Donald Trump acaba de aprender que Oriente Medio es complicado

Si Trump quiere estabilidad en Oriente Medio, debe ayudar a establecer un nuevo equilibrio de poder. Eso no puede ocurrir meramente en términos saudíes. Irán es un actor principal en la región

Foto: Donald Trump junto a su esposa Melania, el rey Salman de Arabia Saudí y el presidente Al Sisi de Egipto, en Riad, el 21 de mayo de 2017. (EFE)
Donald Trump junto a su esposa Melania, el rey Salman de Arabia Saudí y el presidente Al Sisi de Egipto, en Riad, el 21 de mayo de 2017. (EFE)

El presidente Trump volvió de su primer viaje a ultramar convencido de que había unido a los aliados históricos árabes de EEUU, asestado un duro golpe al terrorismo y calmado las aguas de un Oriente Medio ingobernable. Desde entonces hemos visto una serie de atentados terroristas en Europa y Oriente Medio, y una ruptura abierta en el seno del mundo árabe. ¿Qué está pasando?

La premisa de la estrategia de Trump era apoyar a Arabia Saudí, creyendo que sería capaz de luchar contra el terrorismo y estabilizar la región. Pero, de hecho, Trump les dio luz verde a los saudíes para que persigan su cada vez más agresiva y sectaria política exterior.

El primer elemento de esa política ha sido aislar a su rival de hace mucho tiempo, Qatar, rompiendo relaciones con ese país y presionando a sus principales aliados para que hiciesen lo mismo. Los saudíes han visto siempre a Qatar como un vecino problemático y están furiosos por sus esfuerzos por jugar un papel regional y global acogiendo una gran base militar estadounidense, financiando la red de televisión Al Jazeera, planeando albergar la Copa del Mundo 2022 y compitiendo por encima de su categoría en la escena diplomática.

Es cierto que Qatar ha apoyado a algunos movimientos islamistas extremistas. Como lo ha hecho Arabia Saudí. Los dos son países wahabíes, los dos tienen sus predicadores extremistas y ambos, según se cree, han armado a grupos islamistas en Siria y otros lugares. En ambos casos, las familias reales practican un juego de alianzas con fuerzas fundamentalistas religiosas y de financiar a algunos militantes, incluso aunque combatan a otros grupos violentos.

En otras palabras, sus diferencias son en realidad geopolíticas, aunque a menudo se vistan como ideológicas.

Es cierto que Qatar ha apoyado a movimientos islamistas extremistas. Como lo ha hecho Arabia Saudí. Los dos son países wahabíesLa ruptura abierta entre ambos países creará mucha más inestabilidad regional. Qatar se acercará ahora más a Irán y Turquía, forjando alianzas más profundas con grupos anti-saudíes a lo largo del mundo musulmán. Las batallas entre diversas facciones militantes -en Siria, Irak, Yemen y Norte de África- se intensificarán. Los ataques terroristas en Teherán, reivindicados por el Estado Islámico, son vistos en Irán como parte de una campaña de inspiración saudí contra ellos. Debemos esperar que milicias respaldadas por la República Islámica respondan de algún modo. Vaya con la estabilidad regional.

Y Estados Unidos está en medio de todo, manteniendo relaciones estrechas con Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos mientras dirige las operaciones militares regionales desde su base en Qatar. Trump ha lanzado tuits anti-qataríes, pero las tropas estadounidenses tendrán que vivir con la realidad de que Qatar es su anfitrión y un estrecho aliado militar en la lucha contra el Estado Islámico.

Para una superpotencia como Estados Unidos, la mejor política en Oriente Medio ha sido siempre mantener lazos con todos los actores regionales. Uno de los mayores éxitos de la política exterior Richard Nixon y Henry Kissinger fue que fueron capaces de atraer a Egipto a la esfera estadounidense, mientras preservaban una alianza con el Sha de Irán. Durante décadas, Washington pudo jugar a un juego bismarckiano de cultivar buenas relaciones con todos los países, de hecho mejores que las que esas naciones tenían entre sí.

Dos eventos sísmicos alteraron el paisaje geopolítico de Oriente Medio. El primero fue la revolución iraní de 1979, que introdujo un poder revisionista radical en la región y disparó una reacción de otros países, incluyendo Arabia Saudí. La promesa de Irán de difundir su versión del islam llevó a los saudíes a aumentar sus esfuerzos para expandir sus ideas e influencia. Los resultados fueron venenosos para el mundo musulmán, radicalizando a las comunidades en todas partes.

El siguiente terremoto fue la invasión de Irak liderada por EEUU en 2003, que desestabilizó el equilibrio de poder. Las ambiciones de Irán habían sido mantenidas a raya por el Irak de Sadam Husein, que había librado una sangrienta guerra de ocho años contra Teherán. Sin Sadam, la influencia de Irán empezó a expandirse por Irak, donde es ahora el principal poder externo con peso en el Gobierno de Bagdad. La alianza de Irán con Siria se convirtió en esencial para la supervivencia del presidente Bashar Al Asad. Sus relaciones con las comunidades chiíes en todas partes, de Yemen a Bahréin, se han visto reforzadas.

Si la Administración Trump quiere estabilidad en Oriente Medio, debería ayudar a establecer un nuevo equilibrio de poder. Eso no puede ocurrir meramente en términos saudíes. Irán es un actor principal en la región, con influencia real, y su papel tendrá que ser reconocido. Cuanto más espere Washington para hacerlo, más crecerá la inestabilidad. Eso no supondría ceder nada ante Teherán. La influencia de Irán sería contrarrestada por Turquía, Arabia Saudí, Egipto y otros. El objetivo sería un Oriente Medio en el que todos los poderes regionales se sientan lo suficientemente implicados para trabajar en pos del fin de las ‘proxy wars’ [‘guerras por delegación’ en actores secundarios], las insurgencias y el terrorismo que continúan creando una muchas muertes, destrucción y miseria humana.

Trump aprendió hace poco que la cuestión de la sanidad pública es complicada. Bueno, presidente, bienvenido a Oriente Medio.

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