Estados Unidos está entrando a trompicones en otra larga década de guerra

Durante la campaña electoral, Donald Trump parecía genuinamente crítico con el papel de EEUU en Oriente Medio. Ahora, rodeado de generales, parece dejarse llevar por sus instintos belicistas

Foto: Un soldado estadounidense monta guardia en una base iraquí en Makhmour, al sureste de mosul, en diciembre de 2016. (Reuters)
Un soldado estadounidense monta guardia en una base iraquí en Makhmour, al sureste de mosul, en diciembre de 2016. (Reuters)

Mientras mantenemos nuestra atención sobre los resultados de las elecciones, los altibajos de la investigación sobre Rusia y los últimos tuits del presidente Trump, bajo el radar parece estar produciéndose un amplio cambio en la política exterior de EEUU de consecuencias importantes. Dicho de forma simple, EEUU está entrando a trompicones en otra década de guerra en el Gran Oriente Medio. Y esta próxima década de conflicto podría acabar siendo incluso más desestabilizadora que la anterior.

Trump llegó al cargo con un sano escepticismo sobre la política exterior estadounidense hacia la región. “Todo el que toca Oriente Medio se queda empantanado… Estamos empantanados”, dijo durante la campaña. Pero Trump también se ve a sí mismo como un tipo duro. En sus mítines prometió una y otra vez “sacar la m… a bombazos” al Estado Islámico. Ahora que está en la Casa Blanca y se ha rodeado de un elenco de generales, sus instintos de machito parecen haber prevalecido. La Administración ha incrementado sus operaciones militares en el Gran Oriente Medio, en Siria, Yemen, Afganistán, Somalia… Más tropas, más bombas, más misiones. Pero ¿qué estrategia hay detrás?

En la lucha contra el Estado Islámico, las fuerzas estadounidenses han estado lanzando ataques agresivamente, provocando un pronunciado aumento de las bajas civiles en Irak y Siria. Y en una intensificación dramática, esta semana Estados Unidos derribó un caza sirio, poniendo a Washington en rumbo de colisión con el aliado de Siria, Rusia, abriendo una posibilidad real de un enfrentamiento real ruso-estadounidense. Peor aún, no está nada claro cómo esta beligerancia hacia el régimen de Bashar Al Assad logrará el único objetivo anunciado de la implicación de EEUU en Siria: derrotar al Estado Islámico. Lógicamente, si Assad se debilita, las principales fuerzas de la oposición -varios grupos militantes islamistas, incluyendo al ISIS- saldrán reforzadas. Y subrayando la incoherencia, la Administración ha dicho que aunque ha atacado a las fuerzas de Assad, no estaba combatiendo al régimen de Assad, y que el derribo fue un acto de “autodefensa colectiva”. Unos pocos más de estos actos de autodefensa y las tropas de combate de EEUU podrían encontrarse de pronto sobre el terreno en Siria.

Daniel IriarteDaniel Iriarte

En Afganistán, Trump ha delegado los detalles de un mini-incremento de 4.000 tropas adicionales al secretario de Defensa Jim Mattis y otros altos líderes militares. Pero hay límites a la perspectiva incluso de los generales distinguidos. Los oficiales militares pueden decirte si, por ejemplo, pueden tomar una colina. Pero ¿servirá la toma de esa colina a la estrategia general de Estados Unidos? ¿Se puede mantener esa colina a un coste razonable? ¿Nos distrae esa misión de otros intereses más amplios en el mundo? Esas son cuestiones a las que debe responder el Comandante en Jefe.

Fuerzas afganas inspeccionan el lugar de un atentado suicida contra un minibús en Kabul, el 5 de octubre de 2016. (Reuters)
Fuerzas afganas inspeccionan el lugar de un atentado suicida contra un minibús en Kabul, el 5 de octubre de 2016. (Reuters)

Estados Unidos ha estado en Afganistán durante 16 años. Ha llevado a cabo varios incrementos en el número de tropas y ha gastado casi un billón de dólares en ese país. El año pasado, la ayuda estadounidense a Afganistán supuso el equivalente a alrededor del 40% del PIB de ese país. Y aún así, Mattis reconoce que Estados Unidos “no está ganando”. ¿Qué van a conseguir 4.000 tropas adicionales que no pudiesen 130.000?

En Yemen, Estados Unidos está implicado más activamente en un conflicto que hace muy poco por hacer avanzar la lucha contra el terrorismo islamista radical. Con la última venta de armas, Washington está alimentando aún más la 'proxy war' ('guerra por poderes') de Arabia Saudí contra Irán, una guerra que ha conducido al reino a una alianza de facto con Al Qaeda en Yemen. Parece probable que el nuevo príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed Bin Salman, persista en este conflicto a pesar de que ha ido mucho peor de lo esperado y de que ha desembocado en una catástrofe humanitaria. Un niño en Yemen muere cada 10 minutos de causas evitables, según UNICEF, y el país más pobre del mundo árabe se ha convertido en un vertedero en el que grupos terroristas se pasarán las décadas venideras compitiendo.

Ilya Topper. EstambulIlya Topper. Estambul

En casi cualquier situación en la que las fuerzas estadounidenses están implicadas, las soluciones son más políticas que militares. Esto es especialmente cierto en lugares como Siria y Afganistán, donde muchos poderes regionales con grandes intereses han definido sus posiciones y expandido su influencia. La fuerza militar sin una estrategia o un profundo compromiso político y un proceso diplomático está destinada a fracasar, incluso a producir consecuencias inesperadas: véase la pasada década y media.

Durante la campaña, Trump parecía ser genuinamente crítico sobre el papel de EEUU en Oriente Medio. “No suelo hablar así, OK, porque yo soy muy proactivo”, dijo una vez al respecto. “Pero me sentaría a mirar y diría: 'Vamos a ver qué está pasando'”. Sí. Tras 16 años de guerra continua, cientos de miles de muertos, billones de dólares gastados y una mayor inestabilidad regional, alguien en Washington necesita preguntarse, antes del próximo bombardeo o despliegue: ¿Qué está pasando?

El GPS global

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios