La banca española… ¿siempre pierde?

Que 2010 va a ser un año complicado para la banca española es una obviedad. Basta con mirar las distintas partidas de una cuenta de resultados bancaria

Que 2010 va a ser un año complicado para la banca española es una obviedad. Basta con mirar las distintas partidas de una cuenta de resultados bancaria estándar para llegar a tal conclusión. El ajuste del precio de los créditos provocará una caída en el margen de intereses; las comisiones y el resultado por operaciones financieras se mantendrán, en el mejor de los mundos posibles; los costes seguirán mostrado, dados los niveles de eficiencia ya alcanzados, una fuerte resistencia a la baja, provocando que el margen neto se mantenga a duras penas estable; las provisiones y las pérdidas por deterioro de activos financieros seguirán mostrando su peor cara y los extraordinarios serían duros de obtener. Sin embargo, al perro flaco en que se ha convertido el sector en España se une ahora un factor de preocupación adicional: el deterioro de la percepción del riesgo de la deuda soberana española y el posible impacto en sus posiciones sobre las mismas.

De hecho, y pese a los rebotes bursátiles de principios de semana, el mercado ha seguido impertérrito con su última apuesta: la quiebra de un estado soberano. Así, los CDS, o seguros de riesgo de impago, de Dubai, Grecia o Portugal han alcanzado máximos históricos y los diferenciales de su deuda respecto a los activos sin riesgo, entendiendo como tales los Treasuries americanos o el Bund alemán, han vuelto a dispararse. Es interesante ver cómo ha cambiado el cuento con la aparición de los Credit Default Swaps, instrumento preferido de los especuladores para hacer que las peores profecías sobre las finanzas nacionales tengan visos de cumplirse. Si, al menos, consiguen meter a algunos países en vereda habrá que darlos por bien empleados. Desde ese punto de vista España está obligada a actuar y está obligada a hacerlo ya si no quiere verse definitivamente encuadrada en la categoría de los STUPID, acrónimo de Spain, Turquía, UK, Portugal, Italia y Dubai, de reciente invención.

¿Serían preocupantes los efectos sobre la banca de materializarse un ataque contra los títulos públicos españoles, consecuencia de los miedos sobre su futuro económico? No hay que olvidar que, según el Boletín Estadístico del Banco de España, acumulaba a cierre de noviembre 146.000 millones de euros en activos emitidos por las Administraciones Públicas nacionales frente a los cerca de 90.000 del año anterior. Una estrategia que le ha permitido obtener fuertes réditos por el diferencial entre la financiación casi regalada del BCE y los cupones que la misma abonaba, rendimiento a balón parado al que se han apuntado entidades ajenas a una operativa que tradicionalmente servía para dar cobertura parcial a los depósitos de los clientes. Sin embargo, ¿pueden los beneficios de la parte de arriba de la cuenta de resultados verse diluidos en los estados financieros consolidados si finalmente se produce un fuerte deterioro de la renta fija soberana patria?

Todo dependerá de dos grandes parámetros. Por una parte de la duración, concepto propio del mercado de deuda distinto del vencimiento. Se trata del punto en el tiempo en el que se igualan cupones y principal con la inversión inicial y que es función de los tipos de interés y del plazo. De modo más intuitivo se podría definir como el momento en el tiempo en que un inversor recupera financieramente lo invertido. A más duración, más sensibilidad a cualquier variación en el precio del bono de que se trate. Pues bien, en España la duración media de este tipo de deuda en la cartera de los bancos y cajas apenas llega a 4 años, por lo que el impacto potencial es limitado. Por más que el 10 años pueda colapsarse, y su diferencial crecer linealmente, el verdadero drama para las instituciones financieras vendría de un colapso simultáneo de los plazos intermedios de la curva.

El segundo elemento esencial a tener en cuenta es el modo en que las posiciones son contabilizadas en el balance de las entidades. Caben tres posibilidades. Uno. Que figuren dentro de la Cartera de Valores a Vencimiento en cuyo caso sus movimientos intermedios no afectan ni al balance ni a la cuenta de resultados de las entidades. Dos. Que lo hagan en concepto de Activos Disponibles para la Venta, que se ajustan trimestralmente contra capital sin pasar por la cuenta de resultados de las firmas, salvo que las mermas perduren en el tiempo. En un entorno de lucha por la solvencia, un fuerte quebranto por este concepto podría hacer cierto daño. Y tres. Que formen parte de la Cartera de Negociación, que requiere de un mark to market de sus variaciones, ajuste diario a su valor de mercado que va contra el beneficio antes de impuestos de la entidad de que se trate. En este último supuesto el impacto sí que podría ser notable para algunas instituciones en un entorno de presión en márgenes.

En general predominan en los balances de la banca, tomada en general, la segunda y tercera categorías. Aún así, el riesgo para el conjunto del sistema estaría muy acotado no convirtiéndose, salvo debacle final, en un factor de preocupación esencial. De materializarse el desastre no dejaría de ser una gota más a añadir al conjunto de chinitas que la industria se va a encontrar en el camino a lo largo del presente ejercicio. De hecho, estoy convencido de que vamos a oír numerosas voces advirtiendo de este problema en el futuro inmediato. Es una cuestión pero no es la cuestión. Cualquier magnificación será, por tanto, exagerada. El impacto real vendrá más por el aumento del riesgo país (¿causa de la caída del sector en bolsa ayer?), incertidumbre adicional que afectará tanto a la valoración de las firmas afectadas, reduciéndola, como al coste de sus propias emisiones, encareciéndolas. Si el mercado la toma con España de verdad, las posiciones de renta fija soberana serán para los directivos del sector la menor de sus preocupaciones. O no.

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