Martes, 23 de julio de 2013

Manuel Giménez Rasero*

TRIBUNA

España, el sector del automóvil y el Acuerdo de Libre Comercio UE-Japón

14/12/2012
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El pasado jueves 29 de noviembre el Consejo de Ministros de la Unión Europea dio luz verde a la Comisión para que negocie un tratado de libre comercio con Japón. Un acuerdo de este tipo permite la expansión del comercio entre las dos entidades -la UE y Japón- por la reducción o eliminación de aranceles para la exportación e importación de bienes y la adopción de acuerdos en materia de servicios. Tras esta negociación, los europeos pretendemos abrir las puertas del segundo mayor mercado del mundo, que han permanecido casi cerradas durante las últimas décadas y por las que sí han sabido entrar los exportadores estadounidenses o chinos.

La importancia de este acuerdo para toda Europa -y para España- es capital. Con las reglas del modelo económico global actual -ese de los mercados, los capitales, el comercio y la inversión-, la UE necesita exportar para garantizar su cohesión social y sobrevivir, una vez ha extenuado el consumo interno. El camino para ello, como están siguiendo todas las economías con vocación de potencia global, es la firma de acuerdos regionales de libre comercio.

Para que una política de este tipo tenga algún impacto perceptible en la UE, los acuerdos han de alcanzarse con economías suficientemente grandes. El problema es que, con la dimensión de la UE, el oxígeno que necesita sólo podría obtenerlo de la apertura hacia tres grandes mercados: China, EEUU y Japón. Como es evidente, cualquier posición que adopte la UE ante EEUU y China ha de comprender muchas más cuestiones ideológicas, políticas y culturales de las que un simple tratado de comercio puede abarcar, por lo que no representan opciones realistas. Otras alternativas, como Brasil y Rusia, no tienen tamaño suficiente y el esfuerzo necesario para alcanzar un acuerdo de libre comercio -que es mucho- no merece la pena. Ya nos ha pasado con Corea del Sur, una economía comparable a las anteriores con la que se ha suscrito acuerdo y cuyo impacto real ha sido residual. Japón es, por tanto, nuestra mejor –por no decir única- alternativa.

Sin embargo, la firma de uno de estos acuerdos sigue un proceso negociador muy complejo, costoso en tiempo y dinero. En el caso del acuerdo UE-Japón, las dificultades serán muy superiores a las habituales, tanto del lado japonés como del europeo.

Para la UE, desde un enfoque técnico, la redacción de este acuerdo es todo un desafío. La Unión ha estado acostumbrada a negociar con economías mucho más pequeñas y relativamente menos sofisticadas, donde las concesiones obtenidas han sido poco importantes. Para que nos entendamos, la UE abordaba las negociaciones consciente de que sus productos -más competitivos y reconocidos- serían bien acogidos casi con independencia de las condiciones del acuerdo. En este caso, Japón es una economía desarrollada, cuyo consumo agregado es del tamaño del chino (8-9% del total mundial), y cuya industria doméstica recibirá a los europeos con dura competencia. Corresponde a los técnicos de la UE gestionar la partida con inteligencia, ahora que no le han tocado las mejores cartas. 

El problema, es mucho más grave en España. La industria del automóvil ha sido la única beneficiada por la reforma laboral del gobierno. Se han suscrito algunos acuerdos de producción para Renault, Seat y Ford y un tratado de libre comercio con Japón las pondría en serio riesgo

Esta situación haría pensar que a la UE no le resultaría muy atractivo acceder a un mercado tan competitivo. La UE exporta menos a Japón que a otras regiones del mundo, quizá por esta economía supercompetitiva japonesa. Afortunadamente, esto no es cierto. Sabemos que hay otros países -principalmente, EEUU– que exportan a Japón con mucho más éxito que la UE. Paradójicamente, EEUU ha conquistado sectores que pasan por ser los puntos fuertes de la economía europea: productos orgánicos, investigación farmacéutica, maquinaria e industria aeroespacial. Ahí tenemos -o debíamos tener- nuestra punta de lanza.

