernado hasta ahora se han servido de la democracia, todavía dudo si lo son en el mejor de los casos, porque la verdad, pienso que no lo son. España todavía no es un país democrático por mas que lo intente tapar la casta política que tenemos. Lo que no entiendo es como el Rey no pone orden en estos asuntos tan importantes, si no, ¿para que sirve la monarquía?
4manuels 19/09/2012 | 16:39
Brillante y certero.
De nuevo juegan con nosotros con el espejimo de una Ley de Transparencia, Acceso a la Información y Buen Gobierno.
Poniéndo el carro delante del caballo y añadiendo un Buen Gobierno que poco tiene que ver con la transparencia.
Primero el derecho fundamental,el derecho de acceso a la información pública [auténtico caballo y locomotora de la transparencia. Así se recoge a nivel internacional, vinculado al derecho a la información.
Al final un órgano que haga cumplir y promueva ese derecho. De forma similar a como lo hace la Agencia de Protección de Datos con el derecho a la protección de datos personales.
3cuerpo r 19/09/2012 | 13:42
Felicidades a José Mª Lancho por el magnífico artículo sobre la ley de transparencia,donde efectivamente,deden ser reflejados todos los gastos e ingresos de las distintas administraciones,y con la posibiliudad de acceso por parte de cualquier ciudadano,ya que la función específica encomendada,es gestionar y administrar
debidamente los dineros públicos.Es indudable,que el déficit descomunal que atraviesa España,en gran parte,ha sido a consecuencia del propio Estado e igualmenbte por las Comunidades Autónomas,con el agravante incluso de ocultar datos contrarios,al aplicar los gastos como ingresos,que a posteriori,cuando se ha tenido que enviar un informe fiable a la CE.,se ha descubierto el verdadero fraude.Por todo ello,y por las amplias razones que expresa el autor de éste artículo,una ley de transparencia de éste calado,es urgente y necesaria para un Estado que se considera democrático.
2Amigo Sancho 19/09/2012 | 09:28
Cuanta ingenuidad. A estas alturas, por favor, Sr. Landecho un poco de seriedad, déjese de bobadas y brindis al sol.
Hablar de reconstrucción de un régimen moribundo en descomposición, corrupto de la corona a los piés, o perorar sobre transparencia a las castas, políticas y económicas, beneficiarias del viejo régimen produce verguenza ajena.
Quizá no se haya enterado, o prefiera no verlo, la demolición del régimen de la corona de hojalata, del expolio impune y la miseria de un tercio, por ahora, de la población española está en marcha.
1Chemapa 19/09/2012 | 07:35
En España la ciudadanía está llegando al límite de lo soportable de esta partidocracia anti democrática, corrupta y corruptora, que solo incrementan impuestos, tasas, tributos,... pero no se reduce el número de políticos [tenemos 8.112 alcaldes, 65.896 concejales, 1.206 parlamentarios autonómicos, 350 diputados y 266 senadores, teniendo que añadir otro gran número colocados a dedo en mancomunidades, cabildos, diputaciones, consejos comarcales, empresas públicas o cargos de confianza que nadie conoce cuál es su número exacto] quienes son el verdadero cáncer del actual sistema, no los funcionarios. El mal de España es consecuencia de esta nueva casta dispuesta a retener a toda costa sus privilegios a cambio del reparto de la miseria entre los más desfavorecidos que se ha ido adueñando de todas las estructuras públicas. Un monstruo que representa el 12% de lo que producimos en salarios y otro 35% en forma de colocaciones y duplicidades administrativas.
Por ello, si queremos salir de la crisis, debemos adelgazar el número de instituciones y políticos que desangran las arcas del Estado con sus prebendas, elevados sueldos y beneficios [coches, dietas, viajes, complementos, …]