Galicia, a la espera de un milagro imposible para salvar sus cajas

Mira que le habían advertido a Nuñez Feijóo por activa y por pasiva. No te metas en ese charco que te vas a llenar de barro

Mira que le habían advertido a Nuñez Feijóo por activa y por pasiva. No te metas en ese charco que te vas a llenar de barro hasta las rodillas. Tesoro, Banco de España, su propio partido. Dio igual. El hombre que estaba llamado a desterrar el caciquismo de aldea con el que alguno identificaba el PP gallego, la nueva imagen del ala derecha del Parlamento Nacional, modernidad y esperanza de futuro para la región y el estado, vencido a las primeras de cambio por la presión mediática de unos grupos tan interesados en defender el galleguismo de las cajas como sus propias líneas de financiación. Convencimiento propio por cuitas ajenas. De resultas, una fusión imposible entre Caixa Galicia y Caixa Nova con el aparente objetivo de conservar por encima de todo el “producto del país”, leyenda que reza en los carteles de muchas tiendas locales de ultramarinos como signo de distinción. Cesión innecesaria a otro tiempo político reciente.

Fruto de tal error es la imposible situación en la que se encuentra a día de hoy la nueva entidad. Sin el capital mínimo necesario para cumplir con el nuevo entorno regulatorio y sin una equity story convincente como para poder captar fondos de terceros en un entorno de tanta competencia por los recursos como el actual. No en vano gran parte de las líneas argumentales defendidas por los gestores de NovaCaixaGalicia causarían espanto a los posibles interesados en entrar en su capital, signos de un componente social al que atribuyen valor cero en sus respectivos modelos de negocio. Poco importa, más bien preocupa, a los fondos buitre a los que se ha apuntado que el 22% de sus clientes cobren menos del salario mínimo interprofesional, que hayan crecido con base en lo que otros no querían por ser escasamente rentable o que estén presentes en 290 de los 315 municipios gallegos, en 80 de ellos como única alternativa bancaria. Especialmente cuando su participación en la gestión y en la orientación estratégica futura del negocio es aún dudosa.

Un hándicap al que se une el bagaje que incorporan las instituciones fusionadas a la casa común: una desastrosa expansión geográfica por el arco mediterráneo de la caja del norte (CG) y una cartera de participadas para salir corriendo en la del sur (CN), realidad fruto de decisiones de directivos que ahí siguen, no vaya a ser. Y, además, un hecho diferencial respecto a otras operaciones similares: la ruptura del mito de que dos no se unen si uno no quiere. La imposición pública de un destino común ha provocado no pocas reticencias internas. Especialmente en Caixa Galicia, castigada en términos de liderazgo cuando su eficiencia era notablemente superior al de su vecino de la planta de abajo. La vuelta a prácticas diarias superadas ya hace años ha causado malestar entre sus empleados que consideran poco menos que ganadores del Euromillones a aquellos de ellos que tienen oportunidad de acogerse a la prejubilación. Es verdad que el ataque al corazón está salvado, NoCaGa tiene cubiertas sus necesidades de liquidez para los próximos dos años, pero es evidente que el problema de solvencia está enquistado y es difícil de solucionar sin terapia de choque.

En su favor cabe decir que tiene buena parte del saneamiento hecho, en una cuantía cercana a los 5.000 millones de euros, si tenemos en cuenta el impacto fiscal de las medidas adoptadas y se ajusta el valor de las garantías. El futuro podría pintar mejor para un potencial comprador. Pero aún así el gap de capital más reservas es de 2.000 millones de euros, cuatro puntos de core capital. La opción del Pastor era inviable de puro absurda. A las grandes fortunas gallegas ni se les ha planteado en serio la cuestión. Queda por tanto la entrada de capital foráneo, con unas condiciones de gestión y/o valoración probablemente inaceptables a la vista de todo lo anterior, o el desembarco definitivo del FROB en forma no ya de préstamo a devolver con intereses sino de capital. Esta última opción parece ineludible a día de hoy, salvo que ocurra un milagro inesperado. Al final Nuñez Feijóo está comprobando en sus carnes que, para ese viaje, no hacían falta tan pesadas alforjas. Ni galleguidad en el control, ni responsabilidad regional en la supervisión para el resultado final del proceso. Y es que sólo hay uno peor que aquél que no sabe: el que cree saber. Su llamada de auxilio a la dirección nacional del partido llega tarde. El margen de maniobra está agotado.

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