A 48 horas de la Gran Decisión

Cuando ya es inminente que hablen las urnas, siempre he creído tedioso e inútil dedicarse a prolongar 'ad nauseam' el juego de las quinielas y las porras

Foto: Una persona muestra las papeletas de los diferentes partidos en las últimas elecciones al Parlamento catalán. (EFE)
Una persona muestra las papeletas de los diferentes partidos en las últimas elecciones al Parlamento catalán. (EFE)

Cuando ya es inminente que hablen las urnas, siempre he creído tedioso e inútil dedicarse a prolongar 'ad nauseam' el juego de las quinielas y las porras. De tanto disparar al aire, seguro que alguien acierta a la perdiz, y el afortunado tirador exhibirá el lunes su pericia pronosticadora. Pero también a alguien le va a tocar el Gordo de la Lotería y eso no probará su ojo clínico para el giro de los bombos. Además, me parece abusivo jugar ese juego cuando algunos privilegiados siguen teniendo encuestas hasta el último día -incluso las tendrán a lo largo de la jornada electoral- mientras a los votantes se les censura esa información.

Recomiendo, eso sí, que se preste mucha atención a los datos de la participación. Ya sabemos que será alta; pero si se repite algo parecido a lo del 27 de septiembre en Cataluña, prepárense para una noche de emociones inesperadas. Cualquier cifra por encima del 75% (que ya es muy elevada) significará que se están presentando en los colegios electorales los que se niegan a responder encuestas, y ese es un colectivo insondable de abstencionistas habituales del que no sabemos casi nada.

Si el resultado concuerda con las previsiones (subrayo el condicional), no es difícil anticipar lo que escucharemos en la noche del domingo:

Si el PP mantiene la primera posición, Rajoy saldrá al balcón de Génova a celebrar la pírrica victoria y a reclamar para sí el derecho a formar Gobierno por ser el partido más votado. Pasando por alto la minucia de haberse pegado una bofetada de 20 puntos de caída y cuatro millones de votos extraviados.

La carambola con la que sueña el PP es la siguiente: primer puesto en la meta, cualquier porcentaje por encima del 25%, seis o siete puntos de ventaja sobre el segundo y un triple empate por detrás, con el PSOE lo más rezagado posible. Eso obraría el milagro de darle una ventaja de 40 o 50 escaños y haría poco discutible su credencial para la investidura. 

Si el PSOE salva la medalla de plata -podría ser segundo en escaños y no en votos-, Pedro Sánchez buscará ganar tiempo en el frente interno, que es el que le preocupa y le ocupa desde hace semanas; afirmará, sumando peras y manzanas, que los votos del cambio son más que los de la continuidad y que él es el único que puede aglutinar esa mayoría por el cambio.

Pero si la derrota socialista se convierte en siniestro total, ya solo habrá que saber si Sánchez llega vivo al próximo comité federal del PSOE. En ese caso, apunten un nombre del que quizás oiremos hablar profusamente durante las navidades: Patxi López.

Pablo Iglesias tirará de épica: reivindicará el mérito de haber transformado los ejes de la política española y se proclamará como nuevo referente de las fuerzas del cambio progresista. Viendo su progresión, no es inverosímil que Podemos sea el segundo partido más votado; eso plantearía una competición inédita sobre el título de líder de la oposición, sobre todo teniendo en cuenta que muchos de los diputados que hoy se atribuyen a Podemos corresponden a sus aliados nacionalistas y se desparramarán en grupos parlamentarios distintos.

Albert Rivera, que hace pocas semanas volaba incontenible hacia la cumbre, parece haberse quedado sin gasolina en la recta final. Mientras se arrepiente de su mediocre campaña amarrategui, pondrá en valor su resultado a partir de dos hechos indiscutibles: primero, que al empezar el año tenía un 3% de intención de voto y cero escaños; segundo, que su partido será la pieza imprescindible de cualquier mayoría de gobierno y podrá condicionar muchas cosas, desde el programa hasta el nombre del presidente (¿o presidenta?). Es mucho, pero quizá sabrá a poco.

No es lo mismo ganar la campaña que ganar las elecciones. Si se pregunta quién ha ganado esta campaña, la respuesta es que la ha ganado Podemos. Es quien mejor ha maximizado sus fortalezas: la potencia de sus alianzas electorales, el tirón de sus alcaldías en grandes ciudades, la gestión mediática de los debates y la eficacia de su ejército de activistas en la red. Llega al final con el 'momentum' a su favor, y eso siempre añade.

Quién ganará las elecciones es una cuestión mucho más compleja para la que probablemente no tendremos una respuesta cierta hasta que el Congreso vote la investidura de un presidente y sepamos con qué mayoría parlamentaria se propone gobernar. En todo caso, no creo que las últimas ocho semanas expliquen una mutación política que se ha incubado durante ocho años. Salvo situaciones excepcionales como la de 2004, los grandes cambios responden más a corrientes de fondo que a circunstancias coyunturales.

La sociedad española tiene que realizar un ajuste de cuentas definitivo con los gobiernos de la crisis, y eso es lo que millones de ciudadanos se disponen a hacer

Todo lo que ha pasado políticamente en España en los últimos ocho años tiene su origen en el impacto brutal de la crisis económica. La impotencia de los gobiernos para contener las sacudidas de la crisis y proteger a la población; la sensación de que los oscuros mercados financieros pueden más que las instituciones de la democracia; el desamparo de generaciones enteras con proyectos de vida arruinados de forma ya irreparable; la ira ciudadana ante la corrupción del poder mientras en las familias reaparecía la pobreza; el fraude de las promesas mentirosas y de los sucesivamente proclamados y fallidos 'brotes verdes' de la recuperación.

Lo que va a ocurrir este domingo es el producto condensado de todo ello. La sociedad española tiene que realizar un ajuste de cuentas definitivo con los gobiernos de la crisis, y eso es lo que millones de ciudadanos se disponen a hacer en estas elecciones. Por eso el fin del bipartidismo. Por eso el PSOE no ha sido capaz de beneficiarse de la crisis electoral del PP: porque, a efectos de la responsabilidad por todo lo que aquí ha pasado, para mucha gente ambos van inevitablemente de la mano. El espectáculo de Rajoy y Sánchez tirándose a la cara los fracasos de sus gobiernos fue la muestra más acabada de ello: lo llaman destrucción mutua asegurada. 

El problema del día 21 es que la agenda de España solo puede abordarse desde los grandes consensos. Tenemos cuatro grandes desafíos: consumar la recuperación económica y construir un nuevo pacto social; reformar el sistema político, Constitución incluida; apuntalar la unidad del país y coser la fractura con Cataluña; hacer frente a la amenaza del terrorismo global.

Nada de todo ello es posible desde la unilateralidad ni desde gobiernos débiles prendidos de mayorías precarias o acuerdos de ocasión. Y sin embargo, no se ve por ningún lado el liderazgo ni la grandeza política que requiere la magnitud de la tarea. Y si apuestas por los consensos transversales y las coaliciones amplias, como dice el tango, “además corres el riesgo que te bauticen gil”.

[Para más información y consultar otros datos, puede descargar gratuitamente la aplicación de El Confidencial, Elecciones 20-D, tanto para dispositivos Android como para teléfonos y 'tablets' de Apple]

Una Cierta Mirada

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