Creemos que Kim Jong-un es un loco... ¿y si estamos equivocados?

La alternativa a realizar concesiones es tener esperanza en que China aplastará a su aliado o que Corea del Norte finalmente colapsará. Pero la esperanza no es una estrategia

Foto: El líder norcoreano Kim Jong-un reacciona durante un ensayo balístico. (Reuters)
El líder norcoreano Kim Jong-un reacciona durante un ensayo balístico. (Reuters)

En Washington hay un juicio de valor sobre Corea del Norte que comparten ambos partidos y la mayoría de las élites. Es más o menos así: Corea del Norte es el país más extraño del mundo, gobernado por un dictador excéntrico con un raro corte de pelo. Kim Jong-un es impredecible e irracional y no se puede negociar con él. A la larga, este régimen extraño y cruel colapsará. Mientras tanto, la única solución es más y más presión. Pero ¿qué pasa si este juicio de valor tan extendido no es correcto?

El régimen de Corea del Norte ha sobrevivido casi siete décadas y ha preservado no solo su forma de gobierno, sino también su dinastía familiar, de padre a hijo a nieto. Ha persistido después de la caída de la Unión Soviética y sus satélites comunistas, la Revolución Naranja, la Primavera Árabe y la desaparición de otras dictaduras asiáticas, desde Corea del Sur hasta Taiwán pasando por Indonesia.

La dinastía Kim ha sido capaz de alcanzar un éxito asombroso en su objetivo primordial: la supervivencia. Por supuesto, se debe a que gobierna de una manera brutal y opresiva. Sin embargo, también lo hicieron otros regímenes, desde Rumanía hasta Siria y Myanmar. No obstante, de alguna manera, Corea del Norte ha mantenido su sistema.

Kim Jong-un es un hombre joven, pero ha sido enormemente efectivo preservando su autoridad. Se ha asegurado el apoyo de los militares y ha rechazado o matado a cualquiera que amenazó su control del poder; incluyendo a su tío y, supuestamente, su hermanastro.

Observemos el mundo desde la perspectiva de Corea del Norte. El régimen vio el colapso del imperio soviético y una transformación en China más desestabilizadora aún, que pasó de ser un 'alma gemela' a un Estado de comercio pragmático que se ha integrado con entusiasmo en los mercados mundiales. Estos días, Pekín parece concebir a Pyongyang como una molestia, y China ahora vota con frecuencia condenar y sancionar a Corea del Norte en las Naciones Unidas.

Además, el país más poderoso del mundo ha dejado claro que Corea del Norte está destinada a ser el cúmulo de cenizas de la historia. Después del 11-S, cuando Estados Unidos fue atacado por yihadistas que emanaron de Oriente Medio, George W. Bush anunció que EEUU no toleraría más un 'eje del mal' que abarca Irak, Irán y Corea del Norte. Invadió Irak. El secretario de Estado Rex Tillerson dijo recientemente que la política estadounidense actual hacia Irán consiste en “trabajar hacia el apoyo de aquellos elementos dentro de Irán que llevarían a una transición pacífica de ese Gobierno”. Y en cuanto a Corea del Norte, Donald Trump quiere que China “finalice con esta tontería de una vez por todas”, lo que una vez más únicamente puede significar deshacerse del Gobierno de Kim de alguna manera.

Por ello, el régimen de Corea del Norte ha intentado comprar 'seguros'. En el ámbito de los asuntos internacionales, el mejor 'seguro' es la posesión de una capacidad nuclear. Pyongyang sabe que posee un ejército lo suficientemente grande y el escenario de guerra coreano es tan pequeño y denso que una guerra convencional sería impensable, porque produciría cientos de miles de víctimas y millones de refugiados que llegarían a raudales a China y Corea del Sur. Corea del Norte ha calculado que China y Corea del Sur están más aterrados por el caos que seguiría a su colapso que por su arsenal nuclear.

Tal vez la mejor manera de analizar a Corea del Norte es como un Gobierno inteligente, racional y calculador que está funcionando con habilidad, dada la prioridad de supervivencia del régimen. Más presión solo fortalece su resolución de conseguir todavía más 'seguros'. ¿Cómo manejarlo bajo estas circunstancias?

Militares norcoreanos desfilan durante el aniversario de Kim Il-sung, en Pyongyang. (Reuters)
Militares norcoreanos desfilan durante el aniversario de Kim Il-sung, en Pyongyang. (Reuters)

La primera forma de romper el bloqueo desde la política estadounidense sería convencer a China de ejercer una presión real en su aliado. Eso no sucederá sirviéndole al presidente Xi Jinping una tarta de chocolate en Mar-a-Lago. Pekín se enfrenta a una pesadilla comprensible: bajo sanciones y presión, Corea del Norte colapsa y el país unificado recientemente se convierte en una versión gigante de Corea del Sur, con un tratado de defensa con Washington, casi 30.000 tropas estadounidenses y posiblemente decenas de armas nucleares de Pyongyang; todo en la frontera de China.

Ahora, Washington tendrá que prometer a Pekín que, en caso de unificación, retirará sus tropas, cambiará la naturaleza de su relación de tratado con la nueva Corea y que, al trabajar con China, eliminará el arsenal nuclear de Corea.

Pero la presión solo funcionará si también hay alguna razón para que Corea del Norte realice concesiones. Pyongyang ha indicado en el pasado que busca un final formal a la guerra coreana (Washington firmó solo un armisticio en 1953), un reconocimiento del régimen y el levantamiento de sanciones. Obviamente, nada de esto debería ser ofrecido ahora mismo. Sin embargo, no hay daño alguno en hablar con Pyongyang y buscar maneras de comerciar algunas de estas concesiones para la erradicación completa del programa nuclear.

Resulta un trago amargo para Washington. No obstante, la alternativa es tener la esperanza de que China actuará contra sus intereses y aplastará a su aliado, o que Corea del Norte finalmente colapsará. Pero la esperanza no es una estrategia.

*La dirección electrónica de Fareed Zakaria es comments@fareedzakaria.com.

© 2017, The Washington Post Writers Group

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