Las cifras de negocio indican que la UE es más competitiva que EEUU en estos productos. De hecho, esta ventaja se manifiesta principalmente en China y Corea, dos economías de la zona geográfica cercana al ámbito de influencia japonés. Eso nos induce a concluir que nuestros productos son suficientemente competitivos. La única explicación para esta desventaja es que la UE ha decidido, por cualesquiera motivos, dirigir sus esfuerzos comerciales en otra dirección. En estas circunstancias, el acuerdo de libre comercio con Japón sería un golpe de timón muy apropiado.

Sin embargo, aunque Japón constituye la gran oportunidad para la UE, esto no sucede en la dirección contraria. Japón es un mercado con muchos pretendientes y ese es el segundo problema para la negociación. Como la UE, también China y EEUU están avanzando con mucha fuerza hacia la firma de acuerdos regionales con Japón. Tanto el proyecto de EEUU TPP (Trans-Pacific Partnership) como el chino (CJk o Acuerdo China-Japón-Korea) implican la firma de acuerdos que se extienden a toda una región, que triplicarían el potencial beneficio para Japón, que ganaría acceso a mercados con más vitalidad que el europeo. Si Japón llegara a firmar alguno de estos acuerdos en los próximos años, a buen seguro perdería interés en la UE. De ahí la importancia de actuar no sólo con eficacia, sino también con rapidez.

Existe un tercer problema que afecta, además, con especial violencia a España: el impacto de este acuerdo en la industria del automóvil. Este sector es el más sensible para la UE -incluso por encima de la agricultura-. Hoy, las exportaciones casi cuadriplican las importaciones. Incluso en vehículos de pasajeros, la UE tiene un superávit de más de 500 millones de euros anuales con Japón. Eso sí, Japón es un gigante del automóvil y la industria del automóvil teme una avalancha de coches japoneses tras la apertura de fronteras. Estos temores no son infundados.

La Asociación Europea de Fabricantes de Coches reclama medidas de protección sectorial, que serán mal recibidas por Japón. No sólo en términos económicos, sino también -y especialmente-  por la quiebra de credibilidad negociadora que supone. La UE corre un alto riesgo de sufrir un ataque de pánico que le lleve a adoptar posturas proteccionistas en la negociación o, peor aún, directamente a levantarse de la mesa de negociación. Los recursos de Japón para embarcarse en un proceso negociador son limitados y la posibilidad de encontrarse a una UE timorata y poco confiable es tremendamente inconveniente. Más aún cuando Japón está invitado a otras mesas en las que la oferta es mucho más ventajosa.

El problema es mucho más grave en España. La industria del automóvil ha sido la única beneficiada por la reforma laboral del Gobierno. Se han suscrito algunos acuerdos de producción para Renault, Seat y Ford y un tratado de libre comercio con Japón las pondría en serio riesgo. Sin embargo, no todo está perdido, ni mucho menos. El acuerdo que se firmara sería muy beneficioso para industrias en las que España tiene un enorme potencial: energías renovables, investigación farmacológica, industria aeroespacial y servicios. El reloj del acuerdo ha empezado a contar. Nos quedan cinco años para convertir esta amenaza en oportunidad.

Para la UE, un acuerdo con Japón será un balón de oxígeno. Para nosotros, podrá ser un sol naciente o una terrible patata caliente. En nuestras manos está; y avisados vamos. 

*Manuel Giménez Rasero es abogado en Areilza Abogados y profesor de Derecho de la Organización Mundial del Comercio en la Universidad Pontificia Comillas

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1CIUDADANO TONI 14/12/2012 | 18:18

Otro inconveniente que no hay que olvidar es la idiosincracia japonesa, muy nacionalista, sobre todo en el consumo. Allí, comprarse un coche alemán o un deportivo italiano "no mola", más bien te miran como un traidor. Los bancos no tienen participaciones de empresas, si no que son los conglomerados industriales los que tenen bancos. Pero hay sectores que no compiten con lo que ellos producen o no lo hacen suficientemente, que sí podrían entrar en el juego, como industrias agrícolas y pesqueras, y las nombradas en el artículo.

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