¿Por qué querría Trump ayudar a Putin?

El presidente electo de EEUU quiere hacer las paces con Rusia y ponerse duro con China. Esto es entender el mundo exactamente al revés: a Pekín le gusta el 'status quo', Moscú quiere revertirlo

Foto: Una mujer pasa frente a un cartel de Trump y Putin en Danilovgrad, Montenegro, el 16 de noviembre de 2016 (Reuters)
Una mujer pasa frente a un cartel de Trump y Putin en Danilovgrad, Montenegro, el 16 de noviembre de 2016 (Reuters)

Junten su reórica de campaña, sus tuits y sus nombramientos, y empezamos a tener una idea de lo que va a ser la política exterior de EEUU bajo Donald Trump. El presidente electo ha indicado repetidamente que quiere encontrar un espacio común con Rusia y ponerse duro con China. Pero eso es ver el mundo casi al revés. China se siente mayormente cómoda con el sistema internacional dirigido por Estados Unidos. Rusia está intentando acabar con él.

Es irónico que se haya descartado a Mitt Romney como Secretario de Estado justo cuando su principal opinión en política exterior esté siendo reivindicada. Romney dijo en 2012 que Rusia era “el adversario geopolítico número 1” de EEUU. El presidente Obama se burló de esa aseveración, y otros -incluido yo mismo- pensaron que era una exageración. Nos equivocamos; Romney tenía razón.

Las razones de Obama para contradecir a Romney eran que Rusia era un “poder solamente regional”, en declive económicoademás. Esto lo convertía en un incordio pero no en una grave amenaza global. Esta es una lectura correcta de la posición de Rusia, que no ha hecho sino empeorar desde 2012. La economía del país lleva dos años en contracción. The Economist señala que, durante la última década, el gasto estatal ha ascendido del 35 por ciento del PIB a un impactante 70 por ciento. El rublo se ha hundido. La deuda soberana del país es calificada ahora de 'basura' por Moody's.

Pero bajo Putin, Rusia ha encontrado una forma de reafirmarse geopolíticamente, a pesar de su debilidad económica. Lo ha hecho utilizado de forma efectiva las fortalezas que tiene, como su todavía formidables ejércitos y servicios de inteligencia, así como su veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. De forma más ambiciosa y devastadora, ha encontrado una forma de equilibrar su fortaleza usando dramáticamente la ciberguerra.

El general Robert Brown, comandante del Ejército del Pacífico de las fuerzas armadas de EEUU, y el comandante de la región sur de China, Liu Xiaowu, en un ejercicio militar humanitario conjunton en Kunming, Yunan, el 18 de noviembre de 2016 (Reuters)
El general Robert Brown, comandante del Ejército del Pacífico de las fuerzas armadas de EEUU, y el comandante de la región sur de China, Liu Xiaowu, en un ejercicio militar humanitario conjunton en Kunming, Yunan, el 18 de noviembre de 2016 (Reuters)

Ahora vamos teniendo una imagen más completa del uso del poder de Rusia, que comenzó hace años, con operaciones en la propia Rusia, después en Georgia, Ucrania, Polonia, Alemania y otros países europeos y, finalmente, en los EEUU durante la última campaña presidencial. En cada caso, Moscú dirigió una estrategia de amplio espectro que incluía el hackeo, el troleo, las falsas noticias y la contrainteligencia, destinados a descartar a políticos tomados como objetivo, interferir en las campañas e influir en las elecciones. Estos esfuerzos son a veces usados de forma conjunta con fuerzas militares más tradicionales, como en Ucrania y Georgia. Al observar las operaciones de Rusia de los últimos tres años, el antiguo comandante supremo de la OTAN, el general Philip Breedlove, señaló este verano que los crecientes esfuerzos ofensivos de moscú “son de una amplitud y complejidad como el continente [europeo] no ha visto desde el final de la Segunda Guerra Mundial”.

China, en contraste, es un superpoder económico. Aunque la velocidad del crecimiento se ha reducido sustancialmente, ya es, según algunos cálculos, la mayor economía del mundo. En 1990, China suponía menos del 2 por ciento del PIB global; hoy supone alrededor del 15 por ciento (casi 10 veces la cuota de Rusia). Gasta 215.000 millones de dólares en sus fuerzas armadas, según el SIPRI, unas tres veces el presupuesto de defensa de Rusia. Y sus reservas exteriores alcanzan más de 3 billones de dólares, unas ocho veces las de Rusia. En un tuit este mes, Donald Trump explicó que había aceptado una llamada del presidente de Taiwán porque la isla compra bienes de EEUU por valor de miles de millones de dólares. Si esa es la métrica, debería ver que el año pasado China compró 162.000 millones de dólares de bienes y servicios de EEUU, unas cuatro veces más que Taiwán.

Mucha gente ha asumido que, dadas sus enormes reservas de fuerza, China empezaría a apuntalarse geopolíticamente. Y lo ha hecho, especialmente en el Sureste Asiático. Pero China también se ha convertido en un poder del status quo, cómodo con el mundo en el que se ha enriquecido, y cauteloso de no alterar el sistema global en el que se está integrando. Así que mientras Trump sigue acusando a China de devaluar su moneda, durante el último año Pekín ha estado intentando hacer lo contrario. Ha estado gastando decenas de miles de millones de dólares para promover el yuan de forma que sea visto como una reserva internacional estable y viable. Sea sobre el cambio climático o sobre las fuerzas de pacificación internacional, China ha estado dispuesta a jugar un papel más constructivo en los últimos años que nunca antes. También tiene una mayor capacidad de implicarse en ataques asimétricos usando ciberoperaciones que Rusia. Y hace un uso extensivo de esas tácticas en el espionaje económico y militar. Pero, hasta ahora, no se ha implicado en nada ni remotamente tan desestabilizador como los esfuerzos de Rusia por minar el orden democrático occidental.

Tengan en cuenta que la visión de China sobre el mundo durante las últimas dos décadas es fundamentalmente benigna, al haber crecido en riqueza y poder en ese periodo. Putin, por el contrario, cree que el fin del comunismo soviético en 1989 fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” y que Rusia ha sido constantemente humillada desde entonces. Su objetivo parece ser darle la vuelta al orden internacional creado por EEUU, incluso si eso significa el caos.

La cuestión es: ¿por qué un presidente electo estadounidense ayudaría a Moscú a lograr ese objetivo?

El GPS global

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