Un "Estado propio" para la casta catalana

En un artículo que escribí hace unos meses, llamaba la atención sobre la sorprendente falta de perspectiva en el análisis del fenómeno independentista. Tomando una cierta distancia, afirmaba,
Foto: Imagen del Parlamento de Cataluña. (EFE)
Imagen del Parlamento de Cataluña. (EFE)

En un artículo que escribí hace unos meses, llamaba la atención sobre la sorprendente falta de perspectiva en el análisis del fenómeno independentista. Tomando una cierta distancia, afirmaba, pueden identificarse fácilmente las similitudes de lo que ocurre en Cataluña con otros populismos europeos: la defensa de soluciones simplistas a problemas complejos, la búsqueda de enemigos externos, el desprecio de las reglas, etc. El independentismo catalán, con todas sus particularidades, queda perfectamente encuadrado en los movimientos que han crecido al calor de la crisis económica.

Igualmente sorprendente resulta la ausencia de un análisis 'materialista' del fenómeno, es decir, de los intereses económicos, de clase o de grupo social que se hallan en el trasfondo de la reivindicación de un “Estado propio”. Dicho análisis correspondería lógicamente a la izquierda catalana. Pero ésta, subordinada desde hace años al nacionalismo y completamente desarmada ideológicamente, ha asumido el relato idealista y romántico que sitúa al “pueblo” como impulsor y conductor del proceso independentista, y ha sido incapaz de ofrecer una interpretación realista y objetiva.

Pues bien, ¿cuáles son los intereses económicos y grupales que se esconden tras la retórica independentista? Vamos a intentar enumerar y describir someramente algunos.

Debemos destacar en primer lugar los de una clase política formada por miles de parlamentarios, alcaldes, regidores, consejeros y asesores de los múltiples niveles político-administrativos. Esa clase política ha crecido indiscriminadamente durante años, y presenta los mismos rasgos de incompetencia y corrupción que en el resto de España. Pero en Cataluña la casta dispone de un recurso permanente para eludir su responsabilidad: la “cuestión nacional”. Para la casta catalana, el procés era una perfecta cortina de humo y la forma de canalizar el descontento social de forma que no amenazara su poder y privilegios. Así lo interpretó CiU, pero de su juego el principal beneficiario ha acabado siendo la opción genuinamente radical: ERC. Poco tiempo después de protagonizar una experiencia de gobierno nefasta, ese partido está a punto de hacerse con la mayoría de alcaldías e incluso con la Generalitat. 

El 'procés' es básicamente la respuesta de una clase política amenazada por la crisis económica e institucional, apoyada por otros grupos de interés con intereses comunes o concomitantes

La clase empresarial contempla con inquietud la posibilidad de que ERC se haga con el poder. Pero es necesario recordar la responsabilidad que por acción u omisión tiene en lo que está ocurriendo. Una parte significativa del empresariado mantiene una estrecha relación con el poder político nacionalista, y siguiendo la vieja práctica de presionar al Estado para obtener privilegios, no dudó en apoyar una nueva y más agresiva estrategia. Esa clase empresarial confiaba (¿confía todavía?) en que la sangre no llegara al río y en que el órdago al Estado se resolvería en forma de un pacto que le permitiría incrementar su poder y su autonomía.

En tercer lugar debemos señalar los intereses de los periodistas, opinantes y gestores de los medios de comunicación. La casta mediática catalana está formada por miles de personas que trabajan en medios públicos o privados, autonómicos, provinciales o locales, pero igualmente dependientes del dinero de la Administración. TV3, La Vanguardia, El Periódico… Todos están posponiendo inevitables y dramáticos ajustes de plantilla gracias al procés. Los envidiables salarios de muchos directivos, y los empleos de muchos periodistas dependen del dinero público. No es de extrañar que la casta mediática y la casta política catalana mantengan un sólido pacto, que explica entre otras cosas por qué nunca se investigan y destapan casos de corrupción en los medios catalanes.

Íntimamente vinculado a los medios de comunicación se halla un amplísimo grupo de es, músicos, actores, humoristas, etc. que forman la cultureta catalana. Su adhesión al procés es directamente proporcional a su grado de dependencia del dinero público. Algunos de ellos, los más espabilados, se han convertido incluso en empresarios y productores que se enriquecen vendiendo productos de dudosa calidad a nuestros medios públicos. Otro grupo con gran proyección en los medios de comunicación pero menos numeroso lo forman algunos académicos, encargados de darle verosimilitud y deseabilidad a la idea de la independencia. Su premio lo constituyen las altamente remuneradas conferencias y apariciones en medios, los nombramientos para puestos destacados en la Universidad y la Administración, y los encargos de todo tipo: comisiones, libros, informes…

Tampoco podemos olvidarnos del rico mundo asociativo. Òmnium Cultural y la ANC son sólo la punta de lanza de un complejo entramado de organizaciones que emplea a un auténtico ejército de personas cuyo idealismo y radicalismo es aparentemente más auténtico, pero cuya fuente de ingresos es el procés y cuya profesión no es otra que “independentista”.

En definitiva, el procés es básicamente la respuesta de una clase política amenazada por la crisis económica e institucional, apoyada por otros grupos de interés con intereses comunes o concomitantes. En ello radica la principal diferencia del independentismo catalán en relación a otros populismos europeos: en que ha sido promovido por el establishment, por una alianza de poderosos grupos sociales cuyos intereses y estatus está amenazado por la crisis. El “Estado propio” es una fantasía, un estado ideal en el que la “casta” catalana se imagina campando a sus anchas. Una casta que nos engaña y se autoengaña afirmando querer “cambiarlo todo” para que, en realidad, nada cambie.

Y el pueblo, ¿qué papel juega? El pueblo no es sólo esa parte de la sociedad hipermovilizada, que acude a toque de corneta a cualquier manifestación. El pueblo no es sólo esa parte de la sociedad que cuelga una bandera independentista en cada ventana de la casa, y que viste a los niños con una camiseta patriótica fabricada en Marruecos o patrocinada por una teocracia petrolífera. El pueblo no es sólo esa parte de la sociedad que prefiere las mentiras reconfortantes a las verdades incómodas. Ya va siendo hora de decirle a esa parte de la sociedad que no es el pueblo, y que no permita que la casta le siga tomando el pelo.

*Juan Arza, responsable de Comunicación de Sociedad Cívil Catalana.

Tribuna
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