A veces necesitamos que nos digan algo bonito, algo sincero, algo que rompa con una mala racha que parece no terminarse. A veces necesitamos un apoyo, una buena noticia o quizá una simple sonrisa, algo que nos motive a seguir adelante, y a mejorar, algo que nos de fuerzas para ir contracorriente y luchar por lo que queremos. A veces parecemos racionales y fuertes, pero somos tan humanos, tan emocionales, tan simples y vulnerables… Por eso el año 2013 no pasará a la historia por ningún dato macro por bueno que pudiese ser, el año 2013 pasará a la historia como el año en el que recuperamos la confianza, el año en que comenzamos a volver a creer en nosotros mismos.

Cuando hace un año, por estas mismas fechas, escribí el artículo “Razones para ser un poco optimistas en 2013”, algunas personas me preguntaron si no me habría afectado el espíritu navideño. Probablemente tuviesen razón, pues en efecto así era, pero lo importante es que hoy estamos mejor que hace doce meses, y probablemente en otros doce meses volveremos a estar mejor de lo que estamos hoy. No digo esto como un acto de fe, ni con voluntarismo, pues los argumentos son exactamente los mismos que en 2012 cuando los primeros síntomas hicieron aparición (véase “El superávit en cuenta corriente ya está aquí”).

El viernes día 27 el Banco de España volvió a publicar un buen dato, el superávit en cuenta corriente de octubre se situó en los 1.714 millones de euros y alcanza en lo que va de año los 4.182 millones de euros. Es sencillamente espectacular pasar del -10% del PIB en 2007 y 2008 a una cifra que podría superar el +1% del PIB al terminar 2013, ¡más de diez puntos porcentuales en 5 años! Somos artífices de una corrección que se estudiará en los libros de texto del futuro, por fin España no será estudiada por su sol y playa o por su picaresca en sus diversas vertientes, sino como un ejemplo de esfuerzo y tesón.

Sé que remarco una y otra vez la importancia del superávit en cuenta corriente, pero creo que por mucho que se diga nunca se dirá lo suficiente. Para muchas personas y economistas, las causas de la presente crisis en nuestro país son diversas, en mi opinión no. En mi opinión estamos ante una crisis de competitividad. ¿Y qué diferencia existe entre pensar que tenemos una crisis inmobiliaria o fiscal, y una crisis de competitividad? Pues que las crisis solo se solucionan cuando se hace frente al factor que las causa, y si simplemente mirásemos al ladrillo o a la deuda, nunca entenderíamos cómo 2013 ha sido tan favorable, puesto que el ladrillo sigue sin despegar y la deuda sigue en el mismo sitio.

¿Para salir de ésta creamos inflación, salimos del euro? ¡Por favor, no! Para no tomar medidas erróneas necesitamos entender el entorno y especialmente la globalización, o lo que es lo mismo, entender que hemos pasado de un mundo en donde la parte desarrollada daba por hecho el status quo y su porción de la tarta, a uno en donde debemos ser mejores si también queremos una calidad de vida mejor. Ya no valen los atajos.

Tradicionalmente nos enfrentábamos a la falta de competitividad mediante la devaluación monetaria, y es que la devaluación monetaria no es dolorosa, sus efectos parecen ser mínimos y además ¡nuestra parte de la tarta está garantizada, para qué esforzarse! Esta mentalidad es totalmente equivocada en el mundo actual, puesto que aunque no nos hayamos dado cuenta, la tarta ahora hay que ganársela día a día. Antaño el mundo emergente parecía condenado a la pobreza, al igual que lo parece gran parte de África en la actualidad, pero en el sudeste asiático han hecho las cosas lo suficientemente bien como para competir con el resto del mundo de tú a tú.

Antes jugar en la primera división estaba garantizado, ¿qué más da bajar de puesto con una devaluación interna si no hay descenso? Ahora ya no es así, ahora sí hay puestos de descenso y sí hay equipos en divisiones inferiores deseando promocionar. Podemos blasfemar sobre la moneda única todo lo que queramos, pero la única diferencia entre la devaluación interna y la devaluación monetaria, es que en la primera se asume la realidad y en la segunda se difiere en el tiempo, se cierran los ojos esperando que el azar nos libere de nuestro destino. La culpa no ha sido del euro, pues lo único que ha hecho es mostrarnos la nueva realidad.

El lado positivo es que hemos despertado, el lado positivo es que ahora ya no permitiremos que nuestros políticos nos engañen con trucos de magia, el lado positivo es que por primera vez en el mundo actual España tiene la posibilidad de jugar a ganar en la primera división de la economía mundial. Sé que es duro, sé que nada parece justificar el enorme desempleo, pero no darse cuenta que nuestra estructura productiva estaba totalmente distorsionada es no ver la realidad. Necesitamos más exportación y menos ladrillo, más meritocracia y menos enchufes, más seguridad jurídica y menos corrupción, necesitamos hacer las cosas bien si queremos una calidad de vida tan privilegiada como la que tenemos. ¡Vamos allá!

Sé que hay una España pobre, una España aparentemente no privilegiada, pero si le decimos al 90% de la población mundial que tener sanidad, tener educación, tener que comer y disfrutar de seguridad en las calles no es un privilegio, probablemente nos conteste que estamos locos. Somos afortunados en muchas cosas y debemos valorarlo. Sé que en pleno siglo XXI la alimentación, la sanidad o la educación no deberían de ser un privilegio, pero desgraciadamente sí lo son, y por ello debemos luchar porque nunca nos las quiten. Asimismo debemos dejar de ser miopes y creernos el centro del mundo, no solo para hacer negocios en lugares en donde no los hacíamos, no solo para pensar en la competencia, también para luchar de verdad contra la pobreza puesto que nunca se sabe dónde estaremos el día de mañana.

Hay datos, muchos datos económicos que dejan margen para el optimismo en 2014, por ejemplo me encantan las buenas perspectivas económicas del mundo desarrollado, destino natural de nuestros productos, ¿pero saben qué? Los datos no nos proporcionan amor incondicional para terminar con esta mala racha, eso solo lo hacen los miles y miles de personas que trabajan cada día por levantar este país: padres de familia, empresarios, empleados, becarios, voluntarios, soñadores de un mundo mejor, gente que sonríe, gente que vive y nos hace vivir… Gracias a todos por devolvernos la confianza en 2013, y muchas gracias por el empeño que pondréis en 2014. Hoy me siento orgulloso de un país que se levanta, que cree en sí mismo y confía en sus propias capacidades. ¿Será el efecto navideño? Quizá, pero sea lo que sea… ¡Feliz año a todos!