Un Méndez de Vigo en Pearl Harbor

El tío del actual portavoz del gobierno y ministro de Educación fue quien informó al embajador de Estados Unidos, Joseph Grew, del ataque a Pearl Harbor

Foto: Foto de archivo del ataque a Pearl Harbor. (Reuters)
Foto de archivo del ataque a Pearl Harbor. (Reuters)

“El samurai ha resultado más realista que los banqueros de la City”, sentenciaba el embajador Santiago Méndez de Vigo y Méndez de Vigo para explicar el estallido de la Guerra del Pacífico el 7 de diciembre de 1941, hace 75 años.  Era una de las formas de entender el conflicto con Estados Unidos. Los famosos 'zaibatsu' y un comercio muy potente habían extendido el Made in Japan a muchos mercados de Asia con productos baratos y accesibles, aunque en general de escasa calidad, frente a las importaciones de las metrópolis, siempre protegidas con aranceles.

Pero desde 1937, tras estallar la guerra con China, la producción y la economía al completo estaban dedicadas al esfuerzo bélico y surgieron, entre otros problemas, los de la distribución. El propio Méndez de Vigo cuenta que debían usar el coche de la Legación para viajar al campo a comprar comida, aunque fuera a un precio superior al permitido oficialmente.  Pero no era una disputa entre el samurai y la City: no sólo escaseaban los productos de lujo, sino que las diferencias sociales se estaban diluyendo a pasos agigantados. La guerra provocó la muerte y empobreció a muchos asiáticos, pero igualó los recursos de los japoneses como nunca. La radical reforma agraria que llevaron a cabo los estadounidenses durante la ocupación, desde 1945, fue favorecida por los ocho años de guerra total que hicieron tabula rasa. Salvando las distancias, las penalidades de la guerra diluyó las diferencias sociales de una forma parecida a como décadas después ocurriría en la China de Mao. Y hablando de comparaciones, el sufrimiento del alemán medio por la guerra fue mucho menor que el del japonés: sufrió hambre el último año de la guerra, pero el japonés medio  desde 1938, siete años.

Méndez de Vigo aseguraba que "una cara blanca" producía el mismo efecto que a un toro un trapo rojo y para extraer conclusiones bebía del viejo darwinismo

Tras haber sido destinado a Tokio por primera vez a principios de la década de 1930, Méndez de Vigo pasó de lo que él denominaba la "vida fácil y barata" a temer el contacto. En su entorno, el antiguo ministro de Checoslovaquia llevaba incomunicado ocho meses, un empresario francés que representaba productos españoles había estado tres meses en prisión, el embajador de Brasil había sido detenido aunque su país sólo había roto relaciones, no había siquiera declarado la guerra; también había sido atacada la mujer de un diplomático, y el chofer de la legación de Rumanía había abofeteado a la mujer de un diplomático y al marido le había querido asesinar, aparentemente. Méndez de Vigo aseguraba que "una cara blanca" producía el mismo efecto que a un toro un trapo rojo y para extraer conclusiones bebía del viejo darwinismo social, de lo que llamaba 'la ley biológica', y preveía que la sustitución del "hombre blanco" por el "amarillo" era irreversible. El recurso al "peligro amarillo" era continuo en esos años, pero era sólo parte de una apuesta que incluía una de las campañas propagandísticas más intensas y eficaces de la Historia. Después, los chinos vivieron con Mao momentos de excitacion parecidos contra sus propios compatriotas gracias al impacto emocional de los ideogramas al comunicar. La manida frase de la imagen que vale más de mil palabras tiene poca validez en la 'kanjiesfera'.

Méndez de Vigo tampoco comprendía muy bien el país donde vivía. Se preciaba de haber reflejado la situación política en sus despachos y de haber acertado en sus previsiones, pero hasta Pearl Harbor tuvo poca constancia de hasta qué punto los miliares mandaban en el país. El día anterior al estallido de la guerra, el 7 de diciembre de 1941, Méndez de Vigo había dado un banquete en la Legación a quien acudieron autoridades japonesas y el embajador de Estados Unidos, Joseph Grew, con su mujer. Grew se había ausentado pronto para hablar con el ministro de Exteriores Shigenori Togo y contestar un telegrama de Washington, y hacia las siete y media de la mañana el embajador español se despertó con el anuncio en la radio de los ataques en Pearl Harbor, Guam y Filipinas.

