Cómo querer dos Podemos a la vez… y no estar loco

Podemos es víctima de su éxito. En muy pocos meses han pasado de denunciar al poder político como un mal absoluto a verse envueltos de lleno en el juego de poder más tortuoso
Foto: Pablo Iglesias e Íñigo Errejón el pasado 4 de marzo en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Pablo Iglesias e Íñigo Errejón el pasado 4 de marzo en el Congreso de los Diputados. (EFE)

Yo no puedo comprender
cómo se pueden querer
dos mujeres a la vez, y no estar loco.

Antonio Machín, 'Corazón Loco'

Decía Azaña que “en la política hay leyes, como en la física, ineludibles para todos”. Una de ellas es que los partidos sufren turbulencias internas en dos momentos: cuando se acercan al poder y cuando lo pierden. Saber pilotar en medio de esas turbulencias -casi siempre atravesadas por las peores pasiones humanas- es una de las condiciones del éxito en el mundo de la política real.

Más allá de interesadas exageraciones mediáticas, los problemas de estos días en Podemos no son nada distinto ni mayor que lo que hemos visto mil veces en otros partidos. La reyerta en su organización de Madrid es un juego de niños comparada con el legendario navajeo crónico de la Federación Socialista Madrileña. La pugna entre Iglesias y Errejón está aún muy lejos de la intensidad dramática de aquel divorcio de González y Guerra o de la hostilidad entre Aznar y Rajoy. Y en cuanto al nivel de conspiración interna, todo el mundo sabe que tanto en el PP como en el PSOE hay conjuras en marcha para enviar a su casa a Rajoy y a Sánchez en la primera ocasión que se presente.

No obstante, tres circunstancias singularizan y agravan este conflicto de Podemos: primera, la naturaleza atípica de este partido aún en construcción; segunda, la especialísima coyuntura política que vivimos; y tercera, la forma en que Pablo Iglesias lo está manejando, que delata atavismos ideológicos inquietantes.

El espíritu fundacional de Podemos convocaba más a la insurrección que a la concordia, más a la denuncia que a la propuesta y más a la ruptura que a la reforma

Podemos nació como el partido de los indignados. Su espíritu fundacional convocaba más a la insurrección que a la concordia, más a la denuncia que a la propuesta y más a la ruptura que a la reforma.

Bajo esa bandera genérica de “los indignados” se juntó una amalgama de gentes diversas: izquierdistas nostálgicos de revoluciones frustradas, antiguos cuadros resabiados de los viejos partidos comunistas, socialdemócratas con mala conciencia, frikis de todo lo nuevo, jóvenes sin horizontes y mayores prematuramente desechados… y sí, muchos indignados, cargados de ira y de razón. También los habituales progres despistados que compran todo lo que parezca subversivo sin mirar la etiqueta.

Y junto a la mezcolanza social, la ideológica: en la cuna de Podemos se entrecruzaron la tradición leninista, el populismo hegemonista de Laclau (más kirchnerista que chavista), el aroma del viejo y sabroso anarquismo ibérico y la fascinación postmoderna por la revolución digital. En resumen: un producto genéticamente programado más para combatir contra el poder desde fuera del sistema que para competir y negociar dentro de él.

Carolina Bescansa e Irene Montero el 22 de febrero. (EFE)
Carolina Bescansa e Irene Montero el 22 de febrero. (EFE)

El resultado ha sido una organización de base asamblearia a la que hoy se trata de encajar a fustazos en estructuras jerárquicas clásicas; una fuerza ideológicamente híbrida que renegaba del eje izquierda-derecha y ahora suspira por conquistar la hegemonía en la izquierda; un movimiento vocacionalmente generalista que se ha confederado con los nacionalismos radicales; y un colectivo de devotos de la democracia directa condenado a actuar en el marco y con las reglas de la democracia representativa, en la que nunca han creído.

