La enchufada Ana Mato y el marrón de la sanidad

Si hay un ejemplo de alguien que llegó al Gobierno como pago de a su lealtad a Mariano Rajoy, ese es Ana Mato. Una política profesional,

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    Si hay un ejemplo de alguien que llegó al Gobierno como pago de a su lealtad a Mariano Rajoy, ese es Ana Mato. Una política profesional, sin experiencia alguna en el ámbito de gestión pública o privada pese a sus casi treinta años en el ‘candelabro’. Así lo acredita el no ejercicio de cargos de responsabilidad en todo este tiempo, incluidas sus dos décadas como parlamentaria, tanto autonómica como local. Mujer de partido, al servicio del partido: lista para los ‘recaos’ pero nada del otro mundo para los polinomios. Una mandada. Pese a tal déficit curricular, ahí la tienen: titular de Sanidad, arte y parte en el Ejecutivo más crítico de la democracia española (Valor Añadido, Primera mentira de Rajoy: un Gobierno de servidumbres, 21-12-2012).

    Había que darle una pensión a alguien tan fiel y qué mejor manera que una cartera en buena parte vacía de competencias tras la cesión de las mismas a las comunidades autónomas, encargadas de gestionar la demanda y el gasto. Su papel se habría de limitar a regular determinados elementos transversales y de oferta del sistema –como la ordenación de las especialidades o los medicamentos que quedan al amparo de la Seguridad Social-, así como a fomentar la prevención y la innovación en el seno del mismo –menos mal, porque hoy es el día en el que en su mandado aún no se ha aprobado compuesto alguno por más que llegue con todas las bendiciones de la agencia europea-. El exiguo organigrama de la web del ministerio prueba bien a las claras quién manda en esta materia, las regiones.

    En la España de la abundancia, estas se dedicaron a multiplicar las infraestructuras hospitalarias y ambulatorias a la vez que se mejoraba su calidad y se facilitaba el acceso a las mismas (Valor Añadido, Confesiones de un consejero autonómico: hemos sido gilipollas, 18-10-2012). El voto manda, pero su conquista no es gratis: el gasto se multiplicó ayudado por el aumento de los tratamientos crónicos derivados del envejecimiento de la población y de la existencia de una gratuidad sin paragón, ni en el entorno europeo ni en el latinoamericano. Nuestro país era el chollo padre, madre, abuelo, abuela, tío, tía, sobrino, nieto, primo y así hasta el enésimo grado por parentesco y consanguinidad. La factura fue creciendo en términos de PIB hasta superar el 40% de los presupuestos autonómicos.

    Y cuando España despertó a su realidad, la insostenibilidad estructural, estructural insisto, de nuestra sanidad se puso de manifiesto. Ni hay ni se puede sacar. Prueba de ello es que en junio se liquidaron deudas vencidas y no pagadas a 31 de diciembre de 2011 a favor de los proveedores sanitarios por importe de 6.500 millones de euros. Pues bien, solo en 2012 se han acumulado otros 2.300 más. Y es que no paga nadie, ni una factura por más que la Ley de Contratos con la Administración así lo exija (Valor Añadido, El Apocalipsis sanitario llama a la puerta de España, 13-12-2011). Y parece quedar solo una solución, que es un replanteamiento global del sistema con una reversión inmediata de las competencias al Gobierno central. A la ministra le puede dar un desmayo solo de pensarlo, pero es que no queda otra.

    Porque el problema no es el euro por receta, ni las privatizaciones o cierres, ni la reconversión de unos centros en los que no eran ni quieren ser. El drama es que no hay una planificación central que permita ordenar las instalaciones y los servicios a lo largo del territorio nacional con carácter vinculante, lo que multiplica las redundancias y las ineficiencias; que no existe una verdadera comunicación interregional que se traduzca en una optimización de aquellas prestaciones más costosas y que la mera existencia de una frontera geográfica multiplica innecesariamente; que no se ha trabajado en una armonización salarial y de condiciones de trabajo, lo que aumenta la disparidad y los agravios; que la carencia de unas compras centralizadas ha multiplicado sustancialmente el coste de los aprovisionamientos y su racionalidad; que todo ha ido encaminado no a disuadir al dudoso de acudir al centro hospitalario, sino más bien a lo contrario.

    Nunca como hasta ahora ha existido una predisposición de las regiones a revertir las competencias derivadas de esta materia en la Administración central. Al contrario de lo que ocurre con la Educación en las llamadas comunidades históricas, aquí no hay un elemento de nación, sino solo de gasto, de recorte de gasto. Y eso a día de hoy quita votos, los mismos que antes se quería conquistar por la vía del dispendio. Es hora de plantear la cuestión en toda su crudeza. No para que sea el Estado el que ‘se coma el marrón’ sino para que desde el mismo se articule un verdadero sistema sanitario nacional adecuado a su posibilidad de financiación, tanto en tamaño como en prestaciones. Con sacrificios compartidos que sienten las bases para un futuro que no se puede construir sobre la base de la discrecionalidad de los caciques locales. Llegados a este punto: ¿cabe esperar tal audacia de Ana Mato?

    Buena semana a todos.

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