Lobos no tan solitarios

Los atentados de Boston y, hace pocos días, el asesinato de un militar en el sureste de Londres y el asalto armado contra otro militar francés
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    Los atentados de Boston y, hace pocos días, el asesinato de un militar en el sureste de Londres y el asalto armado contra otro militar francés en París han convertido en moneda de uso común la expresión ‘lobo solitario’. Sin embargo, el término se está empleando en muchos casos de manera confusa y, además -sin pretenderlo-, la machacona insistencia en publicitar esos atentados está autoalimentando el fenómeno.

    En los estudios de terrorismo la etiqueta ‘lobo solitario’ se utiliza para designar a individuos particulares que actúan de forma independiente, sin la colaboración de otras personas, de grupos informales o de grandes organizaciones terroristas. El lobo solitario constituye una figura anómala, pues habitualmente el terrorismo es una actividad colectiva. Pero a pesar de su singularidad no es un hecho exclusivo del salafismo yihadista. El terrorismo ácrata de finales del siglo XIX y principios del XX también contaba con sujetos que actuaban de forma aislada. Y lo mismo ha sucedido posteriormente con terrorismos inspirados en otras ideologías. Uno de los ejemplos más claros es Anders Breivik, el joven noruego que perpetró la matanza de la isla de Utoya en julio de 2011.

    Pero en todos los casos, el elemento diferenciador era precisamente la soledad de la militancia terrorista. Tanto de la ejecución del atentado en sí como de las fases previas, incluyendo en ocasiones hasta el mismo proceso de radicalización. Sin embargo, dicha soledad no se cumple ni en los atentados de Boston ni en el asesinato del militar británico en el distrito londinense de Woolwich. En ambos casos había al menos dos personas implicadas, por lo que referirse a ellos con el apelativo de 'lobo solitario', aunque atractivo desde el punto de vista mediático, resulta equívoco.

    Por otra parte, en el asalto, cuchillo en mano, de La Defénse está por ver el carácter solitario de la militancia. Tras detenerlo, las autoridades han declarado que el presunto terrorista estaba en contacto con círculos radicales en Francia. De confirmarse, es posible que este caso guarde cierta semejanza con el de Mohamed Bouyeri, que en noviembre de 2004 mató a tiros al director de cine Theo Van Gogh, y que, a pesar de hacerlo solo, formaba parte de un grupo informal de jóvenes radicalizados, denominado grupo Hofstad por la policía holandesa.

    El exceso de atención y la mitificación mediática de la figura del ‘lobo solitario’, corre el riesgo de alentar de manera indirecta la repetición de incidentes dramáticos similares a los de la semana pasada¿Y por qué el empeño en delimitar conceptualmente el término ‘lobo solitario’? No es una obsesión académica. Como decimos, el ejercicio solitario del terrorismo es un hecho anómalo y, por ello, tiene características propias. Destacan dos en particular.

    Primero. La proporción de trastornos psicológicos o psiquiátricos en los lobos solitarios es sustancialmente mayor a la que se da entre los terroristas que actúan en grupo. Y esos problemas mentales contribuyen a que en muchas ocasiones los potenciales terroristas llamen la atención antes de tiempo (a veces a través de internet), facilitando su detección y posterior arresto.

    Segundo. Trabajar solo ayuda a mantener el secreto hasta el último momento, pero tiene graves desventajas desde el punto de vista operativo. Hasta el punto de que hace muy difícil la ejecución de atentados terroristas complejos y altamente letales (en ese sentido, las acciones del noruego Breivik fueron una excepción histórica, no la regla). En los auténticos ‘lobos solitarios’ del terrorismo yihadista esta circunstancia ha venido jugando en su contra. Fascinados por los grandes atentados de Al Qaeda, se han embarcado con frecuencia en complots terroristas que excedían con mucho sus capacidades. Resultado: detección temprana, o heridas (seguidas de detención) al intentar fabricar los explosivos. Ejemplos de esto último: Nicki Reilly en Exeter (Reino Unido), en mayo de 2008, o Lars Doukajev en Copenhague, en septiembre de 2010.

    Sin embargo, los ‘lobos solitarios’ yihadistas han sido más eficaces cuando han optado por atentados más sencillos en su diseño y ejecución, es decir, utilizando armas blancas o de fuego contra víctimas desprevenidas. Por ejemplo, el apuñalamiento del parlamentario británico Stephen Timms por la joven radical Roshonara Choudhry en mayo de 2010 o el asesinato de dos norteamericanos en el aeropuerto de Fráncfort en marzo de 2011 por el kosovar Arid Uka. No obstante, ambas acciones terroristas tuvieron un eco mediático limitado, lo que motivó que los siguientes casos de lobos solitarios detenidos en Europa hayan seguido pensando a lo grande y, en consecuencia, que hayan fracasado en su propósito.

    La tendencia se alteró de nuevo en marzo de 2011 cuando Mohamed Merah, entrenado en Pakistán por el grupo kazajo Jund Al Khilafa, y en contacto con otros radicales en Francia -por lo que tampoco era un lobo solitario- mató a siete personas, tres de ellas niños, en Toulouse y Montauban. Por su especial atrocidad, así como por el prolongado asedio de su casa, las acciones de Merah sí que atrajeron la atención de los medios internacionales. Y de este modo se preparó el camino para que los miembros de células independientes con escasos recursos terroristas optaran por atentados más sencillos, pero impactantes emocionalmente. Así lo hicieron la semana pasada los dos individuos que, tras acuchillar al soldado británico, grabaron un vídeo con las manos manchadas de sangre, utilizando como telón de fondo el cuerpo sin vida de su víctima.

    Ni los ‘lobos solitarios’ (que son menos de los que afirman algunos) ni las células independientes representan una amenaza similar a la que planteaba Al Qaeda en la primera mitad de la década de 2000 –una Al Qaeda actualmente muy debilitada, entre otros motivos, por los ataques con drones. Sin embargo, el exceso de atención y la mitificación mediática de la figura del ‘lobo solitario’ corre el riesgo de alentar de manera indirecta la repetición de incidentes dramáticos similares a los de la semana pasada. Conviene evitar esa trampa.

    *Javier Jordán es profesor titular y director del Máster en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.

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