Demasiadas transiciones a la vez, y demasiado complejas, para consumarlas en tan poco tiempo. En cierto sentido, Podemos es hoy víctima de su éxito. En muy pocos meses han pasado de denunciar al poder político como un mal absoluto sin mezcla de bien alguno a verse envueltos de lleno, como protagonistas destacados, en el juego de poder más tortuoso que ha conocido cualquier generación española viva. De las tiendas de campaña de la Puerta del Sol a las moquetas en las que reclaman el control del aparato del Estado y de los servicios secretos. Del lírico discurso de la antipolítica al ejercicio de la parte más pedestre y turbia de la política, la que tiene que ver con el reparto puro y duro del pastel.

En la política, como en la vida, se puede transitar de exhibir la virginidad a practicar la promiscuidad, pero no es posible mantener ambas cosas a la vez. En todo caso, ese tránsito requiere un trámite y un tiempo para que el organismo lo metabolice. Ese tiempo de sedimentación de su nueva corporeidad política es lo que las circunstancias no le han dado a Podemos. La endiablada aritmética del 20-D los ha puesto, quizá prematuramente, en disposición de negociar y participar en un gobierno, y sólo el tiempo nos dirá si eso ha sido para ellos una fortuna o una fatalidad.

La aritmética del 20-D los ha puesto en disposición de negociar y participar en un gobierno, y sólo el tiempo dirá si ha sido para ellos una fortuna o una fatalidad

Estoy entre los que creen que Podemos ha llegado a la política española para quedarse y jugar un papel importante, pero creo también que no está maduro como partido de gobierno. Quizá habría resultado menos indigesto para sus equilibrios internos un resultado electoral que obligara a que el itinerario entre la Puerta del Sol y la Moncloa pasara por la estación intermedia de la oposición parlamentaria. Me parece más natural.

Podemos está llamado a ser el más formidable adversario electoral del PSOE y a la vez su socio necesario en varios niveles de gobierno. Pero hoy por hoy un gobierno compartido no resistiría dos Consejos de Ministros sin crear conflictos insolubles entre ellos y en el interior de ambos. En lo que se refiere a Podemos, si el simple hecho de verse involucrado en esta negociación ya lo está desestabilizando internamente, en cuanto comenzara a comprometerse con decisiones de gobierno difíciles y necesariamente impopulares saltarían todas las costuras de un traje que, de momento, aún está prendido con alfileres.

Con su reconocida devoción por Lenin, parecería que su imaginación ve ahora a Íñigo Errejón como el trasunto de un menchevique o de un socialtraidor

Otra cosa es el estilo de dirección de Pablo Iglesias. El comunicado en el que anuncia el cese de su secretario de organización está trufado de añejo lenguaje tercerista (de la III Internacional): “Graves errores que han hecho daño al partido”, “no podemos tolerar facciones”… Recuerdo que “actividad fraccional” y “graves daños al partido” fueron exactamente los términos con los que Ibárruri y Carrillo justificaron hace 52 años la purga de Claudín y Semprún en el PCE. Es como si Iglesias tratara de revivir los episodios históricos de su mitología particular. Con su reconocida devoción por Vladimir Ilich (Lenin), parecería que su imaginación ve ahora a Íñigo Errejón como el trasunto de un menchevique (Trotski lo fue al principio y nunca se lo perdonaron) o, aún peor, de un socialtraidor como “el renegado Kautsky”. Por cierto, alguien debería aconsejar a Iglesias que contenga su histrionismo: el camarada Beria y Corín Tellado no combinan bien, se lo aseguro.

Organización disciplinada y jerárquica o movimiento asambleario. Los círculos o el politburó. Denuncia del poder o lucha descarnada por el poder. La Puerta del Sol o el control del CNI. Virginidad o promiscuidad política. Venezuela o Dinamarca. Tratar al PSOE como casta o como socio. Mientras se resuelven todos esos dilemas, es comprensible que los simpatizantes se pregunten cómo se puede querer dos Podemos a la vez, y no estar loco.

Una Cierta Mirada

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