Foto de archivo del ataque de Pearl Harbour. (Reuters)
Foto de archivo del ataque de Pearl Harbour. (Reuters)

Méndez de Vigo llamó a su amigo Grew, pero le dijeron que había salido temprano, y fue a esperarlo a la embajada estadounidense,que es vecina de la española. Una cercanía, por cierto, que le evitó de los bombardeos al viejo caserón vasco de principios del siglo XX, que alberga la representación española y que hoy es uno de los edificios más antiguos del centro de Tokio. Y al esperarle en la puerta, Méndez de Vigo fue quien informó del comienzo de las hostilidades a Grew "causándole gran asombro, pues el señor Togo se había expresado en términos muy conciliatorios". El estadounidense llamó por teléfono a Togo y tuvo una audiencia inmediata  sobre las nueve de la mañana donde le aseguró que lo ignoraba. Togo le pidió que regresara, que le llamaría por teléfono y efectivamente, sobre las diez de la mañana, Grew se enteró oficialmente de que estaban en guerra, lo que fue confirmado  una hora más tarde por con un manifiesto imperial.

El principal órgano de coordinación bélica estuvo compuesto de los cuatro representantes militares junto con el Emperador y sólo con el nuevo órgano creado en 1944Meses después, el propio Méndez de Vigo usaba esta anécdota para confirmar la culpabilidad de los militares: "ello revela que [...]  la declaración de la guerra fue obra absoluta de los institutos armados y que el emperador no tuvo más remedio que sancionar los hechos consumados". Méndez Vigo muestra conocer muy ligeramente el poder del militarismo en Japón, donde el Ejército de Tierra y la Marina dilapidaban los presupuestos estatales anualmente aprovechando que el primer ministro ni podía darles órdenes a sus ministros ni podía destituirlos, aunque los militares sí que tenían poder para acabar con los primeros ministros. La Constitución de 1889 también situaba a la par el poder de los Jefes de Estado Mayor, que no tenían obligación de obedecer a su ministro, por mucho que representara la opinión del gobierno.  El principal órgano de coordinación bélica estuvo compuesto de los cuatro representantes militares (los dos Ministros y los dos  Jefes de Estado Mayor) junto con el Emperador y sólo con el nuevo órgano creado en 1944, el primer ministro y el ministro de Exteriores pasaron a formar parte de él.

Santiago Méndez de Vigo, ciertamente, había vivido en un mundo que se acababa y cuyo recambio le costaba entender. Ya había tenido problemas con la II República, Manuel Azaña cuenta en sus memorias que Méndez quiso que le nombrara embajador en Berlín, pero acabó en Tokio, en un puesto menor (Ministro) para su escalafón tan alto de embajador. Allí le pilló la Guerra Civil, y antes de decantarse por Franco permaneció un mes en la ciudad japonesa por excelencia de los baños termales, Beppu -una ciudad que ahora muestra un ambiente retro encantador. Una buena parte de su familia en Madrid se refugió en la embajada de Turquía, donde había sido embajador. 

Foto de archivo del ataque a Pearl Harbor. (EFE)
Foto de archivo del ataque a Pearl Harbor. (EFE)

Los vientos de libertad de la II República no le fueron muy favorables, pero el auge del fascismo fue un aldabonazo mucho mayor y en 1938, tras ser nombrado de nuevo en Tokio por el primer ministro de Exteriores franquista, el Marqués de Jordana, comprobó lo poco que compartía con muchos que también apoyaban a Franco. Los que antes callaban ante su cargo y su porte aristocrático, ya no lo hicieron. Varios misioneros de Japón remitieron cartas protestando por su nombramiento, en las que se puede leer: "¿Pero es que desconocen allá [Burgos] la situación desarreglada e ilegítima de su consorte?,¿pero no saben que es judía ella y divorciada?". Inclusive, un telegrama aseguró: "Trescientos misioneros españoles pro causa católica en Japón suplican interceda en consciencia Ministro [...para que] aplace envío Méndez Vigo." Las quejas eran por su joven mujer, Victoria Löwenstein Harris, que se había bautizado y había anulado su matrimonio antes de casarse con Méndez Vigo en una boda a la que el rey Alfonso XIII había enviado un regalo, según se justificó. Pero con el fascismo, la guerra ("¡Es posible que la nueva España envíe hombres tales!.. ¡para eso se matan y han muerto tantos mártires!") y las ambiciones de construir una Nueva España no se aceptaban las jerarquías tradicionales.

