¿El motor del populismo de derechas? La inmigración

Se suele señalar al malestar como el factor clave en el auge de los populismos, pero esto no explica lo que sucede en países como Suecia, Francia o Alemania. El elemento común a todas partes es otro

Foto: Manifestación del movimiento Pegida en Antwerp, Bélgica, el 9 de enero de 2016 (EFE)
Manifestación del movimiento Pegida en Antwerp, Bélgica, el 9 de enero de 2016 (EFE)

Los periodistas bromeamos con que nos enseñan a contar así: “Uno, dos, tendencia”. Pero en este punto creo que es justo decir que estamos asistiendo a una tendencia populista alrededor del mundo. La cuestión es: ¿qué alimenta este enorme auge?

Casi un mes después de la elección de Donald Trump, los europeos han ido a las urnas, con resultados mixtos. Los italianos votaron contra todo: el 'establishment', la Unión Europea y, por extensión, su primer ministro centrista y partidario de las reformas, Matteo Renzi. Los votantes austriacos, por el contrario, han rechazado al candidato de extrema derecha Norbert Hofer. Aún así, sigue siendo chocante que su Partido de la Libertad -cuyo primer líder fue un antiguo ministro nazi y miembro de las SS- recibió el 46% del voto nacional. En los últimos años, casi en toda Europa -incluyendo Francia, Holanda y Alemania- los partidos populistas de extrema derecha han ganado peso.

En Europa los populistas siguen lejos del poder porque no pueden reproducir el éxito de Trump a la hora de hacerse con el control de un partido político mayoritarioEn la mayor parte del continente, aún parece improbable que los populistas se hagan con el poder porque no pueden reproducir el éxito de Trump a la hora de hacerse con el control de un partido político mayoritario. Los partidos europeos son fuertes a nivel interno y tienen mecanismos para bloquear una toma hostil semejante. Los partidos políticos estadounidenses, en cambio, desde la implantación de las primarias, se han convertido en nada más que vehículos para los políticos populares. Una vez que quedó claro que Trump iba a ganar la nominación republicana, la estructura del partido se replegó y se convirtió en su brazo ejecutivo.

Los partidarios de Trump y otros movimientos populistas a menudo señalan a la economía como la clave de su éxito: la lenta recuperación, el estancamiento de los salarios, la erosión de los empleos manufactureros, la creciente desigualdad. Sin duda estos factores contribuyen poderosamente. Pero sorprende que veamos populismo de extrema derecha en Suecia, que económicamente va bien; en Alemania, donde las manufacturas siguen fuertes; y en Francia, donde los trabajadores tienen mucha protección. Aquí en los EEUU, los sondeos a pie de urna muestran que la mayoría de votantes más preocupados con la economía votaron por Hillary Clinton.

El único factor común presente en todas partes, sin embargo, es la inmigración. De hecho, un análisis estadístico de los países de la Unión Europea descubrió que más inmigrantes significa más populistas, invariablemente. Según el estudio, “cuando el porcentaje de inmigrantes se aproxima a un 22%, el porcentaje de votantes populistas de extrema derecha supera el 50%”. La hostilidad a la inmigración ha sido el tema central de cada uno de esos partidos populistas.

La francesa Marine Le Pen y el holandés Geer Wilder se hacen un selfie durante el encuentro de la "Europa de las Naciones y la Libertad" en Milán, en enero de 2016 (Reuters)
La francesa Marine Le Pen y el holandés Geer Wilder se hacen un selfie durante el encuentro de la "Europa de las Naciones y la Libertad" en Milán, en enero de 2016 (Reuters)

Una forma de poner a prueba esta teoría es señalar que los países sin inmigración a gran escala, como Japón, no han visto el mismo auge del populismo de extrema derecha. Otro caso interesante es España, un país que ha recibido muchos inmigrantes, pero en su mayoría latinos hispanohablantes, que pueden asimilarse con mucha más facilidad. Mientras se ve populismo económico tradicional de extrema izquierda en España, no se ven movimientos nacionalistas de extrema derecha importantes.

La reacción contra la inmigración se enraíza en los hechos. Como señalé en un ensayo en Foreign Affairs (escrito en septiembre, antes de la victoria de Trump), vivimos en una época de migraciones masivas. En las últimas tres o cuatro décadas, las sociedades occidentales han visto grandes influjos de gente de diferentes tierras y culturas. En 1970, las personas nacidas en el extranjero suponían menos del 5% de la población de EEUU; hoy son alrededor de un 14%. El auge es incluso más pronunciado en la mayoría de los países de Europa, hogar de 76 millones de inmigrantes internacionales, llegados recientemente en su mayoría de África y Oriente Medio. Austria, por ejemplo, recibió casi 100.000 inmigrantes el año pasado, añadiendo un 1% a su población tan solo en 2015.

En 1970, las personas nacidas en el extranjero suponían menos del 5% de la población de EEUU; hoy son alrededor de un 14%. Europa acoge a 76 millones de inmigrantesUn cambio tan grande puede ser inquietante. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la gente ha vivido, trabajado y muerto a unos pocos kilómetros del lugar donde nacieron. Pero en las últimas décadas, cientos de millones de personas de países más pobres se han movido a los más ricos. Esto refleja una realidad económica. Los países ricos tienen menores tasas de natalidad y necesitan mano de obra; los países pobres tienen millones de personas que buscan una vida mejor. Pero esto produce ansiedad, malestar y una reacción cultural que estamos viendo a lo largo del mundo occidental.

¿Qué significa esto para el futuro? Las sociedades occidentales tendrán que hacerlo mejor para gestionar la inmigración. También deberían poner mucho más énfasis en la asimilación. Canadá debería ser un modelo. Ha diseñado políticas inteligentes en ambos frentes, con elevados niveles de inmigración (cualificada), una fuerte asimilación y escasos retrocesos.

Al final, las sociedades occidentales serán capaces de ajustarse a este nuevo aspecto de la globalización. Miren a los jóvenes de Europa y los EEUU, la mayoría de los cuales valora profundamente los beneficios de la diversidad y quieren vivir en un mundo abierto y conectado. Ese es el futuro. Solo tenemos que asegurarnos de que no destruimos el mundo antes de que eso suceda.

El GPS global

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