Son las vísceras, no las ideas: por qué el Partido Demócrata no levanta cabeza

La formación no necesita un programa más progresista o populista, como sugieren algunos. Necesita líderes que comprendan a la clase blanca trabajadora, que provengan de ella

Foto: Una niña de 9 años sostiene un muñeco de Hillary Clinton durante un mitin demócrata en Akron, Ohio, en octubre de 2016 (Reuters)
Una niña de 9 años sostiene un muñeco de Hillary Clinton durante un mitin demócrata en Akron, Ohio, en octubre de 2016 (Reuters)

Los Demócratas ven el desplome de su partido en las elecciones de noviembre, y la mayoría aboga por una solución: creen que la formación necesita más políticas económicas populistas. Pero esto es ignorar una realidad esencial: la mayoría de la gente no vota basándose en políticas concretas.

Ahora disponemos de excelentes investigaciones de politólogos y psicólogos sobre por qué vota la gente. La conclusión es clara. Como escribe Gabriel Lenz en su libro de 2012, “¿Seguid al líder?”, “los votantes no eligen a los políticos basándose en las posiciones que promueven; más bien aceptan como propias las políticas que promueven sus políticos favoritos”.

¿Y cómo eligen los votantes qué políticos les gustan? Es una decisión visceral, más emocional que racional. Se basa sobre todo en si se identifican con un político en un sentido social y psicológico.

En un importante libro reciente, “Democracia para realistas”, Christopher Achen y Rally Bartels muestran que “los vínculos grupales” y “las identidades sociales” son la clave para entender el comportamiento electoral. El psicólogo Jonathan Haidt refuerza esta visión con montones de investigaciones que muestran que la gente elige sus ideas políticas basándose en sus vínculos tribales.

El problema del Partido Demócrata no es que sus políticas no sean lo bastante progresistas o populistas. Ya lo son bastante más que las del Partido Republicano en casi cada esfera. Y aún así, durante la última década, los Republicanos han barrido en los parlamentos, las oficinas de los gobernadores, el Congreso y ahora la Casa Blanca. Los demócratas necesitan entender no solo la victoria de Trump sino toda la amplia tendencia a su alrededor.

El Partido Republicano ha podido beneficiarse electoralmente a tantos niveles porque ha encontrado una forma de identificarse emocionalmente con los blancos de clase trabajadora que ven cómo se transforma su país. La globalización, la automatización y la inmigración generan un enorme cambio social. Los republicanos muestran que a un nivel visceral, están incómodos con ese cambio y les gustaba EEUU como era antes. Por eso estados con votantes de más edad, blancos y de clase trabajadora, como Ohio, Michigan y Wisconsin, tienen gobernadores y parlamentos republicanos.

Donald Trump y Rudy Giuliani hacen una parada en una cafetería en Moon Township, Pensilvania, durante la campaña presidencial en octubre de 2016 (Reuters)
Donald Trump y Rudy Giuliani hacen una parada en una cafetería en Moon Township, Pensilvania, durante la campaña presidencial en octubre de 2016 (Reuters)

En parte es un tema de políticas (sobre, por ejemplo, las armas), pero sobre todo tiene que ver con la identidad y la adscripción, expresado a través de símbolos y señales. En un perceptivo ensayo en la Harvard Business Review, Joan Williams explica que la gente de clase trabajadora desconfía de y desdeña a los profesionales, y el Partido Demócrata es hoy un partido de profesionales. En su visión, estas personas son urbanitas sobreeducados con estilos de vida afectados (comida orgánica, dietas veganas, yoga) que tienen empleos relacionados con manipular palabras y números.

Por otra parte, señala Williams, la gente de clase trabajadora adora a los ricos. Un constructor de Queens, por ejemplo, que realmente construye cosas, alardea de su riqueza y retiene todos sus apetitos básicos. Cuando Donald Trump postea una fotografía de sí mismo en su avión comiendo Kentucky Fried Chicken, está diciendo a sus bases: “Soy como vosotros, solo que con un montón de dinero”. Y de hecho, Trump es en muchos aspectos la fantasía de una persona de clase trabajadora sobre cómo sería su vida si fuese rico, desde su triplex estilo Las Vegas a los adornos de oro en su avión.

Si este vínculo emocional es la clave para lograr que la gente te vote, ¿qué implica para el Partido Demócrata? Pues tiene sus ventajas. Empecemos con la enorme base de gente que se identifica con él: profesionales, mujeres trabajadoras, minorías, millenials. Pero necesita recuperar una franja mayor de blancos de clase trabajadora. Para ello, los Demócratas necesitan entender la política del simbolismo.

La campaña de Hillary Clinton, por ejemplo, debería haberse centrado alrededor de un único tema: que creció en un pueblo a las afueras de Chicago y vivió en Arkansas durante dos décadas. El mensaje subliminal para los blancos de clase trabajadora sería simplemente: “Os conozco. Soy vosotros”. Ese fue el tema del discurso de su marido presentándola en la Convención Demócrata, y el éxito de Bill Clinton tiene mucho que ver con el hecho de que, tan brillante como es, es siempre capaz de recordarles a esos votantes que los conoce bien. Una vez reconfortados, están abiertos a sus ideas políticas.

Barack Obama es un político singularmente carismático. Pero puede haber hecho que los Demócratas olviden que los tres Demócratas que entraron en la Casa Blanca antes que él venían del sur rural. Conocían ese mundo; era el suyo.

Con estos apuntes en mente, en plena campaña, tal vez Clinton y los Demócratas no deberían haber pisado el escenario con Beyoncé y Jay Z sino más bien con George Strait. Y si no sabes quién es, tal vez eso sea parte del problema.

El GPS global

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