El matrimonio también debía de estar viviendo momentos difíciles ese año por parte de la familia de ella. Constaba como de nacionalidad estadounidense pero se había casado en Holanda y sus padres (al menos su madre, Sally) vivían en Berlín. No era el momento más recomendable para que un judío viviera en Alemania y Méndez de Vigo nunca mostró simpatía por la Falange.  Diplomáticos amigos le invitaron a unirse y su mujer también recibió el ofrecimiento de fundar la Sección Femenina en Japón, pero con diversas excusas nunca accedió.

El último de los problemas inéditos que vivió el embajador Méndez de Vigo ese año en Japón fue precisamente por su escasa dedicación

La protesta de los misioneros contra Méndez Vigo fue instigada, aparentemente, por el diplomático que se había quedado en Tokio, Francisco José del Castillo, que ocupaba el edificio de la Legación ilegalmente, porque Japón reconoció a la República. Del Castillo, antiguo cónsul en Kobe, había pasado privaciones mientras aguantaba el edificio para los franquistas, había conseguido después un difícil reconocimiento diplomático apoyado por los italianos y ahora veía que el fruto de su trabajo se lo iba a llevar un diplomático poco trabajador. El último de los problemas inéditos que vivió Méndez de Vigo ese año fue precisamente por su escasa dedicación. Salió a la luz que Japón había declarado como "barco pirata" al Almirante Cervera, el principal buque rebelde durante la Guerra Civil, a raíz de una nota de la Legación española firmada por Méndez de Vigo. No era su firma, sino falsificada por su segundo, Elio Juan Gómez de Molina, que durante las prolongadas ausencias del aristócrata llevaba los asuntos de la legación. Se cifraron en "cientos" las notas semejantes y el ministerio de Asuntos Exteriores franquista comprobó que la representación en Tokio carecía de "una verdadera orientación respecto a cómo despachar asuntos." El ministerio lo consideró una falta grave y se pensó castigar al embajador a la situación de disponible. El manto protector del ministro Jordana mantuvo al embajador frente a las críticas de los misiones y limitó el castigo por las ausencias a un apercibimiento, pero Méndez de Vigo estaba marcado.

Durante la guerra, aprovechó que tenía una radio que la policía no podía requisarle para distribuir un boletín con noticias de fuentes aliadas

La  salida de Jordana y el progresivo poder de la Falange en la diplomacia hizo que algunos diplomáticos se doblegaran, pero Méndez de Vigo nunca mostró su apoyo. Para los mítines y conmemoraciones tras la adhesión de España al Pacto Anti-Comintern, y del Tripartito después, el embajador solía estar indispuesto y mandaba a su segundo, o al único falangista  Tokio, el antiguo agregado militar Eduardo Herrera de la Rosa. Es fácil imaginar su desagrado durante esos años y que, tras estallar la guerra,  al saber de un barco de intercambio que llevaría correspondencia a España y en donde podría burlar la censura japonesa, escribió un largo despacho a Madrid en el que se sinceró. Era mayo de 1942 y el falangista Ramón Serrano Suñer seguía siendo su superior, pero a Méndez de Vigo le importó poco. Mencionó su amistad con el embajador Grew (que, por su lado, propuso que España representara los intereses estadounidenses en Japón, aunque finalmente escogieron a Suiza) y atacó el régimen militarista japonés con unos términos inusuales que llaman la atención en la correspondencia generalmente mesurada de los diplomáticos. Durante la guerra, aprovechó que tenía una radio que la policía no podía requisarle para distribuir, con el encargado de negocios argentino, un boletín con noticias de fuentes aliadas. Y cuando supo que se preparaba un barco de intercambio que llevaría víveres a Tokio, pidió vitaminas, medicinas, carnes congeladas y "cantidades prudenciales de vino y cognac". Don Santiago sólo trataba de mantener su forma de vida, para la que había nacido.

 

*Florentino Rodao es profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense

Tribuna

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