Más que una presentación, un exorcismo

No es que el discurso de la candidata careciera de contenido. Pero se planteó más como un vendaval emocionalmente energizante que como una línea hilvanada de razonamientos

Foto: Anuncio oficial de la candidatura de Susana Díaz a las primarias para liderar el PSOE. (EFE)
Anuncio oficial de la candidatura de Susana Díaz a las primarias para liderar el PSOE. (EFE)

Así como McLuhan estableció que en la comunicación de masas el medio es el mensaje, en ciertas escenificaciones el texto (lo que se dice) importa menos que el contexto (lo que lo enmarca) y que el subtexto (lo que está implícito). Así funcionó el acto en el que Susana Díaz anunció lo que había anunciado que anunciaría.

No es que el discurso de la candidata careciera de contenido y enjundia. Pero se planteó deliberadamente más como un vendaval emocionalmente energizante que como una línea hilvanada de razonamientos. Obviamente, ayer se trataba más de conmover (en la primera acepción de la palabra: “alterar, mover fuertemente a alguien o algo”) que de convencer. Visto así, misión cumplida.

José Antonio Zarzalejos aludía el sábado a la impresión generalizada de que una victoria de Pedro Sánchez en las primarias provocaría la implosión del Partido Socialista. Una impresión doblemente cierta, porque existe y porque tiene fundamento. Añadamos que tal hecho provocaría también una nueva sacudida política en España de la que el Gobierno y todos los partidos son muy conscientes: unos la ven con preocupación y otros, con esperanza.

La vocación autodestructiva del PSOE es ya legendaria. Como lo es el instinto de subsistencia de su organismo. De lo primero hemos tenido una dosis masiva durante los últimos años; de lo segundo, ayer nos suministraron una primera ración.

Lo cierto es que un acto como este hubiera sido impensable sin la presencia amenazante de Pedro Sánchez. De forma paradójica, Sánchez ha hecho al fin algo positivo por su partido: obligarlo a sacudirse la galbana y reaccionar ante un riesgo cierto de extinción.

Alfredo Pérez Rubalcaba, Felipe González, Susana Díaz, José Luis Rodríguez Zapatero, Alfonso Guerra y Ximo Puig. (Reuters)
Alfredo Pérez Rubalcaba, Felipe González, Susana Díaz, José Luis Rodríguez Zapatero, Alfonso Guerra y Ximo Puig. (Reuters)

Observando a los ocupantes de las primeras filas, pensaba yo que todos ellos tienen algunas cosas en común:

a) Acumulan una montaña de viejos rencores y desconfianzas recíprocas.

b) Son corresponsables en distintos grados del fenómeno sanchista: unos lo colocaron donde nunca debió estar, otros lo secundaron o le dejaron hacer hasta el último momento; y todos, sabiendo ya lo que sabían de él, pidieron por dos veces a los españoles que lo votaran como presidente del Gobierno.

c) Su opinión sobre Susana Díaz recorre toda la escala del escepticismo. De hecho, la mayoría de ellos lamenta la tozuda negativa de Javier Fernández a dar el paso que muchos le han pedido.

Pero Sánchez ha operado en el PSOE como el 'alien' de Scott o el Hal-9000 de Kubrick: la criatura que toma el control de la nave y amenaza con devorar a toda la tripulación y destruir la nave misma. Su reaparición ha provocado finalmente la llamada a rebato, una ceremonia ritual para salvar a la tribu. Ese fue el meditado planteamiento estratégico del acto de ayer. Y era preciso que estuvieran todos, porque una sola deserción habría provocado la desbandada. El mérito de Susana Díaz fue lograrlo —aunque probablemente haya sido por primera y única vez—.

Sánchez ha operado en el PSOE como el 'alien' de Scott o el Hal-9000 de Kubrick: la criatura que toma el control de la nave y amenaza con devorarla

Lo de ayer fue más un acto de exorcismo y autodefensa colectiva que de promoción de un nuevo liderazgo. Los dirigentes ya retirados defienden legítimamente su propia biografía política; los aún activos, especialmente si gobiernan, se previenen frente al motín destituyente que el césar reinstaurado les montaría en sus respectivos territorios. En esta fase se trata sobre todo de liquidar al 'alien', estabilizar la nave y recuperar un rumbo conocido. Lo del liderazgo social vendrá después, si es que se puede.

Por eso ella, inteligente, planteó el acto y el discurso en clave más colectiva que personal. Evaluó bien la situación —incluidas sus propias limitaciones— y prefirió ejercer más de Sergio Ramos o Mascherano que de Cristiano Ronaldo o Messi. Se enfundó la camiseta del equipo y emitió una arenga tribal con un subtexto inequívoco: votadme porque es la forma de votar por vosotros mismos y por lo que esta camiseta significa, que nos quieren borrar del mapa. Y el mensaje funcionó porque refleja la realidad.

Cuando el Rey Sol Sánchez proclama “la militancia soy yo”, niega a todos los demás dirigentes la condición de militantes. Cuando Díaz responde con una exhibición de poderío bajo el astuto lema '100% PSOE', sitúa implícitamente a Sánchez extramuros del partido. Porque sí, lo que ayer se juntó en Madrid es, con todas sus grandezas y miserias, el PSOE de toda la vida que los españoles identifican para bien o para mal, no ese extraño y errático producto de los dos últimos años.

Quien queda patéticamente descolocado en una movida como esta es Patxi López. Seguro que contemplando el acto de Ifema, pensó: ¿por qué no estoy ahí, con todos los demás? Ahí estaba también en gran medida su biografía política y personal. Y él carga con la culpa de ser quien precipitó el retorno del 'alien' con su lanzamiento a la pista de carreras, prematuro e imprudente.

Más que una presentación, un exorcismo

Dentro del discurso textual de Díaz, a mi juicio, hay tres frases clave:

Un gancho directo al hígado del adversario: “Yo pertenezco al PSOE, pero nunca pretenderé que el PSOE me pertenezca, ni admitiré que se hable del PSOE de Susana Díaz”. La cuestión de quién pertenece a quién (el líder al partido o viceversa) es crucial, y el sanchismo la ha puesto en todo lo alto.

Una denuncia política de fondo: “Una cosa es pactar con otro partido y otra cosa es entregar al PSOE o imitar el modelo de otros”. Ahí está la crítica más profunda a la gestión de Sánchez: haber inoculado en el PSOE el virus del populismo. Para ser justos, reconozcamos que no fue el primero ni el único, que nadie hizo gran cosa por impedirlo y puede que ahora ya sea demasiado tarde para desactivarlo. De hecho, el acto de ayer tuvo también su buena dosis de populismo.

Una propuesta estratégica: gobernar cuando se ganen las elecciones y hacer oposición cuando se pierdan. Dicho de otro modo, que las victorias parezcan victorias y las derrotas, derrotas. Parece elemental, pero el caso es que España se ha pasado un año sin Gobierno precisamente por no tener clara esa idea.

Que las victorias parezcan victorias y las derrotas, derrotas. El caso es que España se ha pasado un año sin Gobierno precisamente por no tenerlo claro

Concluyó el acto socialista y no pude evitar asociarlo con lo que ocurrió el día anterior en Roma: en su 60 cumpleaños, la Unión Europea descubre que en la última década lo único que ha hecho es dañarse a sí misma; y se congrega para lamentarse de su penosa situación, añorar a los padres fundadores y hacer acto de contrición y propósito de enmienda.

Lo lamento, pero mi lado racional me obliga a descreer en la vida eterna y en las virtudes terapéuticas del exorcismo.

Una Cierta Mirada

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