Hora de matar esa bestia que amenaza con devorarnos

Me llaman la atención dos titulares que leo casi de manera simultánea. Publica, por una parte, el WSJ el porcentaje de riqueza generado por el sector

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    Me llaman la atención dos titulares que leo casi de manera simultánea.

    Publica, por una parte, el WSJ el porcentaje de riqueza generado por el sector financiero en Estados Unidos. Supone un 8,4% en términos de PIB, máximos históricos. En 1950 apenas era un 2,8% del total. En Reino Unido ya comentamos a principios de semana que se encuentra entre el 10% y el 20%, en función de si se incluye o no a la cohorte de letrados que dependen de él. Se trata del impacto directo, derivado de su actividad. No tiene en cuenta el efecto positivo indirecto que su tarea de intermediación genera entre depositarios y receptores de fondos. Ni tampoco la ruina que su secular avaricia, consentida por reguladores y supervisores, y las crisis consecuentes provocan en la economía real y las finanzas públicas. Punto y aparte.

    Ha visto la luz el Informe Trimestral del Banco Internacional de Pagos de Basilea, alias BIS, con datos correspondientes al segundo trimestre del año. Llama la atención una cifra, consignada en la página 15 y siguientes del siempre interesante documento: fruto del desapalancamiento, las posiciones a nivel mundial se han reducido en el periodo abril a junio en 192.000 millones de dólares, cifra que supone un 0,6% del total. La aritmética nos indica que éste alcanza los 32.000.000.000.000 o 32 billones de dólares, dos veces y pico del PIB de Estados Unidos. ¿Mucho? Nada. ¿Pues? Solo incluye a las entidades con presencia internacional y sus contrapartidas bancarias y parabancarias, riesgo cruzado. Añadiendo los operadores puramente locales y la financiación no ligada a la industria, el importe crecería sustancialmente hasta superar con creces el PIB mundial. Nuevo punto y aparte.

    Llegados a este punto, no es difícil concluir que hay algo que falla en la ecuación. Por defecto, escasa contribución de la economía financiera al bienestar social, o por exceso, sobredimensionamiento de la misma. Suena más bien a lo segundo. La banca y similares han pasado de canalizar el ahorro a la inversión, con la correspondiente asignación eficiente de los recursos escasos del resto de los agentes económicos, a pretender maximizar su beneficio en un entorno de abundancia irreal propiciado por la innovación financiera. El resultado de tal evolución salta a la vista.

    Se trata de una realidad no tan difícil de corregir. Basta con mirar ejemplos que han existido en el pasado. Pongamos el caso de la adjudicación de Bear Stearns a J.P. Morgan por parte de las autoridades estadounidenses. Primavera de 2008. El motivo de que el banco de inversión fuera el afortunado adjudicatario de la joyita fue, precisamente, el riesgo de contrapartida que mantenía con la firma adquirida, que algunos cuantificaron entonces en 400.000 millones de dólares. El “neteo” de los balances minimizó las pérdidas y permitió la digestión acelerada de la compra.

    La pregunta que nace a continuación es de cajón. Ahora que los supervisores bancarios de todo el mundo están como locos por conocer las tripas de sus tutelados, y poco a poco van avanzando en el proceso, ¿no es momento de propiciar la compensación de saldos y liquidación por diferencias de miles de millones de dólares y otras divisas acumulados por las principales instituciones financieras a nivel mundial? Si la prioridad hoy día es reforzar la solvencia y se trata de un proceso imposible por el lado del capital, vistas las valoraciones y el escaso apetito inversor, ¿por qué no tomar medidas radicales como ésta por el lado del denominador, activo de las entidades, a fin de contraerlo?

    Obviamente se trata de una idea no lineal, que tiene múltiples aristas. Pero grandes males, requieren de grandes remedios, si queremos un día poder asomar la cabecita, que ya vale. Asustan al pueblo ilustrado los CDS, seguros de crédito. Bien, coincidencias de la vida, su nocional, riesgo final negociado, también alcanza los 32 billones de dólares, 24 veces el PIB español. Pero son la punta del iceberg de un negocio, el de los derivados OTC u over the counter, no negociados en mercados organizados, cuyo importe global de acuerdo con el BIS ha superado su anterior récord de 673 billones de mitad de 2008 para situarse en los 708 billones de dólares. Aunque buena parte del mismo son coberturas de transacciones reales, el poder de esta bestia es brutal. O se le mata o nos mata.

    Hora de seguir dándole al coco. Una propuesta más, naïf o no, pero propuesta al fin y a la postre. ¿Qué les parece? Su turno.

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