Europa necesita una bola de demolición para repararse

Una joven Thatcher que desconfía del 'establishment' y se identifica con las frustraciones de la clase media. Eso es poco comparado con lo que Reino Unido necesita para reparar los daños del Brexit

Foto: Un bar en Dublín con una 'cerveza Brexit' especial tras el resultado del referéndum, en Irlanda, el 26 de junio de 2016 (Reuters).
Un bar en Dublín con una 'cerveza Brexit' especial tras el resultado del referéndum, en Irlanda, el 26 de junio de 2016 (Reuters).

Imaginemos a una joven Margaret Thatcher, una política que desconfía profundamente del 'establishment' político y se identifica profundamente con las frustraciones de la clase media. Eso es poco comparado con lo que Reino Unido necesitará mientras repara los daños del referéndum sobre el Brexit celebrado este jueves.

Los 'amigos' de Inglaterra (y de Europa también) necesitan dejar de pretender que el apoyo para la salida de la Unión Europea es simplemente producto de un nacionalismo de derecha xenófobo. Casi la mitad del país apoya la salida del Reino Unido del club comunitario, de acuerdo a encuestas anteriores a la consulta y no todas estas personas son reaccionarios ilusos.

La Unión Europea es poco popular en Reino Unido por la misma razón que en otras partes de Europa: es vista como el proyecto de una elite financiera y política que a menudo opera sin tener en cuenta el sentimiento público. El nacionalismo podrá ser un sentimiento retrógrado, pero eso no quita que muchas personas sientan un profundo apego a sus países.

Un alto funcionario alemán me dijo algunos meses atrás, que lo extraño acerca del voto Brexit era que 'el mejor caso y peor caso están tan juntos'. Quería decir que Alemania comprende que las instituciones europeas deben cambiar, sin importar si Gran Bretaña está dentro o fueraEste sentimiento patriótico no puede ser eliminado. Sin embargo, debería modernizarse. Y ahí es donde una Thatcher moderna podría hacer maravillas. Pensemos en una política británica inquieta, moderadamente rebelde, que podría encontrar una causa común con los europeos afines que están cansados de ser sermoneados por Bruselas.

Thatcher lanzó una bola de demolición contra una generación anterior de opiniones de élites, afianzadas en el país. Cuando se convirtió en primera ministra en 1979, Inglaterra aún estaba encerrada en un sistema de clases que mantenía el status quo conservador en ambos extremos: el poder de la elite conservadora, aristocrática y los líderes del sindicato del Partido Laborista, quienes, conjuntamente, se resistieron a cualquier reforma que podría desafiar su poder.

Thatcher, hija de un propietario de dos tiendas de comestibles, despreciaba este status quo. Desafió una huelga amarga en 1983-84 por la Unión Nacional de Mineros, en donde los primeros ministros anteriores, partido laborista y de los conservadores, se habían derrumbado. También desreguló el sector financiero, en lo que se llamaba el “Big Bang”, restaurando la cuidad de Londres a primacía global.

En los últimos años el Reino Unido parece estar retrocediendo. David Cameron, el líder conservador, estudiante del colegio Eton (uno de los más prestigioso del mundo), y en forma y en función, es una materialización de los últimos días de la elite conservadora. El líder del partido laborista, Jeremy Corbyn, de manera similar, es un salto atrás hacia el sindicato consentido de izquierda de su partido.

El aspecto más esperanzador del debate de Brexit es que la mayoría de los jóvenes británicos parecen ser instintivamente europeos. Han crecido en una economía global en donde las personas se cambian de un trabajo a otro y también de país. En una encuesta del 13 de junio realizada por ICM para el periódico 'The Guardian', se encontró que el 56 por ciento de los votantes desde los 18 hasta los 34 años querían permanecer en la UE, mientras solo el 39 por ciento querían salirse. Por el contrario, el 55 por ciento de aquellos mayores a 65, están a favor de la ruptura.

Otros estudios prueban la misma cuestión: cuanto más envejecen las personas en Gran Bretaña, más desconfían de la UE. Ese es el peligro más grande de la campaña pro-Brexit, más allá de los daños económicos. Ataría el futuro del país a la cohorte más antigua y conservadora de su población.

El liderazgo de la UE en Bruselas merece su mala reputación. Sin los instrumentos para una verdadera gobernanza, los eurócratas han dado vueltas al asunto con reglas y regulaciones que implican un destino común pero dejan a otros las preguntas difíciles, tales como la seguridad fronteriza y la disciplina fiscal.

Alemania permanece por encima de esta empresa inestable. Los alemanes tienen suerte de tener una canciller que, sin importar cuán rico y privilegiado sea su país, todavía actúa como la hija del pastor luterano que fue criada en Alemania oriental. Cuando una vez se le preguntó qué era distintivo de Alemania, ella dio esta respuesta sólida, aunque poco probable: “Ningún otro país puede construir ventanas tan herméticas y hermosas”. Su poder viene, en parte, de su habilidad por parecer sencilla.

Europa solamente está comenzando su proceso de cambio. Un alto funcionario alemán me dijo algunos meses atrás, que lo extraño acerca del voto Brexit era que “el mejor caso y peor caso están tan juntos”. Lo que quería decir, es que Alemania comprende que las instituciones europeas deben cambiar, sin importar si Gran Bretaña está dentro o fuera.

Los puristas de la UE podrán seguir soñando con un federalismo más severo. No obstante, eso conllevaría una rendición de poder nacional que nadie, menos todos los alemanes o franceses, en realidad desea. Lo más probable es una UE central que funcione a velocidad alemana y permita a la periferia algunas de las variantes que Cameron ganó para Inglaterra en la negociación que precedió a la lamentable campaña Brexit.

En vez de derramar lágrimas de cocodrilo por la antigua versión de la UE, los políticos en Inglaterra y en el continente deberían estar pensando en el cambio. Es tiempo de un “resurgente de Maggie”. Traigan la bola de demolición.

La dirección electrónica de Fareed Zakaria es comments@fareedzakaria.com.

© 2016, The Washington Post Writers Group

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